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¿Despertaremos ante el dinero y la conciencia negros?

5 Febrer, 2013 - Estatal, Opinió

Antonio Aramayona – ATTAC CHEG Aragón Nos recomendaron que aceptáramos la Constitución, a pesar de nuestras dudas, porque nos cantaron que nuestra verdadera bandera es la roja y nuestro auténtico himno es La Internacional. Y coló. Creímos que la democracia que nos vendían era similar a la democracia popular-parlamentaria (eurocomunismo, por aquel entonces), que aún […]

Antonio Aramayona – ATTAC CHEG Aragón
Nos recomendaron que aceptáramos la Constitución, a pesar de nuestras dudas, porque nos cantaron que nuestra verdadera bandera es la roja y nuestro auténtico himno es La Internacional. Y coló.
Creímos que la democracia que nos vendían era similar a la democracia popular-parlamentaria (eurocomunismo, por aquel entonces), que aún estaban por la socialización de los medios de producción, que la república estaba al llegar, con un rey que había jurado los Principios del Movimiento y nunca podría aspirar a premio extraordinario de bachillerato o summa cum laude en ninguna universidad. Y coló.
Nos mosqueaba que la policía siempre llegara diez minutos tarde cuando los guerrilleros y fuerzanovistas en general asaltaban nuestras sedes. Los más ardientes partidarios del golpismo franquista y del fascismo ultravisigótico ocuparon los escaños del pueblo y asesinaron a mis compañeros y compañeras del despacho de abogados laboralistas de Atocha, saliendo de rositas y pavoneándose de sus hazañas. Pedimos amnistía para todas y todos a los carceleros de los derechos humanos durante cuarenta años. Escuchamos cantar libertad sin ira mientras unos presuntos padres de una supuesta constitución recitaban el mantra de la reconciliación nacional, el olvido, la unidad de la ciudadanía. Cortaron con la guadaña de la unidad de España las lágrimas legítimas de la Memoria histórica. Desde entonces, la verdadera canción de fondo, escuchada hasta nuestros días, es “¿Dónde está la bolita? ¿Dónde está?”.
Se negaron a condenar el golpe de Estado del 36, pues muchos de ellos seguían y siguen custodiando con fervor la mente y el corazón de los golpistas. Aplaudieron los huevos de Tejero, etiquetaron botellas con su efigie, condenaron a prisiones de lujo y de pacotilla a Milans, indultaron a ladrones y estafadores. Los hijos de Pablo Iglesias fueron embadurnados de marcos alemanes, Felipe cenó con Brandt, desayunó con Palme, metió en un asilo a Largo Caballero, declaró obsoleto el marxismo, y realizó un salto triple mortal con su “de entrada, no”.  Su ministro Solchaga animó al ciudadano a enriquecerse en el país de las mil maravillas fofas, montamos huelgas generales, y el país se fue deslizando hacia las ideas progres europeas, tan liberales, tan de libre mercado y libre contratación, tan de chicha y nabo.
Ante nuestros ojos han ido desfilando Filesa, Naseiro, Banesto, Gescartera… Los obispos siguieron engordando en sus palacios gorrineros, con su Concordato, sus Acuerdos, sus extorsiones. Derecha, centro, pseudosocialistas, ZP, Aznar, González, y todos y cada uno de sus ardorosos acólitos católicos se encargaron de echarles de comer cada día de cada año a los señores obispos. Besaron manos, pies y báculos de Papas, estatuas totémicas de santos, beatas, cristos y vírgenes. Y de todo esa orgía de engorde sacro, creció y creció sin fin el Opus Dei y su padrecito Escrivá hasta quedar hincado, bien hincado, en nuestro intestino grueso.
Se creen los putos amos del corral, del cortijo, de esto, de este mal llamado “país”. Lo embadurnan con la pestilente mierda de sus contabilidades B, sus tarjetas doradas, sus clases preferentes cuando viajan, sus restaurantes de todos los tenedores posibles, sus “te firmo esto si me das aquello”, su anemia de ideas, su ausencia de valores, su palabrería sin referentes, su consagración a la picaresca fácil y rápida. Niegan, amenazan, van, vienen, matan elefantes, se tapan los delitos unos a otros con otros delitos, viajan a las Azores para urdir guerras preventivas y fumarse un puro con botas de vaquero, intercambian como cromos jueces, se jubilan a los cincuenta en despachos de ensueño, propiedad de aquellos a quienes han servido como lacayos. Matan al pueblo. Matan su alma. Matan su futuro. Expulsan a los jóvenes del país a golpes de ineptitud. Matan al pueblo, sí, lo matan con saña. Lo matan de la peor forma posible: lo duermen.
Me llamarán, nos llamarán a todos, dormidos, para presenciar el final (¿o lo estamos perpetrando nosotros mismos, por acción u omisión)? Tú, y tú, y yo, nos turnaremos, en tornos de cristal, ante la muerte del pueblo. Y te expondrán, nos expondremos todos a ser trizados ¡zas! por una bala de carroña salida de sus cajas B. Bien lo sabéis. Vendrán por ti, por mí, por todos. Y también por ti. (Aquí no se salva ni dios, lo asesinaron.)  ¿Despertaremos? Escrito está. Tu nombre está ya listo, temblando en un papel. Aquél que dice: Abel, Abel, Abel…o yo, tú, él… ¿Despertaremos?
La utopia es posible

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