No hagan olas

28 septiembre 2011 | Categorías: Crisi sistémica | 1.021 lecturas |

María Rapoport / Noemi Brenta Página /12

El 15 de septiembre se cumplió un nuevo aniversario de la caída de Lehmann Brothers, la cuarta banca de inversión de Estados Unidos con 168 años de actividad. Fue el inicio de una crisis que parece una producción especial de las películas de catástrofe o de terror norteamericanas, que desgraciadamente no se termina al salir del cine. Pero algunos artículos publicados recientemente en distintos medios, incluso en la Argentina, sugieren que la crisis mundial es principalmente una cuestión europea, excluyendo a los Estados Unidos de sus consecuencias. O la vinculan con las caídas de las Torres Gemelas, otro septiembre de terror, pero no sólo por el atentado en sí sino por sus consecuencias: la absurda invasión a Irak, que entre otras cosas ayudó a profundizar su déficit fiscal y a empujar a un endeudamiento público y privado que la emisión de dólares y la baja de las tasas de interés por sí sola no pueden ayudar levantar.

Sin embargo, el argumento principal que se esgrime, olvidando ambos aniversarios, asegura que el problema norteamericano resulta más político que económico; un enfrentamiento entre los extremistas republicanos y el presidente Obama a propósito de la rebaja en la calificación de la deuda federal estadounidense, que no tendría demasiada importancia si no fuera por la lucha por el poder en Washington.

La tapa del último número de la revista Fortune de septiembre exhibe como título principal el de la nota de un destacado columnista, Allan Sloan: “Idiotas americanos”. Algo que puede parecer fuerte hasta para la amarillenta prensa argentina. Allí, el periodista se pregunta cómo Washington puede destruir su propia economía, y qué responsabilidad cabe en esta tarea a los políticos que pueblan los pasillos del Congreso y de la Casa Blanca. Para Sloan no existiría una crisis económica sino tan sólo la sinrazón de los maquiavelos de turno. En el caso de la crisis de la deuda, porque Estados Unidos emite la moneda de reserva mundial, y no es como se piensa que los contribuyentes locales salvaron a su economía con el programa de rescate sino que éste fue costeado en verdad por los gobiernos de otros países. Quizás, aun más importante, porque afortunadamente el resto del mundo también está conducido por políticos “enanos”, y Sloan no quiere ni pensar si los Estados Unidos tuvieran que lidiar, en las actuales circunstancias, con líderes como Mao o Stalin, en el pico de sus poderes (no menciona a políticos occidentales como Churchill o De Gaulle, que bastantes problemas le trajeron a la potencia americana). Es claro que Latinoamérica y algunos de sus gobernantes, aunque den dolores de cabeza, no lo preocupan ni le sirven de ejemplo.

Ese artículo no es una isla solitaria en la hojarasca de los medios. Si bien la mayoría reconoce la crisis europea, hay toda una corriente que excluye a la superpotencia Estados Unidos de atravesar similares circunstancias, y más bien culpan al presidente de Standard & Poors por dar falsas alarmas. Este tipo de pensamiento es compartido incluso por economistas de izquierda, arguyendo que como el resto del planeta se cae, y Estados Unidos tiene todavía una cierta fuerza hegemónica, habrá imperialismo norteamericano para rato.

Sin embargo, las cifras siguen siendo contundentes. El mismo Sloan, en su artículo, aunque no habla de depresión, dice que de 2007 a 2010 la economía del país experimentó la recesión más larga de su historia desde la posguerra, con dieciocho meses seguidos de caída o bajo crecimiento. Teniendo en cuenta que solamente en 160 años hubo en tres ocasiones una situación parecida, la idea de que no existen turbulencias económicas en el gigante estadounidense parece errada. Más aún: la tasa de empleo cayó del 64,7 por ciento en 2005 al 58,1 de la población total en 2010, y actualmente el desempleo supera el 9 por ciento. El temor sería, más bien, para Sloan, que la pelea entre los políticos agrave esta situación.

Llama la atención el hecho de que este tipo de análisis tiende a minimizar la raíz económica de la crisis, que podría llevar al cuestionamiento del propio capitalismo estadounidense, aunque no se deje de enfatizar el desastre europeo. Todo lo cual busca generar expectativas, sea interesadas en mantener con salud al gigante enfermo, sea advirtiendo que ese capitalismo todavía goza de la fuerza suficiente como para dominar los restos de un mundo que parece hundirse. Es como si los que estaban en los pisos superiores del Titanic porque poseían boletos de primera clase, tuvieran más posibilidades de sobrevivir que los de los pisos inferiores.

No se pretende dar una impresión catastrófica de la situación mundial, pero sí creemos que el sistema de relaciones económicas y políticas internacionales de los últimos veinte años está llegando a sus límites, y con él, el rol dominante de los Estados Unidos y de la ideología globalizadora. Su crisis política es una expresión de su crisis económica y del deseo de encontrar rumbos distintos sin tener que pagar grandes costos.

Sloan propone una solución para restablecer la “confianza de los mercados”. Para él, el tema de la deuda se soluciona por la inflación; y el tema fiscal, no rebajando ni aumentando impuestos sino realizando pequeños retoques en los ya existentes. El principal problema consiste en superar el ciclo electoral de 2012, y la admisión, por parte de los ganadores, de que “los beneficios de la seguridad social y de Medicare son accidentes políticos históricos (sic), y no una palabra sagrada como la que Dios le dio a Moisés en el Monte Sinaí”. El articulista reconoce que Estados Unidos necesita más empleos, más crecimiento y más ingresos fiscales, pero dice que esto no debe significar mayores impuestos sino que se arregla con una merma de las deducciones impositivas que benefician a los más ricos, evitando así aumentar las tasas, lo que tanto objeta el Tea Party, que quiere incluso reducirlas. Por su parte, aumentar levemente las contribuciones de los más ricos para equipararlos a los de la clase media, pero en este caso porque los impuestos a los beneficios son menores que los que se aplican a salarios, es la última propuesta de Obama para el Congreso que no parece tener la chance de ser aprobada porque lo consideran el caldo de cultivo de “una lucha de clases”. Marx gana lectores entre los republicanos.

En el caso de la seguridad social y Medicare, lo que habría que hacer, para Sloan, es imponer mayores costos a los jubilados más pudientes, lo cual el autor confiesa, quizá con cierta congoja, que lo afectaría a él mismo cuando se retire. En el fondo, su artículo extrae como conclusión que los problemas de hoy son terribles, pero nada comparados a los de la guerra civil, a los de la Gran Depresión, o a los de la Segunda Guerra Mundial. Nada, en todo caso, como para que se repita una nueva “lucha de clases”. Negando la crisis no se la va a solucionar, eso es seguro.

Pero lo que resulta más aberrante aún, en la misma línea de negación, es que algunos economistas latinoamericanos señalan que Estados Unidos no atraviesa siquiera una crisis fiscal, ni de deuda pública, por la simple razón de que nadie cae en default en su propia moneda; y porque el déficit sería transitorio, y más que nada una consecuencia de la desaceleración de la economía de 2008 y 2009, cuando aumentaron los pagos de subsidios por desempleo y otros tipos de gasto social.

Ninguna de esas afirmaciones parece demasiado seria, si no se contempla el mundo en su totalidad. Si bien Estados Unidos tiene todavía la moneda de reserva, el dilema de Triffin vuelve a la mente de muchos. El economista belga Robert Triffin planteaba, ya en los años ’60, de qué manera la resolución de los problemas internos de los Estados Unidos tendía a desequilibrar el sistema monetario internacional y a agravar la inestabilidad económica global.

En lo que respecta al déficit fiscal, esas consideraciones constituyen también, a nuestro juicio, una trampa, porque el gasto público sube si aumenta el desempleo, y crece también si se quiere crear empleos. Solución keynesiana esta última, que no es la escogida por la dirigencia norteamericana. El fondo de la cuestión, en cualquier caso, sea emitiendo moneda, sea aumentando su déficit, es que Estados Unidos está dañando la economía mundial y la suya propia. Como decía Marx, cuyo léxico repiten ahora los republicanos, lo cuantitativo se vuelve cualitativo pasando cierto umbral. ¿Estamos asistiendo a la presencia de un nuevo Leviatán, pero esta vez corriendo el peligro de devorarse a sí mismo?

Mario Rapaport y Noemi Brenta son miembros de Idehesi-Conicet-UBA.

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