Los medios y el sentido

7 junio 2011 | Categorías: Opinió | 1.356 lecturas |

Sami NaïrEl País

“El inconveniente de esta edad de oro de la comunicación y la información es que no hay medios para saber lo que sucede”, escribe paradójicamente El Roto, el hombre de la mirada siempre afilada de EL PAÍS. Ignacio Ramonet pone de manifiesto esta verdad profunda a la cabeza de su libro, La explosión del periodismo, de los medios de masa a la masa de los medios. Sabemos que con la crisis ecológica, la de los mercados y, más aún, la de las clases políticas dirigentes, los medios atraviesan una fase muy crítica, relacionada con su éxito. Un éxito que transforma la información en incapacidad de interpretar la propia información. Dicho de otro modo, responde Ramonet, esta es “una crisis del sentido”.

La sobreinformación, reducida a la recopilación de los acontecimientos y de los sucesos, ¿es aún información? ¿Adónde ha ido a parar la capacidad de relacionar acontecimientos diferentes cuando todo es rebajado y banalizado por unos hechos entregados de cualquier manera, tan alejados en su importancia como en su significado? La prensa escrita pierde terreno ante la masa de los medios audiovisuales salvo, retomando el éxito espectacular de Die Zeit, cuando opta por el sentido, y hace comprender al lector que tiene alguna cosa importante que decir. Cuando ha elegido los análisis de fondo, en resumen, una exigencia que no se basa en la facilidad de los hechos sino en la voluntad de aprender.

La pregunta es: ¿cuál es ahora la función de los medios? ¿Estamos aún ante un cuarto poder independiente? Ramonet sostiene que los medios de masas son los aparatos ideológicos de la globalización, que su papel es el de reproducir la dominación de los grandes intereses financieros y oligárquicos mundiales. Eso es verdad, pero hay que matizar. Podríamos contestar, en respuesta a la crítica de los años setenta sobre el concepto althuseriano de los aparatos ideológicos del Estado: la ideología de los aparatos no es instrumental, está atravesada por unos intereses opuestos, los granos de arena en el funcionamiento de esos aparatos son tan importantes como su supuesta coherencia.

¿No debemos tratar más bien con propaganda mercantilizada porque ya no hay realmente un desafío ideológico salvo el de vender y comprar? Efectivamente, eso también es una ideología, pero de “baja intensidad”. La masa de los medios fabrica sobreinformación, da incluso a cada uno el derecho a hacerse su propia información, ¿pero con qué finalidad? Si observamos los grandes acontecimientos que aparecen y desaparecen a la velocidad del relámpago, nos damos cuenta de la verdad del aforismo de Jean Luc Godard a propósito de la televisión: su papel no es el de dar a conocer sino el de fabricar olvido. Sin embargo, la fábrica del olvido no es incompatible con la reproducción de la dominación mediante la manipulación. Y Ramonet no se olvida de plantear esta cuestión. Aquella puede ser directa, tipo Berlusconi: produce sentido insensato, rebajado con el divertimiento vulgar y aparentemente inofensivo. El monstruo sonriente. Más original, la manipulación indirecta, que aspira a producir consenso alrededor de un orden democrático totalmente pervertido por la falta de capacidad para tener peso sobre sus fundamentos. Esta ya era la tesis de Adorno. Y es tanto más cierto que los medios parecen no tener un contrapoder.

Pero aquí también hay que relativizar. En realidad, y es un milagro sin duda debido a la educación cuando esta es difundida para todo el pueblo (puede ser que eso desaparezca con la globalización del ultracapitalismo, como diría el exconsejero del presidente Clinton Robert Reich), existe todavía una opinión pública relativamente independiente, y que sabe hacerse oír cuando es necesario.

Recordemos en Francia el bombardeo mediático a favor de la ultraliberal Constitución europea, en 2005: durante tres meses, no había en el fondo más que un punto de vista en los medios de comunicación. Pero vimos al pueblo apoderarse del debate, y la sociedad civil deliberar democráticamente. El resultado es conocido y los medios perdieron. Se trata en realidad de un arma de doble filo. Y, en el fondo, no sabemos cómo se produce la alquimia entre los medios y la conciencia espontánea. Salvo, lo hemos visto con la revolución árabe, cuando estos se convierten en un instrumento de lucha con retos de urgente realidad: aquí, los medios pueden reencontrar la función de organizadores colectivos de los partidos políticos. La reflexión sobre el periodismo es ahora inevitable; el libro de Ramonet plantea cuestiones esenciales, e invita al debate.

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