Con YPF se derrumba otro mito del neoliberalismo

25 diciembre 2012 | Categorías: Amèrica Llatina | 1.268 lecturas |

La firma comienza a afianzarse y tira por la borda la idea de que la estatización iba a terminar en un desastre.

Mariano Beristain - InfoNews

El mismo día en que la Argentina decidió nacionalizar el 51% de YPF, que estaba en manos de Repsol, y recuperar el control de la petrolera, las críticas llovieron desde todos los rincones del establishment económico, como un enjambre de maldiciones y a modo de crónica de una muerte anunciada de la nueva era de la petrolera argentina. Los cuestionamientos se apoyaron en prejuicios y falsas premisas. El fundamento central de los ataques es que el gobierno iba a colonizar la empresa para transformarla en una caja política y en función de ello colocaría a funcionarios neófitos a dirigir la empresa.

Sin embargo, las críticas, en el fondo, encubrían un ataque político-ideológico contra cualquier posibilidad de que el país reestablezca su soberanía energética y gobierne la empresa con un horizonte nacional. La decisión de Cristina Fernández de designar como gerente general a Miguel Galuccio, un joven especialista en hidrocarburos con 20 años de experiencia en el sector, desarmó el argumento de la politización de la petrolera.

El nombramiento de Galuccio, un ingeniero proveniente del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA) y ex ejecutivo de Schlumberger, la empresa de servicios petroleros más grande del mundo, asombró a todo el círculo del sector energético. El ejecutivo integró su equipo de trabajo con profesionales de extensa trayectoria en “el mundo del Oil & Gas”. El CEO colocó en su entorno a profesionales que sumaban más de 200 años de experiencia, repatrió a cinco ejecutivos de Europa y América Latina y le hizo un lugar de privilegio a hombres de larga trayectoria en la empresa que habían sido marginado por los españoles. Hábil y perspicaz, Galuccio entendió que para revertir el clima de desazón y la falta de sentido de pertenencia que habían dejado los españoles en la empresa era necesario crear una nueva mística entre los trabajadores y los proveedores.

Entonces, se arropó con la bandera argentina y lanzó un plan de formación técnica para capacitar a 15 mil empleados propios y otros 30 mil vinculados a las empresas contratistas. Además, la nueva YPF nació bien en origen. Consolidada por un fuerte consenso político. En el Congreso la estatización cosechó el apoyo del oficialista Frente para la Victoria y aliados, pero también de la Unión Cívica Radical, el Frente Amplio Progresista y Proyecto Sur, entre otros partidos. Y recibió el respaldo inmediato de las provincias petroleras. Sin embargo, la embestida de los buitres arreció y a menos de un mes del traspaso comenzaron a plantear dudas sobre los resultados de la compañía y a magnificar cada uno de los reclamos que Repsol presentó en cuanto tribunal internacional le hiciera lugar. También plantearon interrogantes varias sobre la capacidad de la nueva YPF de sostener cualquier acuerdo que se firme en el tiempo. El petrolero es un sector sensible porque las inversiones maduran en el muy largo plazo y cualquier duda sobre la sustentabilidad genera ruidos entre los inversores. Bajo esa premisa, Repsol inició, con una mano de algunos operadores mediáticos internos y externos, una sórdida campaña para atentar contra las negociaciones que Galuccio mantuvo con potenciales socios, fundamentalmente para explorar en el área petrolera de Vaca Muerta, un yacimiento caracterizado por su riqueza en petróleo y gas no convencional. Las autoridades de YPF debieron soportar una guerra de baja intensidad que apuntaba, fundamentalmente, a socavar la credibilidad de la compañía en los circuitos energéticos internacionales.

Cada una de sus decisiones se colocaba en observación. Los golpes buscaban mellar los aspectos que representaban la esencia misma de la confianza de la nueva etapa. Por ejemplo, se difundió en varias ocasiones supuestas intenciones de Galuccio de presentar la renuncia a la compañía, mostrando a un CEO entregado frente a las presiones políticas de otros funcionarios interesados en ocupar su puesto. Versiones que nunca se confirmaron. Asimismo, se puso en cuestión la capacidad de Galuccio de cumplir con las pautas de producción, exploración, que se había planteado para el corto plazo en el lanzamiento del plan quinquenal. Las versiones afectaron el precio de las acciones de la compañía, que alcanzó el valor más bajo de la historia. Cada paso que daba la compañía recibía, como contrapartida, un cachetazo de los esbirros de Repsol. Sin embargo, las consecuencias de esos golpes surtieron el efecto exactamente contrario. La compañía nacional se fue afianzando, en base a resultados concretos. En su balance de los primeros seis meses de gestión, YPF destacó que detuvo la caída de la producción y aumentó el nivel de refinación. También redujo el nivel de importaciones, uno de los problemas centrales que dejó la gestión de Antoni Brufau cuando vacío a la empresa, colocando los productos de YPF en las estaciones de servicio españolas. Otro dato importante es que se minimizó el desabastecimiento en las estaciones de servicio. Sin embargo, los factores determinantes de los últimos meses, que generaron un shock de confianza entre los inversores financieros y el sector energético, fue la firma de un acuerdo con la estadounidense. En el paper que homologaron en Houston, las dos petroleras se comprometieron a desembolsar U$S 1000 millones en Vaca Muerta para explorar 100 pozos, con la expectativa de que esta inversión alcance los U$S 15 mil millones en el futuro. Además, también adelantó que en los próximos días se terminará de cerrar un convenio varias veces millonario con Bridas, la sociedad integrada por argentinos y chinos. Los inversores comprendieron el trasfondo del cambio y las acciones revirtieron el traspié inicial y recuperaron casi un 60% de su valor, lo que le permitió a la compañía revalorizarse más de U$S 2000 millones. Otro paso clave para ganar confianza en el país fue el lanzamiento del bono para pequeños ahorristas con una rentabilidad fija del 19% (sin contar la intermediación de los bancos), que generó una fiebre inusual entre las familias argentinas, poco afectas a las travesías bursátiles. Como resultado de ello, YPF recibió demandas de títulos por más de $ 300 millones cuando la oferta había sido de $ 150 millones. Más allá de los acuerdos propiamente dichos, los avances de la nueva YPF, empiezan a preocupar a los sectores más extremistas de la ortodoxia, que observan con temor que se derrumba otro de los mitos del neoliberalismo, que en su diccionario básico, perimido e interesado muestran al Estado como un orangután bobo e incapaz de poner en marcha una empresa especializada como YPF.

Aunque todavía resta mucho camino por recorrer y Galuccio no debe creer que la partida está ganada, queda en claro, que el gobierno debe seguir atentamente el ejemplo de YPF porque puede ser un modelo a replicar en otras empresas estatales o a estatizar en el futuro.

 

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