La inmensa mayoría

21 junio 2012 | Categorías: Opinió | 759 lecturas |

Antonio Aramayona– ATTAC CHEG Aragón

Los actuales regidores del poder y del dinero ocultan que en el planeta hay recursos para todos, pero están muy mal repartidos: el 20% de la población mundial se aprovecha del 80% de los recursos de la Tierra y el 2% de los más ricos del mundo poseen más de la mitad de la riqueza mundial. Eso no se debe al destino o a algún designio divino, sino que debemos cambiarlo con urgencia.

En España y en el mundo hay empresas guiadas no por el beneficio del propietario o del accionista, sino por los valores de cooperación, solidaridad y bien común. De igual forma, la inmensa mayoría de los seres humanos quiere paz, justicia, igualdad, libertad, servicios básicos, escuelas, hospitales y la realización efectiva de los derechos humanos en el mundo. Esa inmensa mayoría quiere también un medio ambiente limpio y un modelo de desarrollo sostenible, y le parece una locura el mito de un crecimiento infinito a costa de los recursos de la Tierra y de otros seres humanos, o la fabricación y el comercio de armamento en el mundo por parte de los países más ricos. El poder oculta asimismo que hay países prósperos sin ejército, y a menudo reprime con dureza la lucha por compartir y distribuir con justicia la riqueza del mundo, por que haya alimentos, trabajo y bienestar para todos.

ESO APENAS lo vemos reflejado en los medios de comunicación, especialmente los más cercanos al poder, y tampoco es algo que se enseñe en las escuelas. Nos presentan la felicidad como una feroz carrera hacia el dinero, el mando y el aplauso, en la que tenemos que imponer nuestras aspiraciones sobre quienes nos salgan al paso.

No obstante, todos nacemos iguales. Tenemos las mismas necesidades básicas y nuestra propia desnudez y desvalimiento nos identifican por igual como humanos. Necesitamos ante todo seguridad y cariño, y cuando los tenemos, atisbamos los primeros destellos de la felicidad que vamos a anhelar el resto de nuestra vida.

Sin embargo, pronto pretenderán convencernos de que hay que ser y tener más que los demás para ser felices. El éxito se equipara entonces a ser “ganador” (winner anglosajón), al igual que será tildado de “perdedor” (loser) quien se mueva entre los estratos socioeconómicos inferiores. Aunque no se explica con claridad cuál es y en qué consiste la competición donde uno ha de ganar o perder, la vida se transforma en una supuesta pugna en la que los demás aparecen como rivales. Nace así el dogma de que la riqueza y la prosperidad brotan necesariamente de la competición.

LA ECONOMÍA y la producción, los negocios y los precios, la programación de una cadena televisiva y hasta el último de los cachivaches de un centro comercial han de ser competitivos o están condenados a fenecer y tienen los días contados. Y nosotros, cual un cacharro más, quedamos aplastados entre tanto competir.

Mandamos a nuestros hijos e hijas a la escuela y durante los primeros años son felices en el colegio y vuelven contentos a casa, hasta que descubren que están siendo colocados en un escalafón donde comenzarán a llover sobre sus cabezas y durante muchos años calificaciones, descalificaciones, evaluaciones, premios y castigos, con el consiguiente y creciente “horror académico” a la escuela de lunes a viernes, a lo largo del curso escolar.

El gusto por saber, el placer de conocer, la fantasía del descubrir quedan sepultados por una competitividad que pocos desean y muchos abominan. Se echa la culpa de todo al sistema como promotor de esa competitividad sin retorno, pero en realidad al sistema le interesa prioritariamente que todo esté quieto y sin rechistar. Al alumnado no se le exige otra cosa que reproducir lo más fiel y exactamente posible lo que previamente se le ha enseñado y se exige que aprenda, pues el sistema quiere reproductores de los contenidos institucionales, pero teme tanto que haya quienes quieran ponerlos antes en tela de juicio, pensar por cuenta propia, elaborar un propio criterio personal, que todo ello lo califica como una pérdida de tiempo y una excentricidad.

Oculta y reprime así que, siendo maravilloso conocer y aprender la riqueza científica, cultural y humanística alcanzada hasta ahora, de nada vale el esfuerzo realizado durante una época maravillosa de la vida (niñez, adolescencia y juventud) si no queda interiorizado y metabolizado en nuestra propia identidad personal, haciéndonos así personas más libres, cultivadas, comprometidas, solidarias y autónomas.

Sin embargo, a pesar de los pesares, la inmensa mayoría está por un mundo donde las diferencias enriquecen y las coincidencias no se esgrimen contra nadie. La Tierra es de todos por igual, por mucho que pretendan lo contrario quienes ponen precio a la naturaleza, por muchos documentos de propiedad que presenten algunos descendientes de buscavidas, esquilmadores y explotadores, amén de los estafadores y explotadores de la actualidad.

¿Cuándo les diremos a todos ellos ¡Basta ya!, ¡Otro mundo es posible!?

 

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