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2009: La historia continúa

6 gener, 2010 - Opinió

Pedro Larrea Sur
Un susto, eso fue todo. Pequeños retoques en el marco regulatorio o en los incentivos a directivos, quizás la tasa Tobin… y ahora sólo toca remontar. Incluso hay razones para una euforia discreta. Así lo anticipan las Bolsas, que cierran un espléndido ejercicio a espaldas de los indicadores macro y micro de la economía real. Así lo cuentan los gobiernos, que ven brotes verdes por doquier. Y así lo siente y practica una ciudadanía pudiente, que llena de bullicio por estas fechas las calles de la gran urbe global, al tiempo que los damnificados (¿cuál fue su error, su culpa?) rumian resignados su desgracia.
¿Tenían razón los gendarmes del neoliberalismo económico Fukuyama y Huntington, la pareja cuartelaria perfecta, al decir de un observador, uno haciendo de policía bueno y otro de canalla? Como anunció el primero, la historia ha terminado, no existe alternativa al capitalismo, acabaron las contradicciones de clase, no hay crisis que el sistema no pueda resolver, y el mundo se halla organizado bajo el único modelo razonable. Dentro de cada país, la confrontación de políticas económicas ha cedido el protagonismo a las cuestiones identitarias. ¿No es lo que sucede hoy en Europa, en España, en Cataluña o en Euskadi? Y en el ámbito exterior, la amenaza de una gran conflagración entre bloques ideológicos ha dado paso a guerras de intereses localizadas. ¿No es el secuestro del ‘Alakrana’ una espléndida metáfora de la afortunada degradación que ha sufrido la conflictividad internacional?
Mas he aquí el contrapunto del mensajero malo: No es cierto que el choque de identidades, culturas o civilizaciones sea una conflictividad vicaria ni pasajera; antes bien, será la matriz de las guerras del futuro y adoptará o bien la forma violenta y sanguinaria que ejemplifica Al-Qaida, o bien el tono emocional y retórico de muchas de las discusiones que ahora mismo enmarañan a Europa acerca de naciones, crucifijos o minaretes.
Sin embargo, los acontecimientos de 2009 han puesto de manifiesto que el modelo liberal-democrático, y sus más notables concreciones (el Estado-Nación, el Estado de Derecho o la Economía de Mercado) presentan déficits severos que pueden y deben ser superados. El Estado-Nación no acaba de resolver las tensiones entre las particularidades identitarias y los principios universales, como ha querido recordarnos la ciudadanía suiza en un referéndum oscurantista y tramposo. Tampoco sabe el Estado de Derecho qué hacer con los valores que defiende dentro de sus fronteras, cuando allende éstas se convierte en simple traficante de intereses. Si el precio de una vida es una modesta calderilla, como el fijado en aguas del Índico, se paga; si la contrapartida es más costosa, como en el caso de Aminatu Haidar, sólo queda presionar. En la jungla no hay principios, sólo intereses.
Pero es en el campo de la economía donde las promesas felicitarias del sistema liberal capitalista gozan de menor credibilidad. Aumenta cada año por decenas de millones el número de pobres extremos, a la vez que la cumbre del hambre en Roma concluye con un fracaso estrepitoso; y se dispara la distancia entre países ricos y países pobres, entre las fortunas de los capitanes de la economía global, la mano visible que maneja impune sus recursos y finanzas, y la miseria de los parias del sistema, sufridores silenciosos de tan fatales desarreglos. Definitivamente, la globalización neoliberal no es lo mejor que a la Humanidad le puede suceder.
Lo que sí ha terminado es la creencia ingenua de que el crecimiento ilimitado era posible. Crece de modo alarmante la población en un mundo con recursos materiales, energéticos y ambientales limitados. Así que el actual reparto injusto de la riqueza y de las responsabilidades amenaza con ser amplificado con una distribución desigual de la escasez. La revisión necesaria de unos estándares y modo de vida insostenibles exige una reformulación de nuestros valores y de nuestro concepto de justicia. Se precisan, en suma, nuevos enfoques y nuevas ideologías, pues se trata no de resolver viejos problemas sino de replantear unos problemas nuevos. En contra de lo que pronosticó Huntington, el eje de la dialéctica del futuro (los debates, los conflictos y las guerras) no será la identidad sino el reparto. No faltarán bellos envoltorios en forma de cruzadas, luchas de liberación, defensa de principios universales o de culturas oprimidas. Se dirá que Occidente es el vigía providencial llamado a defender la civilización cristiana. Pero la base real de la conflictividad será la reivindicación de unos bienes materiales limitados desigualmente repartidos.
Si el proyecto ilustrado es para unos el final del camino, para otros ha sido un fiasco, incapaz de entregar al ser humano la felicidad prometida. Al contrario, le ha encerrado en un proceso incontrolado de globalización sin un modelo que lo racionalice ni una utopía nueva que lo estimule. Se ha de reconocer, sin embargo, que la Modernidad es un punto de partida sólido a partir del cual hemos de seguir avanzando. Se le ha reprochado haber enfatizado la libertad, en detrimento de una igualdad estancada en la mitad del recorrido y de una fraternidad olvidada. Hemos visto cómo hay cuestiones inacabadas (la cultura, lo extranjero) o que necesitan ser refundadas (la economía). Pero existe ya el caldo de cultivo, el sentimiento de caos ético que diría Hegel, que precede a toda noción nueva de justicia. Sobran las utopías-término, promesas de paraísos futuros, y bastan las utopías-rumbo indicativas del camino a seguir. La agenda es compleja y ambiciosa. Nada se ha detenido, la historia continúa.

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