Rosarno, donde el Sur choca con el Norte

11 enero 2010 | Categorías: Unió Europea | 922 lecturas |

Gorka LarrabeitiRebelión

Explotó la rabia en Rosarno. 37 heridos. 19 migrantes y 18 policías. Dos extracomunitarios heridos de bala en las piernas, otros dos heridos de gravedad tras ser apaleados, según informa Repubblica. Tradujimos anteayer una crónica de Gian Luca Ursini para Peacereporter sobre la revuelta de inmigrantes temporeros en Rosarno causada por los disparos a dos braceros africanos con un fusil de aire comprimido. En ese artículo, se preveía que ayer se iba a producir la respuesta de los rosarneses. Así ha sido. Hubo caza al negro. Ciudadanos que se tomaron la justicia por su mano disparando y sitiaron Rosarno para que no hubiera testigos de la represalia; periodistas amenazados por los rosarneses; trescientos policías que acudieron para contener un terremoto social, una falla antropológica debida al choque brutal entre dos placas del sistema capitalista: el sur del Norte, territorio dominado, machacado, agostado por la ‘Ndrangheta, y el norte del Sur, la avanzadilla de una África que se niega a morir de hambre.

El escritor Marco Rovelli escribió en 2009 el libro Siervos. Pasó por Rosarno. Lean lo que escribió:

“El deporte que más practican los jóvenes de Rosarno es la caza al negro. Entiéndase por negro no un subsahariano, sino un africano, sin distinción y sin discriminación: que tenga piel clara u oscura da lo mismo. Los lunes por la mañana, en los autobuses que les llevan a la escuela, los chicos se enseñan los reportajes de las palizas que han propinado, motivo de orgullo, de honor que mide su valor, cruces que se cuelgan en el pecho. Hay técnicas para linchar a un negro. Antes de nada, es evidente que hay que ser un grupo. Luego, hay que apostarse en lugares estratégicos, por donde se tiene que pasar si se quiere ir de un lado al otro del pueblo […]

[...] A Rosarno la llamaban Americaniccia, cuando los braceros de la zona emigraban a EE.UU. y los grandes comerciantes amalfitanos y napolitanos abrían tiendas, emporios. Hoy la ‘Ndrangheta se lo ha comido todo, compra las tierras fijando los precios a base de amenazas e intimidaciones. El mercado de las naranjas y las mandarinas está en manos de un oligopolio criminal, las cooperativas de productores a las que deben acudir los agricultores particulares están vinculadas a las mafias, que son las que gestionan el dinero de la integración de la Unión Europea, cuyo sostén no se dirigía a las estructuras o a la calidad del producto, sino al precio: esto ha favorecido estafas organizadas a gran escala (las así llamadas “naranjas de papel”). Así, se encuentran naranjos por doquier, incluso en cuencas de ríos, cultivadas a posta para arrancar incentivos europeos […].”

En enero del año pasado el periodista Gabriele del Grande hizo un reportaje estremecedor desde Rosarno. Se titulaba Naranjas amargas. Con la precisión que le caracteriza, el autor de Mamadú va a morir retrataba con cifras un infierno que nadie quiere ver: 20-25 euros por 7 horas de trabajo, 2.000 emigrantes casi todos sin papeles, una historia que dura ya 20 años. El precio de las clementinas, 28 céntimos por kilo; las naranjas que en los supermercados cuestan más de un euro, a 7 céntimos. La distribución, en manos de los carteles de la ‘Ndrangheta. “Han pasado 20 años y nadie ha hecho nada. Ellos han aumentado y nosotros hemos perdido la sensibilidad”, confiaba un lugareño a Del Grande.

No contento con ese reportaje, hurgando hasta encontrar la raíz del problema, dando voz a los que no la tienen, Del Grande viaja y envía hace tres días otra crónica para Fortress Europe desde Uagadugú, capital de Burkina Faso, en la que cuenta qué ve en Niago, pueblo desde el que más de 700 jóvenes partieron para trabajar recogiendo tomates en Foggia. Dice Del Grande: “Esos a los que la prensa italiana ha bautizado como ‘los nuevos esclavos’, en su tierra se han convertido en pequeños héroes. Símbolos de liberación y bienestar. Los llaman ‘los italianos’. En un país donde la jornada de trabajo se paga a poco más de un euro, ellos son la demostración práctica, por paradójica que sea, de que el sueño europeo funciona”. Cuando el reportero advierte de los peligros del viaje por mar, cuando enseña las fotos de Rosarno y de las chabolas donde viven los braceros migrantes, los jóvenes de Niago no se escandalizan mínimamente. “Al contrario -continúa Del Grande-. Antes que quedarse aquí, están dispuestos a afrontar cualquier sacrificio [...] No hay nada que hacer. Tienen pruebas de que Italia funciona. Nacen como setas. Una al lado de otra. Desde hace tres años. Son las casas de los emigrantes. Construidas con bloques de cemento, ventanas de hierro y tejados de chapa. Algunas incluso las pintan” […] “En el imaginario el cemento se ha convertido en el nuevo símbolo de la riqueza, y por tanto, del poder. Una casa tradicional se construye con 100 euros. Un apartamento vale incluso 3.000 euros. Cifras inimaginables para los campesinos de la zona. Aquí un bracero gana un euro por una jornada de trabajo”.

La lógica de los viajes de los migrantes es clarísima si uno hace el esfuerzo de ver el mundo desde Burkina Faso. Roberto Maroni, ministro del Interior italiano, miembro de la racista Liga Norte, no lo hace, a juzgar por sus últimas declaraciones: “En Rosarno se da una situación difícil como en otros lugares, porque en todos estos años se ha tolerado sin hacer nada eficaz una inmigración clandestina que ha alimentado por un lado la criminalidad, y por otra ha generado situaciones de fuerte degradación”. Poco ayudan estas declaraciones. Hoy Médicos sin Fronteras, que dio ayuda a los migrantes e hizo ver sus condiciones de vida -sin luz, agua, alimentos ni calefacción- , ha abandonado Rosarno. Algunas asociaciones resisten allí y siguen desenmascarando la hipocresía de las leyes de inmigración propuestas por el gobierno Berlusconi. En el Osservatorio Migranti se encuentra la historia de Jadim, clandestino senegalés que quiere dejar Italia y que, sin embargo, es detenido y esposado en el aeropuerto por no haber abandonado Italia. Italia lo deberá mantener durante 7 meses. Desde la cárcel solicita permiso para abandonar Italia pero no se lo conceden.

Hay muchos intereses para que la situación no mejore. Ganan consenso los partidos xenófobos, ganan las mafias. Hay un chivo expiatorio. Una cabeza de turco, o mejor dicho, de africano. Don Pino de Masi, sacerdote comprometido en la defensa de los derechos de los migrantes, no pica el anzuelo y apunta contra el verdadero culpable: la ‘Ndrangheta, que explota a los migrantes. Hay que arrancar a los migrantes de las manos explotadoras de la ‘Ndrangheta, dice Don Pino. No le falta razón. Hay demasiado mano blanda con una organización criminal que el pasado día tres lanzó un órdago al Estado poniendo una bomba en la puerta de la fiscalía de Reggio Calabria. El verdadero problema no son, pues, los migrantes, sino la ‘Ndrangheta, que cada día se muestra más fuerte.

Ahora todo será más difícil, afirma Alberto Conia, del Kollettivo Onda Rossa de Cinque Frodi: “Esta mañana un grupo de chicos se ha dirigido a mí diciéndome: mira la que han montado en Calabria esos a los que has ayudado. Desgraciadamente la población se ha acostumbrado a mirar hacia abajo, a tomársela con los últimos, no con los propietarios ni con los mafiosos. Esta mentalidad es destructiva. Se está tocando el fondo. Trabajamos con los migrantes desde hace dos años y ahora no nos dejan ni entrar en el pueblo. Es la propia población la que nos impide el acceso. Tememos que mañana, cuando los focos y las cámaras se apaguen, llegue la venganza más despiadada contra ellos: la de la mafia. Tememos por su vida”.

Así las cosas, como dice el título de este libro, tendrán que ser los africanos quienes salven Rosarno (y probablemente Italia).

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