Crisis financiera y Día Internacional de la Alimentación

21 octubre 2008 | Categorías: Internacional | 1.909 lecturas |

Josep BorrellEstrella Digital

Vivimos una crisis que debería hacernos cuestionar los fundamentos mismos de nuestros sistemas económicos. Pero de momento, el mundo hace malabarismos con cientos de miles de millones de dólares. En pocos días los gobiernos occidentales han movilizado 2.000 billones de dólares, billones en castellano, es decir, 2 millones de millones de dólares. A comparar con la ayuda al desarrollo, que en total suma este año 100.000 millones de dólares. Es decir, para salvar al sistema financiero victima de la codicia de unos y la incompetencia de otros vamos a gastar de golpe 20 veces más que en la lucha anual contra la pobreza.

Estas cifras producen una mezcla de vértigo y repugnancia. Sobre todo si tenemos en cuenta que 150.000 millones de dólares serían suficientes para garantizar la salud y la educación de los 1.000 millones de los más pobres seres humanos. Y que, según la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), 30.000 millones de dólares al año al año serían suficientes para erradicar la malnutrición que afecta a 930 millones de hambrientos. ¡Menos del 5% sólo del plan Paulson! Una miseria.

Es decir, que comparado con el coste de la crisis bancaria, erradicar el hambre en el mundo costaría muy poco. Pero este poco es muy difícil de conseguir. Durante la reciente Conferencia de Roma sobre la crisis alimentaria, los gobiernos allí reunidos se comprometieron a aportar 12.300 millones de dólares. Hasta ahora sólo se han desembolsado 1.000 millones, y está por ver que la UE consiga desbloquear finalmente los 1.000 millones de excedentes del presupuesto agrícola que el Parlamento y la Comisión pedimos que se dediquen a potenciar la agricultura del Tercer Mundo.

Por ello, aunque la atención se concentre en la crisis financiera, el Día Internacional de la Alimentación, del pasado jueves 16 de octubre, ha sonado como una señal de alarma ante una situación que, lejos de mejorar, se deteriora. Según el balance de la FAO, el incremento de los precios agrícolas ha producido 75 millones más de hambrientos, el 90% de los cuales viven en Asia o en África.

No todo son malas noticias, recientemente se percibe una cierta mejora de la situación. La cosecha del 2008-2009 batirá el récord. La producción mundial de cereales debería aumentar en un 2,8%, especialmente gracias al aumento del cultivo del trigo. Pero, pese al descenso de los precios desde lo máximos de esta primavera, los mercados agrícolas siguen en tensión. A la mínima mala cosecha los precios aumentarán exponencialmente. Y si no se hace algo estructuralmente distinto, los expertos prevén una sucesión de crisis alimentarias.

Al menos, la crisis de primavera ha permitido tomar consciencia de los errores del pasado y ponerse de acuerdo en cuatro acciones prioritarias: invertir en agricultura, promover la capacidad alimentaria de cada país -y por tanto los cultivos de autoconsumo-, apoyar las explotaciones familiares para garantizar la alimentación de los más pobres -en su mayoría campesinos- y desarrollar métodos de producción sostenibles. Con ello no haríamos sino recuperar el tiempo perdido porque, según el Programa Mundial de Alimentos de la ONU (WFP en sus siglas en inglés), la ayuda alimentaria internacional ha disminuido en el 2008 a su nivel más bajo en los últimos cuarenta años. El tratamiento de un niño mal nutrido cuesta unos 60 dólares al año. Pero los medios puestos a disposición con este fin a nivel mundial no permiten tratar más del 5% de la malnutrición severa.

Este hecho contrasta con la aparente facilidad con la que se han encontrado fondos para salvar a los bancos. Y es de temer que el problema empeore por la crisis financiera. Para asegurar la seguridad alimentaria mundial de una población que crece hay que invertir. Pero los fondos públicos corren peligro de no estar disponibles para desarrollar la agricultura africana a medio plazo.

Por tanto, a corto plazo habrá que contar con los agricultores de los países desarrollados para aumentar la producción. Pero, a falta de créditos, los países en desarrollo tendrán problemas para financiar sus importaciones de alimentos. Y la restricción financiera puede hacer que algo tan elemental como la compra de semillas y fertilizantes se vuelve imposible para los países más pobres.

Haití, uno de los países más pobres del mundo, resume estas miserias del mundo. En abril ha sufrido violentas revueltas del hambre. Entre el 15 de agosto y el 15 de septiembre ha sido devastado por dos ciclones y dos tormentas tropicales que causaron casi 800 muertes y han acentuado la penuria alimentaria.

Pero en Haití, como en otros lugares del planeta, se muere en silencio lejos de los mercados. La movilización internacional no dura mucho más allá del tiempo mediático de las catástrofes. Y con la crisis financiera, la diáspora haitiana ha reducido sus remesas.

La crisis financiera podría tener, al menos, algún efecto positivo si consigue hacer resurgir la idea de una regulación mundial. En particular en la agricultura. Para evitar la crisis alimentaria que se avecina habría que reducir la volatilidad de los precios. Una solución podría ser crear stocks regionales para corregir las situaciones de desequilibrio entre oferta y demanda. Este papel, hasta la actualidad, lo habían desempeñado los stocks europeos y americanos, pero estos instrumentos de regulación están desapareciendo.

Haría falta que, después de sus quiebras financieras, el mundo desarrollado se dedique a resolver sus “quiebras” morales. Porque lo que pasa lejos de nosotros nos va afectar a través de presiones migratorias, desequilibrios geoestratégicos o deterioro medioambiental. Frente a ello, deberíamos ser menos miopes de lo que lo hemos sido con las derivas del mundo financiero. Antes de que sea demasiado tarde y no lo podamos reparar con dinero.

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