Obama en Copenhague

4 diciembre 2009 | Categorías: Organismes internacionals | 760 lecturas |

Alejandro NadalLa Jornada

Demasiada presión: Obama no tuvo más remedio y asistirá a la COP-15 en Copenhague. Esto permite pensar en un acuerdo político que conduzca a un tratado con metas obligatorias para cuando expire el Protocolo de Kyoto en 2012, lo cual parecía casi imposible hace unas cuantas semanas. Pero ¿cuál será el alcance de todo esto?

El viaje de Obama se acompaña de un compromiso para que Estados Unidos reduzca sus emisiones de gases invernadero en 17 por ciento (con respecto al nivel de 2005) para el año 2020. Es una meta de corto plazo que realmente no es muy impresionante: equivale a una reducción de 4 por ciento por debajo de los niveles que se tenían en 1990, lo que revela el rezago de Estados Unidos en relación con los objetivos que se trazaron los países ricos en el Protocolo de Kyoto.

Se dice que ahora Estados Unidos sí está dispuesto a trabajar con la comunidad internacional de cara a este gravísimo problema. Así parece, pero el desplante de Obama no es una gran muestra de liderazgo. Esa meta de corto plazo es más un mensaje para el Congreso estadounidense que para el resto del mundo. Y lo que dice no es muy alentador: la Casa Blanca indica claramente que no va a presionar para que se vaya más lejos de lo que ya se discute en el Congreso. Eso es muy desafortunado.

Por los intereses mezquinos que aún se ventilan en el Senado, Estados Unidos no firmó el Protocolo de Kyoto y acumula ya un notable retraso frente a otros países en el esfuerzo por construir una trayectoria menos dependiente de los combustibles fósiles. La legislación que hoy se discute en el congreso (leyes Waxman-Markey y Kerry-Boxer) tiene exactamente la misma meta que menciona Obama. Es evidente que el presidente no quiere antagonizar a nadie en el Congreso. Eso puede deberse a que está más preocupado por salvar sus planes de reforma al sistema de salud, pero para fines del problema del calentamiento global el resultado no es bueno.

Estados Unidos también va a proponer recortar sus emisiones en 30 por ciento para 2025, 42 para 2030, y 83 por ciento para 2050. El año de referencia para estas reducciones es 2005, mientras la mayor parte de los países ricos sigue trabajando con objetivos referidos a 1990. Por eso la meta estadounidense representa un recorte de apenas 4 por ciento frente a las emisiones de 1990 y es inferior a lo que otros países están ofreciendo.

Pero se dice que el viaje de Obama ayudará mucho en las negociaciones internacionales, y eso es especialmente importante en el caso de China, que ya se convirtió en el principal emisor de gases de efecto invernadero. Durante su viaje a Pekín, Obama insistió con su homólogo Hu Jintao sobre la necesidad de alcanzar un acuerdo político para Copenhague. Pero el ofrecimiento chino tampoco es espectacular: reducir la cantidad de emisiones de CO2 por unidad de PIB en 45 por ciento en 2020 (respecto a 2005). Eso quiere decir que sus emisiones seguirían creciendo, aunque a una tasa inferior. Nuevamente, eso es una buena noticia, pero no es novedosa: las estimaciones sobre nuevas inversiones y eficiencia energética demuestran que China ya está en camino de cumplir de manera inercial esa meta.

La propuesta de Obama tiene un problema adicional: descansa en el absurdo esquema del mercado de carbono, instrumento que se sigue presentando como la clave para alcanzar una solución al problema del calentamiento global. La realidad es otra: se trata de un esquema que servirá para el lucro y la especulación de unos cuantos, mientras el problema de la concentración de CO2 permanecerá sin solución.

Hay que decirlo una y mil veces: el mercado de carbono no es un instrumento eficaz para reducir las emisiones y estabilizar la presencia de CO2 en la atmósfera. Aun en mercados más especializados (de un solo contaminante), con un pequeño número de participantes, ese tipo de mercado de cuotas de emisiones permitidas son problemáticos. Las experiencias en varios países y en la Unión Europea así lo demuestran. Cuando se pase a escala mundial las dificultades se multiplicarán exponencialmente.

Los gobiernos que firmarán un acuerdo en Copenhague sostienen que alcanzarán sus metas en 2050 con el mercado mundial de carbono: mienten como una pandilla de bribones. En el marco de un tratado mundial sobre cambio climático, el mercado de carbono sólo servirá para mantener la ilusión de que se está trabajando en alcanzar una solución. Es un peligroso espejismo si se considera la magnitud de lo que está en juego.

El primero de diciembre se abrió el sitio www.storyofcapandtrade.org con una película de Annie Leonard que explica el mecanismo del mercado de carbono y todos sus inconvenientes. Es el resultado de un trabajo colectivo de organizaciones civiles y ya podrían los gobiernos ponerle algo de atención al reclamo de justicia que cristaliza este esfuerzo. No se la pierda. Al igual que su predecesor, www.storyofstuff.org, será un éxito mundial.

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