Humala en la cuerda floja

14 junio 2011 | Categorías: Amèrica Llatina | 925 lecturas |

Guillermo Almeyra La Jornada

Ollanta Humala jamás fue un hombre de izquierda. Es más bien un militar nacionalista e indigenista moderado y con ideas etnocaceristas confusas. Si consiguió el apoyo del derechista Mario Vargas Llosa y del ex presidente indígena Alejandro Toledo no fue tanto por su abandono de buena parte de su programa inicial, más radical porque planteaba la idea de una asamblea constituyente y la posibilidad de algunas estatizaciones y modificaciones del sistema impositivo, sino por la maleabilidad del candidato, que demostró ser sensible a las presiones de centroderecha.

La importancia de su triunfo electoral no reside tanto en su audacia y sus posiciones, sino en que evitó que Perú recayese en manos de la derecha represiva, corrupta y dictatorial que había apoyado a Alan García y Alberto Fujimori y que, compacta, votó esta vez por Keiko Fujimori, que se rodeó con los peores elementos que habían secundado la dictadura de su padre.

La elección enfrentó medio Perú contra la otra mitad. Por Humala votaron los indígenas de la sierra y del sur, y los amazónicos y los pobres trabajadores de la costa norte, más los intelectuales asustados ante el peligro de una nueva dictadura fujimorista; por Keiko Fujimori lo hicieron los pobres más atrasados de las ciudades, la mayoría de las clases medias urbanas, conservadoras y racistas, y las derechas unidas, respaldadas y estimuladas por la embajada de Estados Unidos. Los votos de Humala reivindican tierra, derechos, respeto y dignidad y se oponen a la destrucción de sus territorios por la gran minería extranjera, que es el eje del gran capital en Perú. Los votos de Fujimori que realmente cuentan, los de la derecha empresaria o rentista, quieren evitar que los sectores populares se organicen y movilicen y conquisten espacios de poder. Por eso la reacción inmediata de la Bolsa de Lima, al conocerse la victoria de Humala, fue una caída catastrófica de los títulos que obligó a cerrarla, o sea, un semigolpe financiero.

Los efectos del triunfo de Humala serán mayores en el campo internacional que en el nacional, porque su presidencia refuerza a Rafael Correa, en Ecuador, y a Evo Morales, en Bolivia, y porque Humala buscará un acuerdo estrecho con Brasil, en lo económico y en lo político, fortaleciendo así la influencia brasileña –conservadora– frente a Estados Unidos y la construcción de un cordón chino-brasileño que una la costa atlántica con la del Pacífico. Además, se ha roto el anillo central de la cadena que unía Colombia, Perú y Chile detrás de Washington y aseguraba al imperialismo el control de la costa del Pacífico en América del Sur.

En el plano nacional, en cambio, es muy probable que los indígenas y los pobres que masivamente votaron por Humala le exijan soluciones a sus exigencias económicas, sociales, ambientales y democráticas, y entren en conflicto con un gobierno que ni quiere ni puede enfrentarse con la gran minería extranjera y con la derecha apoyada por el imperialismo. Humala, como buen militar y como prisionero de sus aliados, seguramente buscará tergiversar y terminará reprimiendo. Ante la imposibilidad de la victoria de las guerrillas y de la revolución, el general nacionalista Velasco Alvarado realizó una revolución pasiva (para aplicar las concepciones de Gramsci), descabezó el latifundio y eliminó la servidumbre para tratar de modernizar en forma capitalista el Perú rural. Humala, sin embargo, no tiene las condiciones necesarias para siquiera intentar repetir el velasquismo, pues la burguesía no está asustada por la rebelión indígena, ni hay una izquierda importante en Perú ni cuenta con la mayoría de los mandos de las fuerzas armadas. Su progresismo tiene, por tanto, grandes límites, a no ser que los aymaras de Puno y los quechuas del resto de las sierras peruanas, influenciados por el ejemplo boliviano, no desborden el marco que el neopresidente tratará de imponer. Sobre todo porque, para presionar a Chile y obtener una salida al mar, en Bolivia crecerá la idea de reforzar los lazos con Perú para revivir en parte, y en nuevas condiciones de enfrentamiento con el imperialismo estadounidense y la oligarquía de Chile, la efímera Confederación peruano-boliviana que fuera derrotada por la alianza entre el imperialismo británico y la oligarquía chilena. El general Cáceres, el Taita, el héroe de los Andes, como se recordará, terminó reprimiendo a los mismos indígenas en los que se había apoyado para derrotar a los chilenos en su guerra de guerrillas. El cacerista Humala ha optado ya, antes mismo de llegar al palacio de Pizarro, por limitarse a hacer la política que fracasó con el gobierno del indígena Toledo, ex funcionario de las instituciones internacionales imperialistas, agregándole sólo la promesa de lograr que las empresas mineras paguen un impuesto a las ganancias extraordinarias, cosa que las mismas se negarán a hacer. Las opciones son, por consiguiente, la preparación de un golpe anti Humala o la fagocitación pacífica del nuevo gobierno mediante una serie de presiones económicas o, en el campo opuesto, la creación, a partir del apoyo logrado por Ollanta Humala, de una izquierda peruana que profundice y radicalice el proceso actualmente incipiente. Pero eso requeriría un lapso relativamente largo y confuso, ya que no existe el núcleo de tal izquierda anticapitalista ni ninguna fuerza relativamente importante plantea las bases programáticas para tal lucha. Lo más previsible, por tanto, es una aguda inestabilidad social y política en Perú, con un gobierno nacionalista bailando en la cuerda floja.

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