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Sísifo, deja de hacer el mindungui

12 Octubre, 2012 - Opinió

Antonio Aramayona – ATTAC CHEG Aragón Cuenta la mitología griega que Sísifo, rey de Corinto y hombre famoso por su astucia, fue castigado por los dioses a perder la vista y empujar una enorme piedra cuesta arriba hasta la cumbre de una montaña, pero cuando le faltaba poco para conseguirlo, una “fuerza poderosa” –dice la […]

Antonio Aramayona – ATTAC CHEG Aragón
Cuenta la mitología griega que Sísifo, rey de Corinto y hombre famoso por su astucia, fue castigado por los dioses a perder la vista y empujar una enorme piedra cuesta arriba hasta la cumbre de una montaña, pero cuando le faltaba poco para conseguirlo, una “fuerza poderosa” –dice la Odisea, 593- hacía que la roca cayera rodando a la llanura. Sísifo estaba condenado a volver a empezar una y otra vez, repetir la ascensión, “con el sudor corriendo por sus miembros y el polvo sobre su cabeza”.
Grandes artistas y pensadores se han hecho eco del relato, conocido como “mito de Sísifo”. Por ejemplo, mi admirado pensador y escritor Albert Camus le dedicó un libro con ese mismo título donde ofrece una interesante reflexión sobre la vida, la muerte y el absurdo, de la que brota la imagen del “hombre rebelde”: ante lo absurdo de la vida, el hombre rebelde decide mantener una permanente confrontación con esa vida que le resulta incomprensible mediante su determinación de vivir con toda intensidad cada momento de su existencia.
Hoy el hombre rebelde debe ser otro. Antes los dioses castigaban inapelablemente a los hombres que se oponían a sus designios. Hoy son otros dioses, los mercados, los que pretenden que las personas y las sociedades retornen a estados de hace muchas décadas en los que el pueblo estaba sometido, apenas sin derechos, a los dictados del poder de la fuerza y del dinero. Antes a nadie se le ocurría que Sísifo puede y debe negarse a ejecutar su condena de subir incesantemente una roca hasta la cima de una montaña, pues formaba parte de la cultura y de la identidad de los griegos la creencia de que los dioses decidían inapelablemente (la ananké, plasmada en sus tragedias) sobre las vidas humanas. Hoy constituye un deber ético rebelarse contra un sistema económico y político que enajena al ciudadano de sus derechos y posibilidades básicos, arrebata su bienestar y pretende implantar un régimen oligocrático, donde una minoría cada vez vive mejor a costa de la alienación económica, cultural, social, política y humana del pueblo.
Si los dioses mercados quieren dejarnos ciegos como a Sísifo, hemos de reivindicar con todas nuestras fuerzas una escuela pública, universal, laica y gratuita que forme a las generaciones jóvenes en la crítica claridad de ideas y de actitudes, que impulse a la ciudadanía entera a querer y luchar hasta la extenuación por que otro mundo sea posible. Si nos quieren hacer cargar con la descomunal piedra de sus beneficios ilimitados, de sus deudas debidas a su codicia, de su temor a que cambie un sistema que necesita tener en la pobreza y la necesidad a la mayor parte de la población mundial y de cada país, de sus guerras preventivas y de sus burdas falacias sobre el terrorismo internacional, hemos de rechazar activamente semejante carga, pedir responsabilidades penales a quienes cometieron esos desmanes y hacer que la montaña y las piedras y el cielo y la naturaleza entera sean de todos y para todos.
Encontramos a otro personaje mitológico, Tántalo, aplastado por Zeus con una roca y, ya muerto, eternamente castigado a estar siempre en el agua y rodeado de alimentos. Cada vez que, hambriento y sediento, quiere coger una fruta o beber un sorbo de agua, estos se retiran automáticamente de su alcance. No es cuestión solo de recordar ahora las decenas de miles de seres humanos que mueren diariamente de hambre y de agua insalubre, sino de romper nuestras ligaduras y convencernos, juntos, de que no debe haber más treguas ni componendas con la clase explotadora.
Asistimos diariamente a una burda y bufa estafa, que nos aboca a una recesión económica pantagruélica y a una involución social de devastadoras consecuencias para el presente y el futuro. Sin salir de su torre de marfil, cierran filas en el Congreso de los Diputados (vg. el portavoz adjunto en el Congreso , Rafael Hernando) y se tacha al juez de la Audiencia Nacional, Santiago Pedraz de “demagogo” y “políticamente indecente” por calificar como “decadente” a la clase política. Efectivamente, aunque osó decir que el rey está desnudo, hay que reconocer que el juez Pedraz cometió un fallo flagrante: no incluir en esa decadencia también a la clase judicial.
Previamente, la Policía había informado al juez que la campaña del 25S “Rodea el Congreso” constituía un atentado contra las altas instituciones del Estado. Vayamos entonces también a las fuentes clásicas del análisis político: policía, ejército, parlamento, judicatura, entre otras instituciones, forman parte de la superestructura del Estado al servicio del poder económico industrial y financiero, desde donde se mueven los hilos, se dictan las órdenes y se recogen lo beneficios, producto del expolio.
Sísifo, deja de hacer el mindungui en esa montaña, aprende islandés, rebélate y manda a hacer gárgaras a los dioses, a los tuyos y a los nuestros, disfrazados hoy carnavalescamente de mercados.
Publicado en el Diario de Aragón

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