¿Qué hacemos con la banca?

28 diciembre 2009 | Categorías: Entitats financeres | 901 lecturas |

Juan BengoecheaEl Correo Digital

La lección de esta crisis, para muchos observadores, es que los incentivos importan. Si esto es así, hay que reconocer que los recibidos por algunos banqueros no son los más idóneos. Según el fiscal general de Nueva York, Andrew Cuomo, sus sistemas retributivos se asemejan al juego: ‘cara yo gano, cruz tú pierdes’. Por si había alguna duda, mandarines de bancos rescatados con dinero público, han aprovechado los primeros atisbos de recuperación para hacer caja. De esta manera han creado un sentimiento de encono, que deslegitima el sistema capitalista. La clase política de la OCDE no ha dejado pasar la oportunidad de romper en lamentos, eludiendo así sus propias responsabilidades. Más que lamentarse, debería impedir que, en el futuro, se desate el apetito desordenado de riesgo que hemos sufrido en la pasada década. Como ha dicho el presidente del BCE, Jean Claude Trichet, «una vez, y nunca más».

El origen de la polémica sobre compensaciones se halla en la ‘burbuja salarial’ registrada, a partir de los años ochenta, entre los prebostes de la banca mundial. A título de ejemplo, el ‘paquete retributivo’ de los máximos ejecutivos de las mayores entidades españolas puede llegar a ser hasta unas 400 veces mayor que el salario medio de los empleados. Este estado de cosas no es ajeno a la existencia de unos consejos de administración débiles, asesorados por complacientes consultoras. Por regla general, los grandes bancos internacionales carecen de accionistas significativos, lo cual contribuye a convertir al presidente ejecutivo en un moderno sátrapa. La figura del consejero independiente no ha sido ese contrapeso, defensor de los intereses del accionista, imaginado por los códigos de conducta. Su independencia, en la práctica, se ve menoscabada por el deseo de renovar un cargo espléndidamente recompensado.

Este fracaso del gobierno corporativo no es la única causa de la presencia de incentivos perversos en los bancos. Quizá el más grave sea la asimetría entre riesgo y remuneración que registran, a medida que crecen y se diversifican. Para entender esa anomalía conviene recordar que la banca es ‘especial’: presta servicios de interés general, pero es vulnerable a pánicos de consecuencias imprevisibles. De ahí que las autoridades, a costa del dinero del contribuyente, ofrezcan garantías para impedir la quiebra de las grandes entidades. Ese subsidio implícito suele provocar en los gestores una miopía, que, como se ha comprobado en la crisis, les impide analizar el riesgo a largo plazo. Así pues, cuando los bancos son ‘demasiado grandes para quebrar’ no basta con que el interés de sus directivos se alinee con el de los accionistas, es preciso que también lo esté con el de la sociedad, que es la garante última de su negocio.

Para resolver ese conflicto, las autoridades mundiales necesitarían corregir la miopía de los gestores, obligándoles a interiorizar el nivel de riesgo socialmente óptimo. Da la impresión, sin embargo, de que siempre van un paso por detrás de la realidad. Ahora se hallan volcadas en regular los bonus bancarios, que, comparado con la imagen de impunidad que arrastra su gestión de la crisis, no deja de ser un tema menor. De hecho, parece que a la banca le adorna el privilegio de privatizar beneficios y socializar pérdidas. Además, sus arreglos matrimoniales -estilo entidad mala se fusiona con buena- han agravado el problema de ‘demasiado grande para quebrar’. Hasta el punto de que cada vez son más las instituciones que son ya ‘demasiado grandes para salvar’. En el caso español, reflotar los mastodontes domésticos originaría una crisis fiscal, ya que los pasivos de algunos superan el 50% del PIB.

Entre 1970 y 2007 el mundo ha sufrido 124 crisis bancarias sistémicas, cuyo coste recayó sobre las espaldas del sufrido contribuyente. La última ha obligado a los países desarrollados a poner sobre la mesa en torno al 30% de su PIB, a fin de evitar que el desplome de algún mastodonte provoque un pánico financiero. Es el momento de preguntarse si algo así es compatible con una economía de mercado. En el supuesto de que la respuesta sea negativa, tenemos que crear, como ha sugerido, entre otros, Joseph Stiglitz, incentivos para que ninguna institución sea ‘demasiado grande para quebrar’. Incentivos que impidan a los gestores jugar, a expensas del erario público, con fuego. Esta cura de adelgazamiento tendrá un precio, pero probablemente sea menor que el sinvivir actual. Lo que está fuera de dudas, tras dos años angustiosos, es que la banca es demasiado importante para dejarla sólo en manos de banqueros.

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