Matar a Bin Laden, resucitar a Al Qaeda

6 mayo 2011 | Categorías: Opinió | 946 lecturas |

Santiago Alba Rico – Comité de Apoyo de ATTAC España.

Una de las grandes sorpresas que habían deparado los levantamientos populares en el mundo árabe es que habían dejado momentáneamente fuera de juego a todas las fuerzas islamitas y muy especialmente, claro, a la más sospechosa y extremista, Al-Qaeda, marca comercial de oscuro contenido largamente instrumentalizada para sostener dictadores, reprimir toda clase de disidencia y desviar la atención lejos de los verdaderos campos de batalla. Con indicaciones de amplio espectro, como la aspirina, Bin Laden reaparecía cada vez que hacía falta atizar la guerra contra el terrorismo; se le mantenía con vida para agitar su espantajo en encrucijadas electorales o para justificar leyes de excepción. Esta vez la situación era demasiado grave como para no usarlo por última vez, en una orgía mediática que eclipsa incluso la boda del príncipe Guillermo e introduce efectos muy inquietantes en el mundo.

Cuando parecía relegada al olvido, definitivamente arrinconada por los propios pueblos que debían apoyarla, reaparece Al-Qaeda. Un desconocido grupo, en nombre de esa patente, asesina a Arrigoni en Palestina; días después, en plena efervescencia de las protestas antimonárquicas en Marruecos, una bomba estalla en la plaza Yamaa Fna de Marrakesh; ahora reaparece Bin Laden, no vivo y amenazador, sino en toda la gloria de un martirio aplazado, estudiado, cuidadosamente escenificado, un poco inverosímil. Se ha hecho justicia, dice Obama, pero la justicia reclama tribunales y jueces, procedimientos sumariales, una sentencia independiente.

Más sincero ha sido George Bush: Es la venganza de Estados Unidos, ha dicho. Es la venganza de la democracia, ha añadido, y miles de demócratas estadunidenses zapatean de alegría delante de la Casa Blanca, saltando con bárbara euforia sobre tibias y calaveras. Pero democracia y venganza son tan incompatibles como la pedagogía y el infanticidio, como el alfabeto y el solipsismo, como el ajedrez y el juego. A Estados Unidos le gusta los linchamientos, sobre todo desde el aire, porque sabe que son más poderosos que los principios. El mundo siente alivio, afirma Obama, pero al mismo tiempo alerta de ataques violentos en todo el mundo tras la muerte de Ben Laden. ¿Alerta? ¿Avisa? ¿Promete? ¿Qué alivio puede producir un asesinato que -se dice al mismo tiempo- pone en peligro a aquellos a los que presumiblemente se quiere salvar?

Artículo Publicado en Rebelión

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