Austeridad Fiscal

19 enero 2011 | Categorías: Crisi sistémica | 1.146 lecturas |

Jorge ParrondoEl sueldo de Diógenes

Se supone que la solución a estos tiempos depresivos que corren es ajustarnos el cinturón y no solo reducir gastos sociales sino también trabajar más duro por menos dinero y competir mejor y producir como chinos y por si fuera poco tragarnos sin rechistar las recientes subidas de los precios de los productos básicos. Lo cierto, sin embargo, es que estamos siendo víctimas de “la gran mentira de nuestros tiempos”, como dice Robert Reich, mentira que consiste en relacionar los problemas económicos con el gasto social excesivo cuando la depresión que sufrimos es resultado de los desmanes del sistema financiero así como de los bajos salarios que percibe la clase trabajadora y de las tremendas desigualdades sociales acentuadas por el desmantelamiento de la progresividad del sistema fiscal. De la gran mentira neoliberal de nuestros tiempos deriva la gran incongruencia de exigir sacrificios salariales o productivos a los trabajadores y austeridad fiscal a los gobiernos aunque no tengamos una crisis de escasez económica sino de mal reparto de la abundancia.

Los economistas keynesianos, caso de Joseph Stiglitz, Paul Krugman o Vicenç Navarro, vienen advirtiendo del mal rollo deflacionario que pueden llegar a ocasionar los ajustes presupuestarios y especialmente los tijeretazos en gastos sociales. A lo mejor los keynesianos se equivocan y los halcones fiscales tienen razón y la economía mundial sale de la crisis gracias a los planes de reducción de los déficits públicos pero en cualquier caso el problema de las deudas soberanas no es un problema de dispendios disparados por el Estado social sino de especulación financiera desenfrenada y desregulada. Los rescates de las instituciones que fomentaron el endeudamiento de la gente para adquirir bienes inmobiliarios son la causa primaria de muchas de las crisis internacionales de deuda pública junto al descenso de los ingresos por culpa de la aplicación de políticas fiscales regresivas y de la mengua del poder adquisitivo de la clase trabajadora, por no hablar de los despilfarros cometidos en los últimos años en asuntos militares, especialmente en el caso de los Estados Unidos. Gracias a todos estos factores que han contribuido a  vaciar las arcas de los tesoros públicos, los tiburones de la economía financiera tienen ahora más recursos que nunca para especular a saco en los mercados de valores, de materias primas, de alimentos, de divisas monetarias, de los propios bonos de deuda pública (que arrojan intereses al alza gracias a la tendencia a la baja de las primas por riesgo de insolvencia) o de seguros sobre el posible impago de la deuda. La austeridad, disciplina y responsabilidad que ahora se pide a los gobiernos no se pide sin embargo al sector financiero para controlar sus apuestas de casino como tampoco se pide austeridad, disciplina o responsabilidad a las grandes empresas para dejar de ganar plusvalías que muchas veces son resultado de la explotación de la mano de obra precaria unida a la domiciliación de beneficios en paraísos fiscales o sociedades de inversión diseñadas para evadir el pago de impuestos.

A los ideólogos del capitalismo salvaje y neoliberal les importa un bledo las desigualdades sociales y la explotación laboral es un cuento marxista y lo de redistribuir la riqueza es cosa de socialistas trasnochados y resulta realmente  impresionante comprobar en cambio cómo esos mismos ideólogos del capitalismo salvaje y neoliberal apelan al socialismo cuando se trata de repartir culpas. “Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, dicen. O sea todos, incluidos los trabajadores con contratos precarios y sueldos de miseria tenemos la culpa de la crisis y debemos pagar por ello y asumir la austeridad fiscal/social. Parecía que la depresión iba a servir para atar corto al sistema financiero. Pues de eso nada. Todo lo contrario. Resulta que el sistema financiero es el que nos está atando aún más cortos a los ciudadanos y también a los gobiernos y es que los ideólogos del capitalismo salvaje y neoliberal, que siguen siendo los que más salen en la foto, nunca pidieron sacrificio y austeridad a la banca ni a las grandes fortunas. Eso nunca se les ha ocurrido. Lo que ellos pidieron y siempre pedirán son luces verdes y mangas anchas a la hora de consentir que el gran capital nade en el exceso mientras las clases bajas y medias sufren cada vez más dificultades para llegar a fin de mes.

Todos esos economistas suelen comparar los presupuestos del Estado con los presupuestos de las familias pero olvidan que ningún hogar tiene poder para recaudar impuestos o para emitir moneda al tiempo que olvidan también los numerosos costes y peligros de la aplicación de políticas sociales deflacionarias. A todos esos economistas lo que les ha venido importando en las últimas décadas es que los gobiernos de países en apuros acepten los programas de ajustes estructurales del Consenso de Washington, formulados bajo los patrones neoliberales del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, programas que no han servido más que para enriquecer a las multinacionales a costa de explotar a los trabajadores y de privatizar lo mismo recursos naturales que planes de pensiones en muchos rincones del mundo. Es verdad que quienes invierten en bonos están ahora en su derecho de exigir a los gobiernos garantías de cobro de sus préstamos con sus correspondientes intereses y es verdad que hay gastos fiscales muy mal gestionados por muchas haciendas públicas pero también es verdad que el problema del déficit fiscal es un problema del déficit privado sumado al déficit de la balanza comercial. Y el déficit privado lo promovieron y gestionaron quienes crearon una sociedad de auténticos yonquis del crédito con sus maravillosas innovaciones, léanse tarjetas de crédito o hipotecas subprime, que son justamente quienes han conseguido salvarse de la crisis mediante ayudas públicas y quienes ahora especulan en los enloquecidos mercados financieros con bonos de deuda pública o con lo que sea. Y lo que es más grave, finalmente son los mismos que exigen responsabilidad fiscal para asegurarse el cobro de sus sustanciosos intereses. El déficit de la balanza comercial es por su parte un asunto aún más espinoso, si cabe, resultado de lamentables desequilibrios geopolíticos agravados por lo que podríamos llamar fetichismo de la exportación, que es esa terrible fiebre por ver quién vende más barato, fiebre pestilente que no se va a solucionar compitiendo unos países con otros para ver cuál obtiene más cuota de mercado porque desde luego lo que no puede hacer el resto del mundo es imitar el modelo productivo de China, país que funciona bajo un régimen dictatorial de esclavismo económico ajeno a los derechos laborales o medioambientales. En lugar de producir más por menos dinero lo sensato sería fijar aranceles a las exportaciones procedentes de cualquier economía que no trate y pague decentemente a sus trabajadores y que no juegue limpio con el valor de su moneda. Además, si se exigen reglas internacionales para evitar que los déficits de algunos se disparen, también habría que exigirlas para evitar que los superávits de otros aumenten de forma exagerada porque como dice Joseph Stiglitz, el problema de los déficits comerciales es el problema de los superávits comerciales teniendo en cuenta que la suma de todos los superávits y déficits comerciales del mundo forzosamente ha de arrojar un balance igual a cero.

La austeridad, como el sacrificio, es un concepto que conecta muy bien con el viejo puritanismo tan arraigado durante siglos en la psique colectiva y de ahí la tremenda irritación que entre la ciudadanía española ha despertado la reciente huelga de controladores aéreos cuando lo indignante no son los sueldos de estos profesionales por muy superiores que sean a la renta per cápita del país. Lo indignante es que en España haya cerca de un 60 por ciento de trabajadores ganando mil euros o menos y lo que mucha gente no entiende es que no se trata de reducir salarios sino de subirlos. No se trata de hacer sacrificios sino de repartir la riqueza. No se trata de gastar menos sino de recaudar más impuestos. El capitalismo es víctima de sus propias contradicciones y en su actual fase de desbarajuste neoliberal ha entrado en plena esquizofrenia y pretende reducir todavía más el poder adquisitivo de las clases bajas y medias, lo cual seguramente va a impedir que la economía llegue a reactivarse adecuadamente, como advierten los keynesianos. Pero además es del todo punto inaceptable exigir sacrificios a los trabajadores y austeridad a los gobiernos mientras las operaciones de los especuladores continúen sin ser debidamente reguladas.

Aquí mandan los mercados con sus perspectivas de ganancias cortoplacistas y por eso el capitalismo neoliberal termina siendo víctima finalmente de otra terrible paradoja y es que tenemos riqueza económica suficiente para repartir y en cambio lo que tenemos son unos recursos naturales limitados. Sin embargo mientras nadie exige austeridad alguna para evitar que se agoten tales recursos naturales, la riqueza económica continúa sin extenderse a las clases populares, concentrándose cada vez más en manos de menos. Como explica el poeta, matemático y filósofo Jorge Riechmann, “si en las burbujas inmobiliaria o financiera los especuladores “toman prestado del futuro” y la pompa de jabón estalla cuando se hace evidente que esas deudas no podrán ser reembolsadas, en la burbuja fósil hemos estado tomando prestado -muy irresponsablemente- del pasado, de la gigantesca riqueza de hidrocarburos fósiles acumulada a lo largo de millones de años. Ahora comenzamos a ver el fondo del arcón: el tesoro se acaba”. Lo más paradójico de todo este cúmulo de contradicciones enfermizas del capitalismo actual y de todo este tremendo lío de inversiones, primas, deudas, intereses y préstamos globalmente enmarañados es que precisamente sean los mercados financieros los que vengan a exigir responsabilidad, disciplina y austeridad fiscal, cuando para ellos no hay exigencia alguna de responsabilidad, disciplina o austeridad especulativa. Desgraciadamente es muy posible que tenga razón J. Riechmann:

El problema es que el “inversor” es un demente megalómano que piensa que el mundo le debe un 6 ó un 8% anual. ¡A esos psicópatas ha entregado el capitalismo el control del mundo!

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