Futura recaída en la recesión

27 diciembre 2009 | Categorías: Crisi sistémica | 706 lecturas |

George Soros - Expansión

Estamos en un momento en que el abanico de las incertidumbres que afronta la economía mundial es inhabitualmente amplio. Acabamos de pasar por la peor crisis financiera desde la Segunda Guerra Mundial. Las únicas comparaciones válidas son la burbuja inmobiliaria japonesa, que estalló en 1991 (y de la que Japón no se ha recuperado aún), y la Gran Depresión del decenio de 1930, con la diferencia de que esta crisis ha sido cuantitativamente mucho mayor y cualitativamente diferente.

A diferencia de la experiencia japonesa, esta crisis ha afectado al mundo entero, en lugar de mantenerse circunscrita a un solo país, y, a diferencia de la Gran Depresión, esta vez se ha creado un apoyo público para la supervivencia del sistema financiero, en lugar de dejar que se desplomara.

De hecho, la magnitud del problema actual es aún mayor que durante la Gran Depresión. En 1929, el total del crédito impagado en Estados Unidos ascendía al 160% del PIB, y subió hasta el 250% en 1932. En 2008, comenzamos con el 365% y este cálculo no incluye el extendido uso de derivados, que en el decenio de 1930 era inexistente.

Pese a ello, el artificial apoyo para la supervivencia ha funcionado. Apenas un año después de la quiebra de Lehman Brothers, los mercados financieros se han estabilizado, los mercados de valores se han recuperado y la economía está dando señales de recuperación. La gente desea reanudar la actividad habitual y pensar en el desplome de 2008 como en un mal sueño.

Lamentablemente, la recuperación podría perder fuelle y podría seguirle una segunda recesión económica, aunque no estoy seguro de si esto ocurrirá en 2010 ó en 2011.

Desequilibrios

Mi opinión no es excepcional, precisamente, pero no coincide con el estado de ánimo predominante. Cuanto más dure el cambio de rumbo, más serán quienes crean que continuará, pero, a mi juicio, eso es característico de las situaciones muy alejadas del equilibrio, cuando las impresiones suelen ir rezagadas respecto de la realidad.

Para complicar la situación, el retraso funciona en las dos direcciones. La mayoría de la gente no ha comprendido aún que esta crisis es diferente de las anteriores, que estamos al final de una época. Otros –incluido yo– no previeron la amplitud de la recuperación.

En general, las autoridades financieras internacionales han abordado esta crisis del mismo modo que lo hicieron con las anteriores: han rescatado las entidades quebradas y han aplicado estímulos monetarios y fiscales, pero esta crisis ha sido de una envergadura mucho mayor y las mismas técnicas no han dado resultado. La decisión de no rescatar Lehman Brothers fue un episodio que cambió las reglas del juego: en realidad, los mercados financieros dejaron de funcionar.

Eso significaba que los gobiernos tenían que garantizar con seguridad que no se permitiría la quiebra de ninguna otra entidad cuyo desplome pudiera poner en peligro el sistema. Entonces fue cuando la crisis se extendió a la periferia de la economía mundial, porque los países de la periferia no podían ofrecer garantías igualmente creíbles.

La Europa oriental fue la más afectada. Los países del centro recurrieron a los fuertes balances de sus bancos centrales para inyectar dinero en el sistema y garantizar el pasivo de los bancos comerciales, mientras que los gobiernos se lanzaron a una financiación con déficit para estimular la economía en una escala sin precedentes.

Pero la creencia cada vez más afianzada de que el sistema financiero mundial se ha librado del desplome y de que estamos volviendo lentamente a la actividad normal es una interpretación gravemente equivocada de la situación actual.

La globalización de los mercados financieros que se produjo desde el decenio de 1980 permitió al capital financiero moverse en libertad por el mundo, con lo que resultaba difícil aplicarle impuestos o regularlo. Con ello, el capital financiero se encontró en una situación privilegiada: los gobiernos tenían que prestar más atención a las necesidades del capital internacional que a las aspiraciones de sus propios ciudadanos. A los países les resultó difícil ofrecer resistencia.

Pero el sistema financiero mundial resultante era fundamentalmente inestable, porque estaba basado en la falsa premisa de que se puede dejar con seguridad que los mercados financieros actúen por su cuenta. Ésa es la razón por la que falló y por la que no se puede volver a recomponer.

Los mercados mundiales necesitan regulaciones mundiales, pero las regulaciones que están actualmente en vigor se basan en el principio de la soberanía nacional. Hay algunos acuerdos internacionales, en particular el Acuerdo de Basilea sobre las necesidades mínimas de capital, y también hay una buena cooperación de los reguladores de los mercados, pero la fuente de la autoridad es siempre el Estado soberano.

Proteccionismo financiero

Eso significa que no basta con volver a poner en marcha un mecanismo que ha quedado paralizado; debemos crear un mecanismo regulador que nunca ha existido. En la situación actual, el sistema financiero de cada uno de los países está sostenido y apoyado por sus gobiernos, pero a éstos lo que les preocupa primordialmente es su propia economía.

Así nace lo que podemos denominar proteccionismo financiero, que amenaza con descuajaringar e, incluso, destruir los mercados financieros mundiales. Los reguladores británicos nunca volverán a confiar en las autoridades islandesas y los países de la Europa oriental serán reacios a permanecer dependientes de los bancos de propiedad extranjera.

De modo que la regulación debe pasar a ser de alcance internacional. De lo contrario, los mercados financieros mundiales resultarán destruidos por el arbitraje regulador. Las empresas se trasladarían a países en los que exista la atmósfera reguladora más benigna, con lo que expondrían a los demás países a riesgos que no pueden permitirse.

La globalización triunfó porque obligó a los países a suprimir regulaciones, pero el proceso no funciona en sentido inverso. Será difícil conseguir que los países acuerden regulaciones uniformes. Países diferentes tienen intereses diferentes que los orientan hacia soluciones diferentes.

Así sucede en Europa, donde los Estados miembros de la Unión Europea no consiguen acordar entre sí un conjunto uniforme de normas financieras. Entonces, ¿cómo va a poder hacerlo el resto del mundo? En el decenio de 1930, el proteccionismo comercial empeoró una situación que ya era mala. En la economía mundial actual, el ascenso del proteccionismo financiero constituye un gran peligro.

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