Pensiones: los dioses vuelven locos a quienes quieren perder

14 febrero 2010 | Categorías: Serveis Públics | 252 lecturas |

José A. Pérez – ATTAC Madrid

El presidente del Gobierno de España ha cruzado el charco para acompañar en sus oraciones matutinas a los integristas de Estados Unidos, dejando a su propio país en estado de máximo cabreo ante el abrupto anuncio de una áspera reforma de las pensiones públicas. Reforma que tampoco está clara, pues, luego, sus ministros se han encargado de liarla. Y donde dije jubilación a los 67 años, digo quizás, y donde dije 25 de cotización, sin disimulo digo que es simulación. El jefe de la oposición, al que le vendría de perlas que Rodríguez Zapatero le dejase hecho el trabajo sucio de la reforma que concuerda con su programa, se opone a ella con tal de criticar a su adversario. Esto de las pensiones no hay dios que lo entienda. Debe ser que los dioses han hecho uso de esa prerrogativa que los antiguos les atribuyeron: la de volver locos a aquellos a quienes querían perder.

Quos dei vult perdere, prius dementat. Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco, dice la antigua sentencia. Y sólo un loco presentaría una medida políticamente suicida, como es la reforma de las pensiones propuesta por el Gobierno presidido por José Luis Rodríguez Zapatero. Esa propuesta, cuyos términos se han aireado lo suficiente como para ahorrarnos el trabajo de gastar tiempo y espacio en reproducirla, forma parte del programa neoliberal de destrucción ciega de las instituciones públicas del Estado del Bienestar.

Los neoliberales llevan años pronosticando la insostenibilidad de las pensiones públicas basándose en una evidente falacia: las proyecciones demográficas que apuntan hacia un envejecimiento de la población a medio plazo. Con la consiguiente disminución de la población tradicionalmente considerada laboralmente activa.

Esa tesis podría ser válida en los tiempos en que fue escrito el Deuteronomio, al que aludió Rodríguez Zapatero en su celebrada alocución en la ceremonia de ruptura del ayuno estadounidense: “No explotarás al jornalero pobre y necesitado, ya sea uno de tus compatriotas, o un extranjero que vive en alguna ciudad de tu país. Págale su jornal ese mismo día antes de que se ponga el sol, porque está necesitado y su vida depende de su jornal” (Deut. 24.15). En aquellas lejanas épocas en que el sostenimiento de la población dependía exclusivamente de la “fuerza de sangre” proporcionada por los humanos y las bestias de carga y tiro, un envejecimiento excesivo de la población hubiera significado un problema. Que no llegaba a plantearse dado que la rudimentaria protección de la salud se encargaba de solucionarlo de forma expeditiva.

Pero hoy, al menos en los países desarrollados, el modelo productivo no descansa en la agricultura. En la que, en todo caso, una sola persona al volante de un tractor puede cosechar trigo suficiente para mantener a un centenar de personas. El histórico aumento de la productividad, debido a la conjunción de tecnología y energías externas, hace posible disponer de bienes y servicios para una población amplia, aunque se reduzca el número de brazos que intervienen directamente en el proceso productivo.

Los neoliberales no son tan tontos como para ignorar estas evidencias. Lo que sucede es que, por lo general, trabajan al servicio del mundo de las finanzas que ve en las pensiones una excelente oportunidad de negocio. Por ello, sostienen la torticera tesis de que son únicamente las rentas de los trabajadores, a través de las cotizaciones sociales, las que deben financiar las pensiones y la sanidad, cuando debe ser la renta nacional en su conjunto la que lo haga, mediante un sistema impositivo que incluya, por supuesto, las cotizaciones sociales, pero no como única fuente.

Por cierto, entre esas fuentes diversificadas, ¿por qué no cotizan, por ejemplo, las entidades bancarias que han suprimido empleos al instalar cajeros automáticos? Y a juzgar por los resultados, obtienen pingües beneficios incluso en tiempos de crisis. Beneficios que permiten obsequiar a sus directivos con pensiones que producen vértigo. Como la de Francisco González, presidente del BBVA, que acaba de embolsarse 79,7 millones de euros de pensión al haber cumplido los 65 años.

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