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La banca se enfrenta a Basilea III bajo la alargada sombra de Goldman Sachs

28 Abril, 2010 - Entitats financeres

Fernando Cortés – ABC El sector financiero internacional parece condenado a no recuperar jamás la calma. Al terremoto de las hipotecas «subprime», acaecido allá por la prehistoria de 2007, le han seguido hasta nuestros días una serie de «réplicas», nacionales e internacionales, en forma de escándalos, fraudes, intervenciones, reestructuraciones, fusiones forzosas y quiebras. Acontecimientos que […]

Fernando CortésABC
El sector financiero internacional parece condenado a no recuperar jamás la calma. Al terremoto de las hipotecas «subprime», acaecido allá por la prehistoria de 2007, le han seguido hasta nuestros días una serie de «réplicas», nacionales e internacionales, en forma de escándalos, fraudes, intervenciones, reestructuraciones, fusiones forzosas y quiebras. Acontecimientos que están cambiando la faz de un negocio caracterizado tradicionalmente por la discreción. Los dos últimos capítulos de este drama se escriben en estos momentos. Se llaman Basilea III y Goldman Sachs y tienen desestabilizadas a las entidades, que consideran que ambos, aunque por distintos motivos, constituyen una amenaza para su futuro.
La SEC, el vigilante de los mercados estadounidenses, asegura que el banco de negocios Goldman Sachs, todo un símbolo de Wall Street, vendió a dos clientes suyos sofisticados productos financieros diseñados en realidad para perder dinero, mientras un tercero se beneficiaba a su costa. Las presuntas víctimas, los bancos IKB (Alemania) y RBS (Gran Bretaña), perdieron en total 1.000 millones de dólares (850 millones el primero y 150 millones el segundo), en beneficio —también presuntamente— del fondo de alto riesgo del financiero John Paulson, conocido por anticipar el hundimiento del mercado inmobiliario norteamericano. Predicción con la que, obviamente, ganó también algo de dinero. La indignación de los gobiernos de Berlín y Londres no tiene límite, ya que en su momento se vieron obligados a acudir al rescate de ambos bancos. Ahora se plantean la posibilidad de endosarle a alguien parte de esa factura.
Goldman, claro, niega la mayor. El banco —curiosamente uno de los que mejor han vadeado la crisis, con su cuenta de resultados casi intacta— asegura que en esa operación, que data de 2007, sólo actuó como intermediario y que, en cualquier caso, la responsabilidad sería, a nivel particular, de uno de sus empleados, Fabrice Tourre. Éste joven operador francés habría ideado un vehículo financiero estructurado derivado de hipotecas «subprime» para beneficiar al fondo de alto riesgo de Paulson.
Claves de la reforma
La acusación de la SEC supone un nuevo mazazo para la ya maltrecha credibilidad del sistema financiero norteamericano, al tiempo que proporciona al presidente de los Estados Unidos el argumento definitivo para acometer, ya sin miramientos, la reforma del sector, cuyas líneas generales presentó el pasado viernes ante la opinión pública y que emanan de los acuerdos alcanzados en las dos últimas cumbres del G-20. Obama lanzó un mensaje de tranquilidad: «A menos que su modelo de negocio sea estafar a la gente, no hay nada que temer de estas nuevas normas». Las entidades se oponen con todas sus fuerzas.
Europa tampoco se escapa a esta corriente de cambio, aunque el Viejo Continente no tenga nada que ver con el limbo normativo en el que se ha movido tradicionalmente el mercado financiero americano. Las reglas bancarias a este lado del Atlántico son bastante estrictas, aunque la UE quiere ahora ir más allá. No puede ser que la peor crisis vivida desde la II Guerra Mundial termine pasando y nadie saque enseñanzas para el futuro. Por eso surge Basilea III. Este es el nombre de la nueva regulación internacional sobre los recursos propios de las entidades financieras. El objetivo es que bancos y cajas de ahorros sean más sólidos y solventes, para que futuras turbulencias no coloquen al sector al borde del abismo —tal y como ha ocurrido ahora— ni éste arrastre a la economía real en su caída.
Recomendaciones
La nueva normativa está siendo elaborada por el Banco Internacional de Pagos de Basilea (BIS, por sus siglas en inglés) y será la tercera reglamentación sobre recursos propios que lleve a cabo este organismo. De ahí su nombre de Basilea III. El BIS —en el que participan representantes de más de cien Bancos Centrales de todo el mundo— es sólo un foro de expertos, así que sus conclusiones no tienen fuerza legal, sino que tan sólo sirven de orientación. En este caso, sin embargo, los miembros del G-20 —que agrupa a los principales países industrializados, incluida la UE, y a los emergentes, lo que equivale a todo el mundo civilizado— se han comprometido a incorporar estas recomendaciones a la legislación de los diferentes Estados. Existe ya un primer borrador, que ha sido enviado a los distintos agentes del sector para que emitan sus opiniones. Con las alegaciones oportunas, el BIS completará un documento definitivo, que deberá ser aprobado por el G-20 en una cumbre que tendrá lugar el próximo mes de noviembre. La entrada en vigor de la nueva normativa no se producirá, en ningún caso, antes del año 2012. La UE considera, además, que antes de aplicar ninguna reforma se ha de constatar de manera fehaciente que la crisis ha terminado, pues hacerlo prematuramente podría agravar los problemas. La entrada en vigor, en cualquier caso, será paulatina.
Aunque todavía no existe más que un borrador, cuyas cifras están aún por determinar, bancos y cajas tienen claro que Basilea III les va a obligar a reforzar su capital de una forma considerable. Basilea I estableció en su día que las entidades debían mantener un volumen de recursos propios —capital más reservas— que como mínimo fuera el 6% de sus activos. Basilea II elevó ese coeficiente al 8% y empezó a discriminar en función del nivel de riesgo de los activos. Ahora, todo parece indicar que Basilea III elevará hasta el 10% el volumen de capital obligatorio y, lo que es más importante, abordará una redefinición de lo que es el capital y sus diferentes categorías.
Pérdidas inesperadas
El capital tiene como propósito absorber las pérdidas inesperadas que surgen en el curso normal de la actividad de una entidad de crédito. La nueva normativa unifica los criterios aplicados en los diferentes países y fija —grosso modo— dos grandes categorías de capital, según su capacidad de absorción de pérdidas. La primera —formada básicamente por acciones, primas de emisión y reservas resultantes de la aplicación de beneficios— permitiría que la entidad continúe con sus actividades, ayudándola a prevenir su insolvencia. Este es el considerado capital de la máxima calidad. La segunda clase sirve para garantizar los depósitos en el caso de que la entidad sea liquidada y se considera como capital de segunda categoría. Según Basilea III, al menos el 50% del capital debe corresponder a la primera categoría. Esto puede suponer un verdadero problema para las entidades que no emitan acciones, como ocurre con las cajas de ahorros españolas. Su instrumento equivalente serían las cuotas participativas, aunque éstas, ahora, resultan poco atractivas para los inversores, ya que carecen de derechos políticos. La solución, en cualquier caso, correspondería a las autoridades financieras de cada país.
El borrador elaborado por el BIS incluye también la creación de un ratio de apalancamiento que permita medir de una forma homogénea el endeudamiento de las entidades y que actúe como una restricción potencial sobre un crecimiento excesivo de los activos y riesgos dentro y fuera de balance. Se concibe, además, como un complemento del coeficiente de solvencia.
La nueva normativa establece también unos mayores requisitos de capital para una serie de operaciones que realizan los bancos y que llevan asociado un riesgo de mercado. Especialmente los derivados, los «repos» —operaciones con pacto de recompra— y la financiación de valores, cuyo tratamiento ha presentado unas deficiencias que se pusieron especialmente de manifiesto durante la crisis. Los derivados —opciones y futuros— son instrumentos cuyo valor depende de otros títulos subyacentes y cuyo objetivo es el de transferir el riesgo de éstos. A esto se añade una exhaustiva mejora en la medición del riesgo, centrada en criterios muy técnicos.
Provisiones
Otro capítulo es el de las medidas contracíclicas, tanto en provisiones como en capital. El texto establece un sistema de provisiones que se alimentaría durante las etapas buenas del ciclo y se utilizaría en los momentos malos. Un modelo igual al implantado en España en el año 2000 y que ha permitido a nuestras entidades atravesar los momentos más duros de la crisis sin grandes sobresaltos.
Se plantea también la constitución de «colchones» de capital basados en el mismo principio de guardar dinero en los buenos tiempos para utilizarlo cuando el ciclo cambie de signo. La idea es que los recursos propios deben captarse no cuando se necesitan, sino cuando están disponibles en condiciones aceptables en el mercado. El texto plantea restricciones sobre la distribución de los beneficios, que serían tanto más intensas cuanto menor sea la holgura de cumplimiento de las exigencias mínimas de recursos propios. Una entidad sólo tendría entera libertad para distribuir sus beneficios —incluidos dividendos— si el exceso sobre sus recursos propios requeridos fuera igual o mayor que el importe de éstos. De lo contrario, el beneficio deberá dedicarse a reforzar sus recursos.

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