La guerra como mercancía

8 julio 2010 | Categorías: Opinió | 923 lecturas |

Susana Merino – ATTAC Argentina

En la planetaria y desenfrenada carrera hacia el lucro la guerra se ha convertido en sí misma en una  mercancía más.

Hace pocos días leía en un artículo de William Pfaff, un columnista del Herald Tribune que pese a haber duplicado su presupuesto militar en la última década los EEUU “no consiguieron ganar ni una sola guerra. No hay una sola victoria y ni una sola de las intervenciones arrojó un resultado positivo”

Pareciera que ha llegado la hora de preguntarse  porqué: las guerras, las batallas ya no  tienen por objetivo anexar nuevos territorios, apropiarse de los recursos de los países y las regiones más pobres, reclutar esclavos para las faenas más duras, tampoco persiguen convertir a los infieles ni abrir nuevas rutas al comercio como en el tiempo de los griegos, los romanos o las cruzadas cristianas.

Creo que lo que sucede es que existen nuevos objetivos y algunos otros reciclados que  hoy en día se alcanzan  por otros medios: las migraciones forzadas por el hambre o por el recrudecimiento estimulado de las persecuciones políticas y religiosas, la incentivación de las luchas tribales, para las que no se requieren otras armas que las de pequeño calibre y por lo tanto de reducido costo, los tratados de libre comercio, la amenaza nuclear de las (pre)potencias mundiales, la manipulación mediática, la corrupción de las clases gobernantes, etc. etc…

Es decir una serie de alternativas que no exigen ni enormes pérdidas de vidas humanas, ni destrucción de ciudades al ras, ni inversiones en aviones de última generación, ni portaaviones nucleares, ni flotas gigantescas que ni siquiera tienen equivalentes a las cuales enfrentar (aunque los EEUU como por inercia los sigan produciendo) mientras algunos países mantienen tan solo algunos ejércitos terrestres destinados más bien a desempeñar tareas de represión lógicamente destinadas a “resguardar la paz interior” una paz que sí exigen  los grandes intereses internacionales una vez que han logrado someter a la población por los medios que fueren y necesitan evitar las alteraciones frecuentemente derivadas del descontento  y del agobio de esa misma población local.

Pero la guerra sigue siendo un gran negocio y es allí donde está el quid de la cuestión. La población de las grandes potencias y en especial la de  de los EEUU anestesiada por los medios ignora que una parte considerable de sus contribuciones fiscales va a parar a las arcas insaciables del llamado “complejo militar-industrial” es decir a alimentar esa maquinaria bélica que termina siendo un objetivo en sí misma.

Aunque no solamente lo es en la restringida área de la fabricación del aparataje bélico sino aún más en lo que parafraseando la triste e hipócrita alusión a los “daños colaterales” podrían llamarse los “negocios colaterales” entre los que no es  el menor el de la reconstrucción de las áreas y de la infraestructura de las áreas sí destruidas en  los países ocupados.

Otro sector no menos importante del montaje militar desarrollado por el agresivo imperio usamericano es el de las milicias contratadas o mercenarias. Este último negocio, desarrollado inicialmente en Irak y actualmente en Afganistán y en Pakistán, por la empresa Blackwater, rebautizada Xe Services  y con la que según Le Monde el Estado Mayor usamericano “para poder concentrarse mejor en la operaciones militares”  ha contratado además  por valores de más de 2 mil millones de dólares  anuales el objeto de  “proteger los convoyes que transportan víveres, municiones y equipos a los soldados destacados en Afganistán”.

Da la curiosa coincidencia de que los eventuales atacantes  de esos convoyes no  serían otros que los Talibán por lo que se sospecha que las empresas mercenarias pagan a su vez a los Talibán para no ser atacadas de donde se deduce que son los mismos EEUU los que les proporcionan a estos últimos, recursos suficientes como para equiparse nuevamente y mantener activa y sin desmayos la lucrativa industria de las armas y todo lo que implica como producto final: la guerra como mercancía o como negocio, da lo mismo.

Todo un engendro que está siendo motivo de investigación por el Senado de los EEUU pero que a buen seguro, como siempre, no generará mayores condenas ni reflexivos  cambios de rumbo.

Por el contrario seguirán postergando el Plan Básico de Atención a la Salud y aprobando seguramente los sucesivos presupuestos militares entre los que el último, es decir el del corriente año es el mayor de la historia de los EEUU y más grande que todos los gastos militares del resto del mundo.

No por casualidad cuando se retiran los altos mandos del ejército pasan a ocupar importantes cargos en las juntas corporativas, se transforman en portavoces de los principales medios de comunicación o en bien remunerados consultores y políticos. Nadie mejor que ellos para mantener, desarrollar y comercializar las variadas ramas del  producto bélico que tan buenos réditos proporciona a la casta gobernante y a sus adláteres.

Vale la pena mencionar que el presupuesto militar usamericano en su conjunto gravaba el año pasado con 1835 U$S a cada habitante de su país mientras que en América Latina  ese gravamen era de U$S 84 y en Asia Central y el Sudeste asiático llegaba a solo U$S 22.

Es evidente que la economía de los EEUU se ha mantenido mucho tiempo en alza debido al estímulo de los gastos de guerra, creando una adicción al militarismo en las corporaciones del país, que son  por otra parte las que solventan las campañas electorales de ambos partidos políticos el republicano y el demócrata, de modo a poder mantener siempre su nefasta influencia, en  cualquiera de ambos lados pero siempre en el de los vencedores.

Habrá que ver  y que esperar o que ayudar a que  la crisis mundial termine por involucrar también a esa necrofílica mercancía fagocitando para siempre a los responsables directos de sus nefastas consecuencias.

Artículo publicado en Ecupress.

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