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¡A la huelga general!

9 Setembre, 2010 - Estatal

Colectivo Red Verde – Nueva Tribuna La crisis ha colocado en primer término, aunque no en primera plana, la lógica que preside este sistema productivo y el gran drama social que conlleva: que son las condiciones en que se genera la riqueza quienes deciden lo que se produce, cómo se reparte el excedente generado y […]

Colectivo Red Verde Nueva Tribuna
La crisis ha colocado en primer término, aunque no en primera plana, la lógica que preside este sistema productivo y el gran drama social que conlleva: que son las condiciones en que se genera la riqueza quienes deciden lo que se produce, cómo se reparte el excedente generado y dónde quedan los más perjudicados por tan desigual reparto.
Con las medidas de ajuste para salir de la recesión económica, adoptadas por el Gobierno español como por organismos económicos internacionales, aflora de manera descarnada la profunda desunión, la fisura que en las sociedades actuales separa los intereses de los propietarios de capital de las aspiraciones de quienes sólo poseen la capacidad (y con suerte, la posibilidad) de trabajar para otros. La contraposición de intereses entre capitalistas (empresarios, rentistas y asimilados) y trabajadores emerge desde el fondo de la sociedad, donde había quedado sepultada por el impostado consenso obtenido por la oleada neoliberal para sacrificar gran parte de las necesidades generales, colectivas, masivas, a los intereses de reducidos grupos sociales, que ahora han logrado influir en los foros internacionales para salir de la crisis tan airosamente como entraron, pues realmente mandan sobre las instituciones políticas aunque hayan sido democráticamente elegidas, y mucho más si no lo han sido.
Así inducidos, los gobiernos intentan sacar las economías nacionales de la recesión aplicando curas de caballo sobre sus efectos, no sobre sus causas. Quedan, pues, exentos de responsabilidad los artífices de este desastre, en primer lugar, los inventores de productos, subproductos y timos financieros y aquellos que han contribuido a engordar las distintas burbujas especulativas, así como los que durante años han formulado, creído, defendido y aplicado con mano de hierro los dogmas del mercado desregulado, de la fragmentación y deslocalización de empresas, la externalización de costes y la privatización de bienes y servicios públicos obteniendo con ello jugosos beneficios, que poco han contribuido al bienestar público gracias a las rebajas fiscales y a la escasa vigilancia de los gobiernos sobre el dinero sacado ilegalmente de la circulación y depositado en paraísos fiscales.
Quedan exentos de responsabilidades los que, de modo directo o en calidad de agentes cooperadores (España entre ellos), han contribuido en extender la increíble fantasía de un mercado global presuntamente autorregulado, que realmente ha sido una tapadera de la expansión imperial de un capitalismo muy agresivo con la naturaleza y con la población del Tercer Mundo. Quedan fuera del marco de las reformas para salir de la recesión no sólo la solicitud de un aporte fiscal extraordinario a quienes han obtenido cuantiosos beneficios en los años de bonanza, el aumento de impuestos a las empresas, un gravamen progresivo a las grandes fortunas, una tasa especial a los flujos de capital (llámese Tobin o Salgado), el recorte (o mejor la supresión) de las generosas aportaciones a la Iglesia católica, la persecución -en serio- del fraude fiscal y de la actividad económica llamada sumergida, pero realmente delictiva, estimada en el 23% del PIB, la reducción del presupuesto militar, la merma de las remuneraciones de cargos públicos y la aplicación estricta de la ley de incompatibilidades, así como la imposición de fuertes indemnizaciones económicas a los inventores de las estafas financieras.
Todo eso es como si no existiera; está fuera de la agenda política de los grandes partidos nacionales y de los nacionalistas y, por supuesto, fuera de los medios de información, que ¿realmente son de información si no hablan de ello? Pero la crisis ha colocado en primer término, aunque no en primera plana, la lógica que preside este sistema productivo y el gran drama social que conlleva: que son las condiciones en que se genera la riqueza quienes deciden lo que se produce, cómo se reparte el excedente generado y dónde quedan los más perjudicados por tan desigual reparto, lo cual tiene que ver, además de con el sistema político, tanto con la configuración del mercado laboral como con el sistema fiscal, que es otra forma de orientar la redistribución de la riqueza producida hacia un lado o hacia otro.
En España, durante una serie de años la agenda política ha estado marcada en buena parte más que por las luchas de los trabajadores, por las luchas y escaramuzas suscitadas por la afirmación identitaria y/o cultural planteadas por diversos sujetos sociales (cuestiones de credo religioso, temas de género y sexo, familia, educación, estatutos autonómicos, usos y costumbres, las lenguas, los toros, los velos, etc), que han permitido ignorar las abismales diferencias de renta, la diferencia entre clases que engendra la sociedad capitalista, pero la convocatoria de la huelga general ha planteado de golpe el tema de la lucha de clases, y más concretamente del capital contra el trabajo, al señalar lo que se les viene encima a todos aquellos que carecen de capital.
Las reformas (o mejor, contrarreformas) en materia de empleo y desempleo, contratos, jornada, salarios, despidos, jubilación, etc, plantean un problema verdaderamente transversal, porque van a afectar a hombres y a mujeres, autóctonos y migrantes, obreros y empleados, oficiales y peones, maestros y aprendices, fijos y eventuales, jóvenes, maduros y viejos, heteros y gays, taurófilos y antitaurinos, creyentes y descreídos, y, por supuesto, a catalanes, vascos, gallegos, y a todos los demás, porque en eso sí que están de acuerdo los partidos que representan a las burguesía regionales (o nacionales si se prefiere así). Todos los trabajadores, sindicados o no, de izquierdas o de derechas, quedarán marcados no sólo por los efectos inmediatos de la recesión sino afectados por las medidas para salir de ella, decididas por la gran patronal, la gran banca y el gran capital nacional e internacional (eso sí que es solidaridad de clase) por medio de los partidos que sean; aquí el PSOE con apoyo del PNV y de CiU, y el regocijo del PP, y en otros países por medio de otros partidos. Tanto da. El gran capital internacional ha decidido arremeter contra los trabajadores y no hay más que hablar: hay que cumplir lo ordenado.
Aunque sólo sea por un día, la convocatoria de la huelga general supone un llamamiento para establecer una alianza coyuntural de las clases subalternas en toda Europa. Lo cual no es ninguna tontería. La lástima sería quedarse en eso, con todo lo que se nos viene encima.
El Colectivo Red Verde lo forman Carmen Barbero, Oscar Cerezal, Blanca García, Alejandro León, Luis Marchand, Orencio Osuna, Jorge Portland, Angel Requena, Ignacio Santibañez, Antonio Vidal y José M. Roca

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