Asfixia en el supermercado

28 febrero 2013 | Categorías: Opinió | 862 lecturas |

Gustavo Duch – Consejo Científico de ATTAC España

En un mundo donde la información se expande a la velocidad de la luz, la ciudadanía preocupada y responsable aprende y sabe muchas cosas. Sabemos que las grandes masas forestales y selváticas se reducen peligrosamente afectando a especies animales y vegetales que desaparecerán antes incluso de que sean descubiertas. La tala de estos bosques o su contaminación por escapes de petróleo es, a su vez, causa de aniquilación insonora de poblaciones humanas e indígenas que hicieron de la naturaleza su medio de vida. En el sur del sur de América, se rasgó la capa de ozono, un agujero que no se ve pero que deja invidentes a ovejas y personas, con retinas atrofiadas por demasiada luz. Los mejores cursos de agua bajan llenos de plomo, arsénico y otras porquerías. Muchos se están agotando y los riachuelos más modestos sólo fluyen de cuando en cuando. Y desde luego todos y todas somos conscientes en ‘carne propia’ de los desordenes climáticos actuales. ― Un frío estival y un cálido invierno ― dicen los meteorólogos de la televisión mostrando un almendro florecido adornado con bolas y estrellas por  Navidad.

Sabemos, decía, de los problemas de maltratar a nuestro planeta y estamos defendiendo y exigiendo soluciones para frenar tanta degradación: proyectos para la protección de especies, técnicas de reciclaje, construcciones bioclimáticas, etc. Pero nos olvidamos de una propuesta: revisar nuestros patrones de agricultura y alimentación pues, como vamos a ver, es responsable de la mitad de Gases Efecto Invernadero (GEI) que eclipsan el futuro al generar el mayor de los problemas ambientales, el cambio climático.

Para ello vamos a tomar un alimento producido bajo un modelo de agricultura, ganadería o pesca intensiva y globalizada, y a contabilizar desagregadamente dónde y cuántas emisiones de CO2 ha generado, desde que se pensó en producirlo hasta que se consumió o desperdició. Veamos.

Hay que tener en cuenta los preliminares, cuando un empresario agrícola se sienta junto con sus asesores. ― Mmm vamos a ver, este año la colza y la soja se venderán muy bien puesto que hay una gran demanda de biocombustibles ― dice. El técnico agrónomo sentado a su derecha hace un cálculo rápido y explica ― necesitaremos nuevas tierras para tanta producción. Y las excavadoras y las sierras mecánicas arrasan con todo sin detenerse en ningún valor ético ni ecológico. Contabilizar las emisiones que se producen por estos cambios en el uso del suelo suma entre el 15 y el 18% del total de emisiones de GEI. Cuando se dispone de tierras, sisadas a la Naturaleza o al pequeño campesinado, queda escoger cómo ponerlas a producir. La opción convencional o mayoritaria apuesta por monocultivos o ganadería estabulada que funcionan en base a maquinaria pesada que se mueve con petróleo y fertilizantes, plaguicidas y demás insumos de base petroquímica. Estos procesos agrícolas industrializados acaban representando entre un 11 y 15% del total de emisiones. Muchos alimentos se han producido lejos de nuestras mesas, como las gambas producidas en Ecuador, transportadas a Marruecos para su procesamiento, que luego se empaquetan en Ámsterdam para venderse en Barcelona. Aunque algunos medios de transporte son menos contaminantes, todos dependen del petróleo y finalmente contabilizan entre el 5 y 6% de las emisiones totales. Muchos de estos alimentos, en el trayecto, en el comercio y en casa, requieren conservarse en frío. En estas fases, las estimaciones indican que se producen entre el 2-4% del total de GEI. Un modelo que exige tanta refrigeración es como una estufa para el Planeta. Si miramos nuestras despensas tres cuartas partes de los alimentos que guardamos han sido procesados: calentados o congelados previamente para su conservación, en bandejas listas para el microondas o en cápsulas de aluminio para la cafetera. Esta serie de procesos, cuanto menos cuestionables, genera aproximadamente  entre un 8 y 10% de las emisiones. Para acabar, el sistema alimentario industrial, aunque presume de eficiente, es todo lo contrario, y hemos de denunciar las enormes cantidades de alimentos producidos que finalmente no llegan a nuestros estómagos, que se despilfarran porque tienen taras, que se estropean en su maratón o que se tiran en el supermercado porque no se ‘acomodan’ a sus requerimientos de venta. Gran parte de estos desperdicios se pudren en basureros produciendo entre un 3 y 4%  de GEI.

Entonces, si tomamos las seis fases en las que hemos fragmentado el sistema alimentario global y sumamos su responsabilidad en la crisis climática, podemos observar que producir y comer de esta forma nos lleva a generar entre un mínimo del 44% y un máximo del 57% de las emisiones de gases con efecto de invernadero producidas por el ser humano. Curioso pero real: cambiar el sistema agroalimentario es cambiar el destino del Planeta.

descargar informe completo aquí

Artículo publicado en La Jornada
http://gustavoduch.wordpress.com/

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