La reforma de la política fiscal

20 enero 2012 | Categorías: Crisi sistémica | 934 lecturas |

Alejandro Nadal – Consejo Científico de ATTAC España

El debate sobre la salida de la crisis en Europa y en Estados Unidos está dominado por el tema del déficit fiscal. En ambos lados del Atlántico se impone la noción, como verdad económica incontrovertible, de que es indispensable imponer un régimen de austeridad fiscal. Como si el gasto desbocado e irresponsable de los gobiernos hubiera sido la causa de la crisis.

Lo trágico en la coyuntura actual es que la crisis no ha engendrado una discusión seria sobre las verdaderas reformas estructurales que se requieren introducir en el capitalismo contemporáneo. Me refiero a la reforma de la política fiscal para mantener un nivel de actividad consistente con el pleno empleo y con la sustentabilidad ambiental.

Aunque la austeridad fiscal tiene sesgo procíclico y agravará la recesión, se insiste en imponerla porque se parte de un supuesto extremo: la actividad del gobierno es un dispendio que no contribuye a la productividad de una economía. Desde esa perspectiva hasta parece lógico inscribir una cláusula sobre déficit cero a nivel constitucional. ¿Es la austeridad fiscal una buena idea?

La teoría macroeconómica convencional considera que las fuerzas de mercado alcanzan automáticamente equilibrios con una asignación eficiente de los recursos y, por esa razón, la actividad del sector público debería reducirse al mínimo. Pero la crisis que aplasta a las economías capitalistas desde 2008 explotó en el sector privado y demuestra que los mercados son incapaces de corregir sus desequilibrios. Así que algún tipo de intervención desde el sector público es necesaria para evitar el colapso.

En realidad, la intervención del sector público es crucial para mantener la inversión privada en niveles adecuados y de ese modo sostener la generación de empleo. Esto va en contra de una creencia equivocada y muy enraizada en la opinión general según la cual el Estado es enemigo del capitalismo. Vale la pena explicar cómo funciona este mecanismo desde el punto de vista del gasto público.

La mejor referencia está en la obra de John Maynard Keynes. En el capítulo 11 de su obra maestra, la Teoría general sobre la ocupación, el interés y el dinero (publicada en 1936), Keynes explica que la inversión privada depende de la eficiencia marginal del capital, determinada a partir de una comparación entre los ingresos esperados de un proyecto de inversión y el costo real de dicha inversión. En otras palabras, la eficiencia marginal del capital (EMC) resulta de cotejar la recompensa esperada con los pagos y cargas que se tienen que cubrir hoy para realizar un proyecto de inversión.

Keynes subraya que la EMC está definida en función de las expectativas sobre rendimientos esperados en el futuro y su comparación con el costo de la inversión en el presente. Los rendimientos futuros dependen de la demanda de los consumidores, el costo futuro de los insumos, el comportamiento de la competencia y de muchos otros factores que marcarán y condicionarán la atmósfera económica durante la vida útil de la inversión fija. Frente a este cuadro, las expectativas pueden ser más o menos optimistas, dependiendo de las noticias del día de hoy.

Artículo publicado en La Jornada

 

 

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