¿1929 + 1973?

12 septiembre 2012 | Categorías: Opinió | 853 lecturas |

Ricardo Aronskind – Página/12

Continúa sin cerrarse la crisis económica internacional que “estalló” en 2008, y que sólo reconoce como antecedente similar a la crisis de 1929. La preponderancia de los intereses y las ideas que la originaron han llevado a que no se tomaran las medidas necesarias para sanear la situación. Las políticas económicas basadas en enfoques neoliberales –que resguardan los intereses financieros, sacrificando la actividad productiva y el empleo tanto en Europa como en Estados Unidos– son las responsables de esta situación. La incertidumbre caracteriza estos tiempos donde los “mercados” (el casino financiero global) viven al día, pasando de la euforia a la depresión por el más ínfimo dato económico. La situación está estancada, porque quienes tienen el poder no pueden solucionar la crisis, y quienes están en condiciones de proponer las soluciones no tienen acceso a los círculos decisorios fundamentales.

En este contexto frágil y volátil, en donde no hay ningún piso económico consolidado, ha comenzado a desarrollarse, en el campo de la política internacional, un conflicto potencialmente gravísimo, que puede incidir directamente sobre el curso de la crisis económica mundial.

Nos referimos a la situación en Siria: allí se desarrolla un feroz enfrentamiento interno donde el gobierno de Bashar al Assad es hostigado por un conglomerado de diversos grupos civiles y militares, con fuerte respaldo externo, también de diverso origen (desde potencias occidentales, hasta los países petroleros del Golfo Pérsico).

Más allá de que parecen haberse evaporado principios básicos de convivencia internacional –la no intervención en los asuntos internos y el respeto a la soberanía de los países (derogados sin inconvenientes con la intervención en Libia)–, el caso sirio tiene implicancias explosivas en otro sentido.

Siria es un país mucho más complejo que Libia. Medio Oriente no es el norte de África, donde se pudo hacer una operación de “cambio de régimen” sin detonar conflagraciones mayores (aun cuando se siguen observando diversos impactos regionales). Siria tiene 22 millones de habitantes y una sociedad mucho más articulada que el arrasado país africano. Está ligada por razones políticas, económicas y comunitarias al Líbano, Turquía, Irak e Irán, y arrastra un conflicto territorial irresuelto con Israel. La desestabilización política fogoneada por fuerzas externas está derivando en una guerra interna de resultado incierto, que puede provocar el fraccionamiento territorial del país, la transmisión de la violencia al Líbano y Turquía, y la eventual intervención de ejércitos extranjeros, desde la OTAN, hasta la propia Turquía, Israel o Irán. Se anudan en ese territorio varias fracturas: desde el enfrentamiento sunnita-chiíta que recorre el mundo islámico, la rivalidad entre la coalición pro-occidental versus la anti-occidental que divide a los países de la región, las reivindicaciones nacionales reprimidas (el pueblo kurdo) y de otras minorías, y también el choque entre formas laicas y fundamentalistas de concebir en general la política. A esto debe sumarse que, a diferencia del caso libio, China y Rusia hoy no admiten injerencia “humanitaria/militar” alguna, ya que la entienden como un peligroso precedente para posteriores escaladas intervencionistas que los pueden poner a ellos como futuro “target”. Cualquier bombardeo de la OTAN, por lo tanto, se haría en contra de la voluntad expresa de estos países, que no podrían dejar pasar el hecho consumado sin medidas de represalia.

Un escenario de ese tipo, de guerra parcial o generalizada en Medio Oriente, tendría inmediata repercusión en la economía internacional, vía aumento explosivo del precio del petróleo, inflación acelerada, contracción de la producción, sanciones comerciales cruzadas y creación de expectativas negras sobre el escenario económico mundial. En 1973, sin que existiera una crisis económica previa, el estallido de la guerra de Iom Kippur y el consiguiente boicot petrolero árabe –que multiplicó el precio del barril del petróleo casi por cuatro en pocas semanas– significaron un parteaguas histórico en la economía global. De ahí surgió el reciclamiento de los “petrodólares” hacia la periferia, el endeudamiento latinoamericano, y los prolegómenos de la financiarización global. Y de esa crisis se nutrieron el reaganismo y el thatcherismo.

Para decirlo sencillamente: seguir apostando a la desestabilización de Al Assad y a una reconfiguración de alianzas regionales al gusto de Estados Unidos, Francia o Gran Bretaña, implica poner en marcha un conjunto de movimientos políticos y militares inmanejables, con efectos calamitosos sobre el cuadro económico mundial.

El objetivo de la recuperación y salida de la crisis se contradice plenamente con el objetivo del “cambio de régimen” en Siria y el salto al vacío que implica. No casualmente los que tienen el poder y la influencia necesaria para revertir la debacle económica son casi los mismos que están jugando a la geopolítica con nafta.

Se comprenden los “beneficios” que tendrían algunas potencias occidentales con el desmembramiento del conjunto de alianzas políticas y militares que tienen como centro al régimen sirio, pero, ¿han evaluado los costos? ¿Existe algún tipo de coordinación entre las estrategias económicas y las estrategias geopolíticas de las potencias, y centralmente de Estados Unidos? Si un “cambio de régimen” que genere una conflagración sin una evolución previsible puede terminar despeñando la crisis a niveles más profundos, ¿sería ése el resultado buscado? ¿O se trata de dinámicas políticas independientes, impulsadas por intereses particulares anclados en gigantescos aparatos burocráticos que imponen acciones no coordinadas de incalculables consecuencias?

Asombra la liviandad con la que algunas potencias occidentales apuestan a transformar a las patadas la realidad geopolítica de Medio Oriente. Tanto poder acumulado en manos de irresponsables asusta tanto como el estallido bélico y económico que podrían provocar, cuyos efectos nos harán recordar los recientes años de crisis con la nostalgia por los buenos tiempos pasados

Ricardo Aronskind es economista.

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