Barra libre

28 noviembre 2008 | Categorías: Organismes internacionals | 1.397 lecturas |

Juan Torres López – Comité Científico de ATTAC España

La declaración final de la reunión del G-20 ampliado en Washington no dejaba muchas dudas. Los países más poderosos del planeta manifestaban implícitamente su impotencia al ser incapaces de anunciar medidas inmediatas para hacer frente a la crisis financiera. Como puse de relieve en un comentario sobre la declaración (Muchos principios manidos, muy poca voluntad de cambio) lo único que quedaba claro a la vista del comunicado final era que las grandes potencias se autorizaban unas a otras para saltarse a la torera las limitaciones presupuestarias que se habían venido imponiendo desde hace años.

En su virtud, los diferentes países han comenzado a anunciar planes millonarios de intervención urgente con el fin de enfrentarse a la recesión o incluso a la depresión en la que ya se empiezan a encontrar algunos de ellos.

El Presidente del Gobierno español enseguida lo hizo, más tarde Estados Unidos anunció una inyección de 800.000 millones de dólares y la Comisión Europea acaba de proponer otro de 200.000 millones de euros. Este recurso es inevitable pero ni siquiera cuando se utiliza ya en última instancia se va a lograr que sea plenamente exitoso.

La novedad del plan de Estados Unidos es que se financia dándole directamente a la máquina de creación de dinero, es decir, sin recurrir a la deuda como en el plan anterior. Es algo que puede hacer Estados Unidos sin demasiados problemas gracias a que su moneda sigue siendo la utilizada en la mayor parte de los intercambios a nivel internacional, pero que sin duda la va a debilitar aún más en el futuro inmediato. A la larga, pues, el plan traerá más problemas de lo que pueda resolver. Y eso, además, sin que una vez más se trate de un plan con garantías suficientes de cara a conseguir lo que se propone, pues no habrá manera de lograr que la inyección de esos recursos finalmente repercuta en un incremento efectivo de la actividad puesto que se aplica sobre una economía cubierta por una especie de sistema financiero esponja que lo absorbe todo y no deja salir nada.

El plan europeo, por su parte, vuelve a mostrar la debilidad de la Unión, una vez más incapaz de ofrecer una respuesta común que no vaya más allá de decir a los diversos países que cada uno actúe por su cuenta. En puridad, consiste en decirle a los países miembros que ante la situación que se avecina tienen barra libre para utilizar los recursos presupuestarios que cada uno pueda movilizar por su cuenta. Algo que al menos permitirá poner en marcha medidas paliativas pero que puede dejar abiertos flancos muy peligrosos por las periferias.

En ambos casos, como en el español una vez que se concrete la actuación gubernamental, se trata de una ayuda muy importante a la actividad económica pero incompleta porque deja de resolver dos grandes cuestiones. La primera, el problema financiero que sigue estando en la base de la crisis. De momento, no se sabe mucho de la puesta en marcha en este campo de los ya de por sí limitados acuerdos de Washington, y a pesar de que la situación no está ni mucho menos resuelta. Ya ha habido que intervenir en Citigroup y de ninguna manera se puede descartar que se agrave la situación de otras entidades financieras puesto que el proceso de descapitalización generado por la irresponsabilidad bancaria de los últimos años ni se ha resuelto ni ha parado.

Europa parece demasiado confiada en que el financiero es un problema originalmente generado en Estados Unidos y que solo sufre en sus carnes como efecto indirecto. Pero me temo que eso puede ser muy arriesgado si se toma en consideración que también aquí hay grandes dosis de riesgo acumulado y amenazas serias, por muy disimuladas que estén en el entorno opaco en el que se mueven las finanzas europeas.

Algunos analistas señalan síntomas de debilidad más graves de lo deseable en Inglaterra y España y por eso sería muy conveniente que la Unión Europea se adelantara e iniciara cuanto antes el camino de la nueva regulación financiera, estableciendo pautas y tomando medidas desde el principio y no cuando los problemas estallen.

La segunda limitación de estos planes es que si bien conllevan la movilización de recursos multimillonarios prácticamente no discriminan ni ofrecen una gama de incentivos suficientes como para ir modificando un modelo productivo que se ha manifestado igualmente problemático.

Estados Unidos ha optado por la vía imperial de emitir dinero, lo que en última instancia descargará su coste sobre las espaldas del resto del mundo. Es decir, por la vía imperial que en su día impuso Paul Volcker al frente de la Reserva Federal, precisamente, quien ha vuelto a ser llamado por Obama para presidir una comisión de expertos para la reactivación económica. Una decisión que es un auténtico aviso a navegantes y que conlleva un mensaje muy significativo y nada casual: Estados Unidos volverá a actuar, como en los ochenta con Volcker, sin pensar en nada más que en su propio interés estratégico y sea cual sea el coste que ello suponga para los demás.

Ahora bien, sin resolver los problemas de base que han producido la crisis, el caudal enorme de recursos que se están inyectando podrá paliar en alguna medida sus efectos más dramáticos pero no va a poder evitar que la crisis se extienda. Es patético observar ahora cómo los gobiernos, que ya pudieron comprobar el escaso efecto de las inyecciones de liquidez de los bancos centrales, intentan hacer lo propio con recursos presupuestarios, sin abordar las causas, sin modificar el sistema bancario, sin cambiar de horizontes. Sin transformar nada.

La banca internacional ha convertido a la economía mundial en un saco sin fondo y por eso será inútil resolver sus problemas simplemente echando dinero dentro de él. Hay que empezar a remendar cuanto antes.

Artículo publicado en Sistema Digital.

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