La gallina ha dit que no

3 julio 2012 | Categorías: Treball | 818 lecturas |

José Antonio Pérez – ATTAC Madrid

Deteriorar las condiciones sociolaborales seguramente satisface el afán destructor de ciertos personajes que no pueden soportar la visión de un Estado del Bienestar generalizado. Pero, incluso desde la perspectiva capitalista, fomentar el deterioro de salarios y contratos laborales es una estrategia económica absolutamente errónea.

El Partido Popular se acaba de negar a extender la cobertura del subsidio por desempleo a todas las personas que se encuentran en esa situación. El argumento, como siempre, es que no hay dinero. En fin, con los 100 mil millones del rescate bancario se podrían pagar subsidios de 426 euros durante cinco años a cuatro millones de personas. Pero abandonar a los desempleados a su suerte no es una opción coyuntural. Forma parte del núcleo central del pensamiento de un partido que, aunque consiguió encandilar a millones de incautos votantes con su programa de escaparate, aspiraba a llegar al poder para poner en práctica lo que algunos llamaron la agenda oculta del PP.

Oculta sólo ante los ojos de aquellos que no se molestaron en echar un vistazo a la realidad. Pues, incluso siendo todavía candidato con piel de oveja, a Rajoy se le pudo ver la patita de lobo cuando declaró: “Creo que las prestaciones por desempleo van a bajar, pero no porque la gente deje de cobrar, sino porque va a haber menos personas con derecho a cobrarlas“. Es decir, que ya tenía in mente precarizar este aspecto crucial de la protección social conforme a los principios acuñados en la escuela de dirigentes del Partido Popular.

Deteriorar las condiciones sociolaborales seguramente satisface el afán destructor de ciertos personajes que no pueden soportar la visión de un Estado del Bienestar generalizado. Sin embargo, incluso desde la perspectiva capitalista, fomentar el deterioro de salarios y contratos laborales constituye una estrategia económica absolutamente errónea. Lo peor que puede hacer la patronal es tratar mal a sus empleados.

Esto lo tuvo muy claro Henry Ford, el magnate de la industria automovilística estadounidense. Ford no sentía una especial vocación democrática. De hecho, no permitía sindicatos en sus fábricas, dotadas de un servicio de policía interna con la misión de reprimir cualquier intento de asociación sindical. Sin embargo, este empresario fue el primero en advertir que la producción masiva no es posible sin el requisito de un consumo masivo. Si los trabajadores permanecían devengando bajos salarios, las mercancías no podrían ser absorbidas. Ford incrementó la paga de sus trabajadores fijando un salario mínimo de cinco dólares diarios y persuadió a otros empresarios para seguir su ejemplo. “De otra forma, solía decir, ¿quién compraría mis coches?”

Por otro lado, los empleados en una empresa con bajos salarios y contratos inestables no se encuentran demasiado predispuestos a producir bienes o servicios de calidad. Pregunten ustedes en su entorno, donde seguro que existen abundantes casos de precariedad, y confirmarán la teoría. Al fin y al cabo, los humanos tenemos potencialidades para desarrollar actividades creativas, pero en lo que se refiere al trabajo productivo por cuenta ajena no nos diferenciamos demasiado del resto de miembros del mundo animal sometido a producción alimentaria. Hay granjas ecológicas que cuidan el bienestar animal permitiendo, por ejemplo, que las aves correteen y escarben en libertad. Libertad dentro de un orden, claro está, pues como atinadamente afirma François Cavanna: La liberté consiste à faire tout ce que permet la longueur de la chaîne.

En fin, dado que lo bueno es enemigo de lo mejor y más perfecto, esa libertad relativa permite a las aves producir huevos de mayor calidad que los de esos millares de gallinas cuya mísera existencia transcurre en el agobiante espacio de una jaula. Donde, si pudieran hablar, dirían como el prisionero del romance: que ni sé cuándo es de día / ni cuando las noches son.

La gallineta ha dit que prou,
ja no vull pondre cap més ou,
a fer punyetes aquest sou
que fa tants anys que m’esclavitza.
[...]

La gallina ha dit que no,
visca la revolució.

Esta canción no fue escrita por ninguna gallina. Para su desgracia, las aves no tienen la posibilidad de declararse en huelga o rebelarse. Los humanos, sí. No ponemos huevos pero metafóricamente podemos estar hasta las mismísimas gónadas. Incluso tenemos herramientas que permiten romper cadenas. Es cuestión de proponérselo.

http://carnetdeparo.blogspot.com

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