Transferencia de riqueza

13 marzo 2011 | Categorías: Opinió | 761 lecturas |

Jorge ParrondoEl sueldo de Diógenes

En Wisconsin los trabajadores se lo están pidiendo al gobernador Scott Walker a base de manifestaciones, huelgas y pancartas: TAX THE RICH. Sin embargo dicen los economistas de las escuelas liberales que las políticas redistributivas y los impuestos progresivos son un castigo a los emprendedores, una multa a los triunfadores, un robo a quienes crean trabajo y riqueza. Supuestamente no es bueno a efectos de productividad que las haciendas públicas se entrometan en la acción humana. Por eso cuando el G-20 se reunió en abril de 2009 con objeto de regular los centros off-shore, en algunos medios afines al pensamiento austriaco pudimos leer artículos como éste de Manuel Llamas, titulado “Adiós a los paraísos fiscales: una nueva derrota para la libertad”. Transferir riqueza es un atentado contra las libertades del individuo y por eso los paraísos fiscales son una bendición para el sistema, creen los gurús de la derecha libertaria. Cualquier intento de erradicarlos representa un atentado contra la soberanía política de los estados que los amparan además de una pesada carga para la energía emprendedora del ser humano.

La lógica del impuesto como liberticidio y castigo al éxito individual de randianos, austriacos, darwinistas sociales y anarco-capitalistas degenera en una misma idea y es que el público, como jefe y soberano de la actividad consumista que es, determina el precio adecuado según la aportación de cada cual a la economía, por lo cual todo impuesto es injusto al tiempo que una distorsión de los mercados y un atropello a los derechos de los ciudadanos más talentosos y emprendedores. Para los líderes del Tea Party -movimiento que reivindica el llamado Motín del Té de Boston, protesta anticolonialista de finales del siglo XVIII contra la subida de impuestos al té declarada por la corona británica- la presión fiscal que va más allá de la meramente necesaria para sufragar los servicios públicos correspondientes a la protección de la propiedad privada representa una injusta coacción impuesta por el Estado a las empresas y los particulares. Fernando Sánchez Dragó, distinguido miembro de la derecha libertaria española, participa del mismo pensamiento y por eso afirma:

“Los ricos, por su perspicacia e iniciativa, merecen un premio; los pobres, un castigo fiscal, ligero, para que espabilen”.

Ésa es justamente la tendencia neoliberal y por eso el ciudadano medio tiene más cargas fiscales que el rico. “No entiendo cómo es posible que mi secretaria pague más impuestos que yo”, reconoció hace ya varios años el millonario Warren Buffett y el fenómeno no es exclusivo de los Estados Unidos. Amancio Ortega y otros tantos millonarios españoles pueden decir lo mismo. En realidad está pasando en casi todo el mundo. Los ricos cuentan con una poderosa ingeniería fiscal para evadir legalmente el pago de tributos mientras las clases medias y bajas están pagando cada vez más impuestos ya sean directos o indirectos. Así que por su perspicacia e iniciativa, los ricos no es que merezcan un premio. Es que lo tienen. Tienen SICAVS y paraísos fiscales gracias a la gentileza de las políticas neoliberales, que lejos de estar desprestigiadas están siendo potenciadas en casi todas partes y por eso empieza a dar la impresión de que Jacques Lacan no estaba haciendo un ejercicio de excentricidad cuando manifestó, allá por los años setenta: “El rico tiene la propiedad. Compra, lo compra todo, en suma, en fin, compra mucho. Pero quisiera que mediten lo siguiente: nunca paga”.

A los economistas de casi todas las escuelas lo que les interesa es la creación de riqueza pero no tanto su transferencia. Sin embargo, desde antes de que se empiece a fabricar cualquier clase de bien o servicio lo que hacemos es contribuir a alguna clase de cesión, canje o traspaso de riqueza. Además no solo cuando contribuimos con impuestos al Estado sino también cada vez que pagamos un precio determinado por una mercancía o servicio o cada vez que recibimos un salario a cambio de un trabajo estamos siendo parte de un engranaje social de transferencia económica. Los trabajadores transfieren riqueza a los capitalistas y en realidad bien podría decirse que los mayores filántropos de la sociedad son los asalariados precarios. Trabajan largas jornadas penosamente remuneradas para proporcionar grandes plusvalías a la clase capitalista y esto es algo que ha pasado siempre en la historia del capitalismo. Por algo en 1875 Henry George invitó a sus contemporáneos a imaginar la visita de un extraterrestre a la Tierra. A partir de semejante premisa HG escribió:

Si le explicaras cómo vivimos en este planeta, y cómo las casas y la comida y la ropa y todo aquello que necesitamos es fruto del esfuerzo humano, ¿no sería lo más lógico que supusiera que los trabajadores son los que viven en las casas más hermosas y quienes disfrutan de los mejores bienes que produce esta sociedad? Sin embargo lo mismo en Londres que en París o Nueva York, o incluso en Burlington, lo que vemos es a la llamada clase obrera viviendo en los barrios más pobres.

A los extraterrestres que vengan de visita a la civilización del siglo XXI habría que explicarles que los habitantes de los barrios más pobres trabajan duro para contribuir a la acumulación de abultados excedentes de producción de los cuales apenas obtienen un precario beneficio y encima de eso pagan más impuestos sobre la renta que los habitantes de los barrios más ricos. Gran parte de esos impuestos se utilizan para rescatar bancos o para proteger los privilegios del capital por encima de los derechos del trabajo.

Hay muchas clases de robos que quedan en la impunidad y hay numerosas transferencias de riqueza de dudosa moralidad. Como explica Marcus Olson, los seres humanos hemos pasado de sufrir el bandidaje errante de las sociedades cazadoras al bandidaje estacionario de las sociedades agrícolas e industriales pero nunca hemos logrado liberarnos de alguna clase de bandidaje. Para Proudhom, la propiedad de la tierra es un robo. Para Marx, el beneficio empresarial es un robo. Para Von Mises, el impuesto estatal es un robo. Para Jesucristo, el precio de mercado es un robo. Proudhom, Marx, Von Mises y Jesucristo, si vivieran ahora, serían blogueros con perfil en Facebook y más de uno de ellos coincidiría en que la crisis actual es producto de un robo del que se benefician las grandes fortunas que controlan el sistema financiero.

Todas las variables macroeconómicas del sistema implican transferencia de riqueza. Desde la devaluación de la moneda a la subida o bajada de los tipos de interés, todo es cuestión de reparto y por eso es sorprendente que los economistas estén obsesionados por la creación de renta y no por cómo esa renta termina siendo distribuida entre los ciudadanos. La transferencia de riqueza es el meollo de la cuestión pero encierra un enigma que nunca podrá ser resuelto de forma perfectamente juiciosa. Cuando los impuestos se emplean para financiar una red de protección social para los desempleados resulta que los propios trabajadores muchas veces creen ser víctimas de una gran injusticia. ¿Por qué tengo yo que mantener vagos?, se preguntan. Según afirma la joven Katja Kipping, parlamentaria alemana por el partido Die Linke, en caso de aplicarse la Renta Básica solo el tercio más rico quedaría en una situación peor que la actual. Es una de las principales peculiaridades de la Renta Básica. Mejoraría la situación de la subclase marginada pero también de las clases bajas y medias que en la actualidad, por miedo al paro, son capaces de aceptar salarios reales cada vez más bajos, colaborando así a transferir cada día más riqueza a las clases altas. No obstante es tan difícil comprender que el Estado obligue al trabajador a transferir una parte de su renta con objeto de cubrir las necesidades básicas del no trabajador como que el dinero de los contribuyentes se utilice para rescatar entidades financieras en apuros.

Ninguna transferencia de riqueza puede responder a principios exactos de equidad. De ahí que las transferencias económicas vayan a seguir dividiendo no solo a expertos y políticos sino a países enteros y empresas, familias, sectas, tribus, hordas, matrimonios, amantes o amistades. Pero sin duda la transferencia de riqueza es lo que importa y por eso ha dicho Michael Moore a los manifestantes de Madison, Wisconsin:

“”América no está en la quiebra. En absoluto. Este país nada en la riqueza pero no está en nuestras manos. Ha sido transferida, durante el mayor robo de la Historia, de las manos de los trabajadores a las cuentas y patrimonios de los uber-ricos”.

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