La generación de la Transición

9 enero 2013 | Categorías: Estatal, Opinió | 808 lecturas |

Hugo AbarcaEl que mucho abarca…

Desde siempre nos vendieron la Transición como una obra generacional. Eso pudo tener su funcionalidad en los primeros años. Por un lado, la generación de sus mayores, la que hizo o sufrió la guerra, no tenía prepotencia para dar lecciones y la de sus menores era demasiado joven para una disputa generacional política; y sobre todo al hacer de la Transición un proyecto generacional remarcaban la idea de que era algo de todos, al margen de ideologías, algo transversal en lo que se encontraba toda una generación: desde los comunistas a los fascistas. Eso permitía negar la existencia de disidencia con el proyecto (que la hubo) y, sobre todo, negaba el carácter político del proyecto: al ser una obra generacional la Transición se convertía más en un monumento que en un edificio a habitar. Los monumentos se conservan, se restauran con la única intención de recuperar con más fidelidad el aspecto original; los edificios habitables, en cambio, se arreglan, se reparan, se reforman… para que vivir en ellos sea cómodo y funcional y llegado el momento, si es necesario, uno se muda a otro edificio. El fin de un monumento es el monumento mismo; el fin de un edificio de viviendas es (debería ser) el bienestar de sus habitantes.

La Transición no fue obra de una generación, sino de un grupo de gente pertenecientes a una generación que declaró que ellos eran la generación y en buena parte consiguieron convencer de que así era. Y de que había que elegir entre esa generación (que se entendía y consensuaba cosas, fueran las que fuera) y la de sus padres y abuelos que se habían matado (sin más análisis). Cuando fuimos creciendo los que por entonces no existíamos o al menos no teníamos conciencia política los defensores de esa supuesta obra generacional nos trataron con la mayor de las prepotencias: no teníamos ni puta idea de nada, no sabíamos lo que es pelear por la democracia, vivíamos de lujo (todos, toda nuestra generación), éramos la generación x, y, z… los que prácticamente no sabíamos leer ni escribir ni dábamos a luz intelectuales dignos, no como ellos. Se nos declara niñatos hasta los 50 años por una supuesta generación que ya eran estadistas a los 30. La Transición generó una identidad generacional que sin duda fue funcional para un grupo que lleva cuarenta años acumulando poder político y económico (los Cebrián, Martín Villa, Botín, González, Alierta…)

Quizás sirviera para tenernos unos años callados. Fue la estrategia del traje nuevo del emperador: si no éramos capaces de ver el maravilloso traje elaborado por tan brillantes artistas éramos imbéciles.

Llegados a 2013 esa estrategia no sólo no sirve, sino que es un boomerang. La táctica de identificar el régimen con una generación es absolutamente suicida para el régimen cuando esa generación está en edad de jubilación. Ayer, tras la cosa obscena entre Hermida y Borbón hubo un programa en el que un par de docenas de septuagenarios (algunos decentes que sorprendentemente -o no- se prestaban a la cosa y un amplio grupo de ladrones, mafiosos e impresentables) nos explicaba la Transición en clave generacional. La última frase del programa fue de Concha Velasco resumiendo: “Esto es lo que hicimos y lo hicimos bien. Ahora toca mantenerlo“.

No se ha hecho un programa mejor que el de ayer para explicar por qué la Transición ya no tiene más recorrido, por qué es un ciclo político que pudo tener sus aciertos y sus errores pero que evidentemente ha terminado y debe dar paso a otro ciclo político, democrático.

La idea de la Transición como proyecto generacional no sólo implica que esa generación hizo una maravilla sino, sobre todo, que las generaciones siguientes no tienen ningún derecho a tocar sustancialmente aquella maravilla. Eso queda consagrado en la extraordinaria rigidez para la reforma constitucional en aspectos sustantivos que la Constitución (mucho más difícil de reformar legalmente que las Leyes Fundamentales del Movimiento) impone: por eso la república (y todo lo que ella conlleve) no vendrá legalmente, sino por la superioridad de la democracia sobre la legalidad vigente.

La fe en la Transición se ha transmitido como una religión sectaria. Demasiado ciegamente como para ajustar los dogmas para la supervivencia de su iglesia. Hoy la propia narración generacional y monárquica de la Transición encierra la evidencia de su imparable decadencia y colapso. No hay más que ver el programa de ayer. El Régimen de la Transición no da para más, no tiene ni estrategias para su perpetuación y ello, como siempre, no quiere decir que los nuevos tiempos sean mejores: los edificios de viviendas se pueden diseñar con sus habitantes para que vivan mejor o con carácter meramente especulador para que se forre un puñadito a costa de quienes necesitan vivir en algún lado: depende, sobre todo, de quién mande en el diseño del edificio. En España sabemos bastante de eso. Ahora toca que los habitantes seamos quienes decidamos dónde, cómo y en qué condiciones se construirá nuestra inevitable nueva vivienda.

 

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