De la mano del Estado

13 noviembre 2010 | Categorías: Opinió | 794 lecturas |

Fernando Krakowiak Página/12

Desde Seúl

Es una ciudad del futuro con la tradición entrelazada. Los rascacielos iluminados y las gigantescas pantallas digitales conviven con pagodas y palacios milenarios, a la vera del río Han. Cuesta creer que éste sea el mismo escenario que hace 60 años fue arrasado por una guerra entre las principales potencias mundiales que dejó cuatro millones de muertos. La zona desmilitarizada que marca la frontera con Corea del Norte, a sólo 50 kilómetros de la capital, pareciera ser el único vestigio de aquel enfrentamiento. El desarrollo económico que concretó Corea del Sur de la mano del Estado a partir de la segunda mitad del siglo XX, elevando el ingreso per cápita de 100 a 20.000 dólares, se encargó de dejar atrás el resto y posicionó a esta nación en un lugar privilegiado del escenario mundial. Su designación como sede de la Cumbre del Grupo de los 20, la primera que se realiza en Asia, es un reconocimiento por esa situación.

Corea del Sur es una península asiática de apenas 99.500 kilómetros cuadrados, superficie equivalente a la provincia argentina del Chaco. Entre 1910 y 1945 estuvo bajo dominio colonial japonés y sus actividades económicas principales eran la agricultura y la pesca. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, soviéticos y estadounidenses se repartieron el país, el cual quedó formalmente dividido en dos mitades por una frontera trazada sobre el paralelo 38. En el norte, Kim II-Sung, un líder comunista que había integrado la guerrilla antijaponesa, obtuvo el poder con el apoyo del ruso Joseph Stalin. En el sur, Estados Unidos bendijo a Syngman Rhee, quien fue nombrado presidente. Ese equilibrio precario estalló en junio de 1950 cuando las dos Coreas se enfrentaron militarmente motivando la intervención de Estados Unidos, China y la Unión Soviética, entre otros países. El conflicto se extendió por tres años y cuando parecía ir camino hacia una guerra nuclear, las potencias firmaron un armisticio y se volvió a reflotar la división gestada en 1945.

A partir de la década del ’60, bajo la conducción del dictador Park Chung-hee, la parte sur inició su proceso de desarrollo con la puesta en marcha de planes quinquenales que promovieron inversiones privadas otorgando fuertes incentivos, fundamentalmente crédito barato y subsidios, a las empresas capaces de generar divisas a partir de la exportación de sus productos. En 1962, cuando se implementó el primer plan quinquenal, el ingreso per cápita era de 100 dólares y se exportaban mercaderías por 55 millones de dólares al año. Al finalizar esa década, el ingreso per cápita se había duplicado y las ventas al exterior ya orillaban los 1000 millones, con la venta de telas, pescados, maderas y hortalizas.

En la década del ’70 fue el turno de la industrialización pesada. La empresa Posco, que actualmente es la tercera productora de acero más grande del mundo, inició sus actividades en 1972. En este período también se desplegaron los grandes conglomerados industriales conocidos como chaebols: Samsung, Hyundai, Daewo y LG. Estas firmas montaron astilleros, terminales automotrices y también se especializaron en electrónica y finanzas, siendo el principal motor del desarrollo coreano. La economía del país asiático creció en la década del ’60 a un promedio anual de 7,7 por ciento, en los ’70 casi al 9,0 por ciento y en los ’80, al 7,9 por ciento. En 1979 las exportaciones le reportaban al país 15.000 millones de dólares anuales y el ingreso per cápita se había elevado a 1700 dólares. Una década más tarde, las ventas externas sumaban 62.000 millones anuales y el PBI per cápita, 6100 dólares. Por entonces, Corea del Sur ya era conocida como uno de los tigres asiáticos, junto a Singapur, Hong Kong y Taiwan.

El acelerado crecimiento económico registrado en esos años se explica por múltiples causas, entre las que sobresalen el proteccionismo estatal, la mano de obra barata, la inversión en educación y un fuerte nacionalismo económico que se expresó en la autosuficiencia como una meta, aún más primordial que la prosperidad. En menos de treinta años, este país concretó la transición de una economía agrícola a una industrial, proceso que a Holanda, Gran Bretaña, Alemania, Francia y Estados Unidos les llevó, en promedio, más de un siglo. No obstante, durante las fases iniciales de la industrialización, el consumo interno estuvo muy reprimido. De hecho, Corea producía automóviles y televisores color en gran escala, pero la mayoría de su población viajaba en transporte público y tenía televisores en blanco y negro. Esa situación se fue modificando a partir de la década del ’80 y una porción cada vez mayor de la población mejoró su nivel de vida.

La creciente liberalización financiera implementada en esos años introdujo los mayores desequilibrios dentro de este modelo de desarrollo, que sufrió su primera gran crisis en 1997, víctima de los movimientos especulativos del capital. A punto tal que debió recurrir a un préstamo millonario del FMI para evitar el default. Esa “ayuda” vino acompañada de una serie de condicionalidades que motivó un nuevo resurgir del nacionalismo coreano. Algunos diarios incluso llegaron a comparar ese acuerdo con la firma del tratado de anexión a Japón en 1910 y se buscó limitar la incidencia del Fondo. En la actualidad, más del 90 por ciento de sus exportaciones son bienes industriales. Es la economía número 12 a nivel mundial. Algunos analistas consideran que “el modelo” está llegando a su techo y recomiendan reformas en una economía todavía caracterizada por una fuerte presencia estatal, pero lo cierto es que Corea del Sur se industrializó de la mano del Estado, cuando la mayoría de esos analistas no lo creía posible. Por eso después hablaron de “milagro”.

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