El impotente poder de los socialdemócratas europeos

4 septiembre 2008 | Categorías: Unió Europea | 917 lecturas |

Michel Rocard - Ex primer ministro de Francia y Europarlamentario

A primera vista, la democracia social europea parece estar en crisis. El desplome de Gordon Brown en el Reino Unido, la brutal conmoción de la recesión económica de España, las dificultades para renovar la dirección socialista en Francia, el desplome de la coalición de centro izquierda en Italia y las graves luchas intestinas dentro del PSD alemán son, todos ellos, ejemplos de la aparente incapacidad de la socialdemocracia para aprovechar la oportunidad, que la actual crisis financiera debería brindar, de ejercer una mayor influencia.

Pero la simultánea aparición y el carácter palmario de esos problemas son menos importantes de lo que parecen. Los errores o torpezas en el gobierno no son exclusivos de la izquierda: Bélgica está paralizada por la amenaza de ruptura, Austria sigue intentando consolidar una improbable coalición conservadora, Polonia está esforzándose por lograr un equilibrio estable para sus numerosos impulsos reaccionarios y el Presidente de Francia está alcanzando niveles de impopularidad sin precedentes.
Dos factores ayudan a explicar las incertidumbres europeas actuales: en primer lugar, la crisis económica y financiera internacional, que estamos superando bastante lentamente; en segundo lugar, la forma como los medios de comunicación están presentándola. A la combinación de los dos es, a mi juicio, a la que se debe la sensación de impotencia que está afectando ahora a toda Europa y puede parecer que caracteriza a la socialdemocracia en particular.

Al informar sobre la crisis, los medios de comunicación han insistido demasiado en la situación financiera y no han prestado la atención suficiente a la marcada desaceleración del crecimiento económico, pero es la recesión económica la que vuelve a todos los países desarrollados menos resistentes a las conmociones financieras resultantes del problema de las hipotecas de riesgo elevado y de los planes de préstamos mixtos a los que se recurre después para diluir los riesgos que entraña la deuda de aquéllas. De hecho, la combinación de incertidumbres bancarias, crecimiento más lento, mayor riesgo de desempleo y trabajo precario es la causante de la debilidad política que ahora vemos en el Reino Unido, España, Italia y otros países.

En eso estriba un problema ideológico real. En la segunda mitad del siglo XX se produjo la victoria de la economía de mercado sobre la economía colectivista. La izquierda, que antes había recurrido a Marx, quedó desorientada. Incluso la socialdemocracia, que era una excelente reguladora del capitalismo, en particular en Escandinavia, se quedó muda en la controversia entre keynesianos y monetaristas y éstos vencieron en todo el mundo desarrollado. El principio aceptado actualmente es el de que los mercados se equilibran óptimamente, sea cual fuere su estado, lo que quiere decir que ninguna intervención o regulación gubernamental sería eficiente ni deseable.

La crisis actual es un castigo severo por ese inmenso error intelectual. No sólo el declive de las regulaciones sociales y financieras antes aceptadas se refleja en la relativa, pero importante, reducción en los treinta últimos años de los ingresos procedentes de los salarios como porcentaje del PIB -y, por tanto, el gasto de los consumidores- en todos los países desarrollados, sino que, además, la abolición deliberada de los controles permite al sector bancario hacer lo que le plazca. Aun así, a juzgar por la mayoría de las informaciones de los medios de comunicación, las crisis paralelas de las hipotecas de riesgo elevado y de los planes de préstamos mixtos, que están paralizando las finanzas mundiales, son enteramente atribuibles a la “inmoralidad” de los bancos y en modo alguno se deben a un fracaso sistémico.

Dicho de forma sencilla, la desregulación, la privatización, la reducción de los servicios públicos y la conversión de los ingresos en el centro de la gestión de las empresas son fenómenos que vienen bien a demasiadas personas. A consecuencia de ello, la batalla política para recuperar el sentido del interés general de las reglas y del equilibrio será larga y dura. Lo que también está claro, aun cuando no se reconozca lo suficiente, es que dicha batalla será primordialmente de carácter intelectual: se debe devolver la legitimidad a la idea de que debe haber ciertas reglas fundamentales y organismos públicos de regulación.

Ésa debe ser la tarea de los socialdemócratas… pero ahí es donde aprieta el zapato. Nosotros, los socialdemócratas, ya no podemos reñir esas batallas, porque el problema no es sólo ideológico, sino también cultural. Los medios de comunicación han dejado de ser comentaristas y han pasado a ser participantes que han secuestrado la política con imaginería lingüística. Ya sea accidental o intencionadamente, los medios de comunicación eligen solo las batallas que ofrecen el espectáculo más vistoso: choques de personalidades, violencia y represión, luchas por la identidad nacional y disputas sobre actitudes morales y sexuales. Para los medios de comunicación contemporáneos, las controversias técnicas sobre políticas carecen de interés, porque el auditorio que se interesa por ellas es limitado.

Por ejemplo, en la preparación de su próximo congreso, el Partido Socialista francés ha sucumbido a esa realidad. Ya sabemos que habrá fuegos artificiales de los medios de comunicación, pero se hablará poco de regulación económica. El caso de España, donde un gobierno competente y respetado está cargando con toda la culpa de una crisis financiera que comenzó en otras partes, es idéntico. En lugar de centrarse en la crisis exclusivamente, no cesa de agitarse delante de los medios de comunicación. Todo lo que amenace la estabilidad gubernamental vende periódicos y espacio publicitario, al tiempo que complica la resolución de los problemas subyacentes.

Dicho con la mayor sencillez, un sistema en el que los medios de comunicación se comportan así coloca no sólo la economía, sino también la democracia, en riesgo.

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