Virgencica, virgencica…

4 mayo 2012 | Categorías: Sanitat, Serveis Públics | 835 lecturas |

Quienes tenemos algún tipo de minusvalía no podemos entrar en buena parte de los restaurantes

Antonio Aramayona – ATTAC CHEG Aragón

Me invitaron a comer en el restaurante del Teatro Principal de Zaragoza, pero tuve que quedarme con las ganas, pues allí nadie, público o privado, había previsto que hay personas que no pueden subir escaleras y que las puertas y los ascensores deben ser accesibles. Me hacía cierta ilusión degustar algún plato de aquella prometedora buena cocina, pero me quedé con el mal gusto de comprobar por enésima vez la carencia de sensibilidad y de conciencia aún en tantos lugares y tantas ocasiones.

De todas formas, no es nada nuevo. Quienes tenemos que ir por la vida con algún tipo de minusvalía (prótesis, corsés, sillas de ruedas, muletas-) tenemos ya curtida la piel del alma a base de constatar que no podemos entrar en buena parte de los restaurantes, cafeterías, comercios, lugares de servicio público o privado, etc. por las barreras arquitectónicas que presentan. Sin embargo, de vez en cuando te encuentras con alguna que otra grata sorpresa debido al buen corazón y el interés comercial de algunas personas. Por ejemplo, en un Wok cercano a mi casa pude comprobar que, tras una simple indicación, al día siguiente dos trabajadores chinos estaban rebajando el bordillo de la entrada. Un buen ejemplo, que agradezco y reconozco, para quienes lamentablemente suelen hablar de los chinos solo como una peligrosa marabunta.

Al poco tiempo, leí que cierran los cines Renoir en Zaragoza, las únicas salas de cine total y confortablemente accesibles a personas con determinadas minusvalías físicas. Hay otros cines que ofrecen también acceso en ascensor, pero una vez en la sala, resta la posibilidad de ver la película solo en una esquina de la primera fila, pues la única forma de llegar a una butaca es, en el mejor de los casos, ir materialmente reptando escaleras arriba hasta llegar al sitio deseado. El cierre de los cines Renoir es sin duda una mala noticia para la gente minusválida y también para los amantes del buen cine en general.

Recientemente, he leído que en la reforma sanitaria del Gobierno de Rajoy está previsto el copago para todas las personas que usen prótesis (corsés, piernas o brazos ortopédicos, sillas de ruedas-) o necesiten atención sanitaria o medicación especiales para su supervivencia (vg. diálisis o VIH), de tal forma que, según en qué comunidades, incluso habría que adelantar el dinero para adquirir o cambiar esas prótesis externas, antes de que la administración pública pudiere devolver una determinada cantidad de lo que han costado al minusválido, según sus ingresos.

El Gobierno del Partido Popular y cuantas personas lo siguen sosteniendo directa e indirectamente creen que la salud es comparable a los productos que pueden venderse y comprarse en una frutería o una charcutería, por lo que un hospital, un servicio sanitario o un material que sirven para la mayor y mejor integración personal, laboral y social de un individuo quedan a merced de los “recortes” y los “ajustes” contables que han ido pergeñando sobre la mesa de cualquier despacho.

La mano invisible de Adam Smith va rodeando el cuello de los ciudadanos más desfavorecidos hasta asfixiarlos, de modo tal que, así como el Estado no debe inmiscuirse en los asuntos económicos en beneficio de la iniciativa privada, de igual forma no debe ocuparse de las ayudas y los servicios al ciudadano (incluida una silla de ruedas o la accesibilidad de una persona minusválida a un lugar abierto al público), pues han de quedar sustituidos por servicios y asociaciones de corte estrictamente privado. Finalmente, la ciudadanía de un país quedará dividida en dos clases: quienes pueden pagar la educación, la sanidad y los servicios que desearen y quienes, por falta de recursos económicos, quedarán, de hecho, en manos de servicios asistenciales pertenecientes a la beneficencia.

Personalmente, si no contara con una silla de ruedas no podría salir de casa, a no ser que contara con una persona (inmigrante, pues el personal autóctono no está para estas labores, por mucho paro que haya) que empujara la silla. Si debo valerme de dos muletas para desplazarme, mi acompañante seguro será el dolor invalidante, además de que mis dos manos quedarán cosidas a esas muletas. Quienes hemos visto cercanos la muerte o el sufrimiento mayúsculo tenemos como compensación una aguda percepción de la valía de los instantes y los detalles. Vivo al día (suelo dar y compartir lo que me sobra), y me deja consternado saber que debo contar con una considerable cantidad de dinero para tener una prótesis o una silla de ruedas que me permita sobrevivir con dignidad y autonomía.

Hay casos mucho más sangrantes a mi alrededor: personas con muy escasos ingresos económicos o con un grado superior de minusvalía física. Los gobernantes del PP presentaban su reforma laboral como una vía para “modernizar” España y equipararla a Europa. Con su política sanitaria y su abandono de la dependencia, solo me resta aquello de “Virgencica, virgencica, que me quede como estoy”.

Artículo publicado en El Periódico de Aragón

 

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