El triunfal-capitalismo inicia su declive

6 abril 2013 | Categorías: Estatal, Opinió | 1.223 lecturas |

Pepe Gutiérrez-ÁlvarezKaos en la Red

No creo que sea factible explicar el atraso en las respuestas a las agresiones del sistema, sin tener en cuenta la magnitud de la derrota histórica padecida por el pueblo trabajador. Esta respuesta se está dando a pesar de muchos pesares.

La correlación de fuerzas entre amos y servidores en el mapa político internacional comenzó a cambiar en los años ochenta. Este cambio se debió tanto por la contraofensiva conservadora liderada por Reagan y la señora Thatcher, como por la regresión de la izquierda tradicional. Una cosa no se puede entender sin la otra.

La regresión de la izquierda tradicional se manifestó por el desprestigio o la descomposición creciente del llamado “socialismo real”, un sistema que se mantenía por una patética burocracia (que no tardó mucho en general una elite capitalista desmantelando el Estado), y cuya crisis hizo creer a las masas que podían aspirar a un capitalismo con “rostro humano” como el que parecía existir en Suiza o Suecia, un auténtico espejismo…Su caída fue letal para el movimiento comunista internacional, y en pocos países esto sería tan evidente como en Italia donde el PCI forma ya parte de los museos con la rueca y el hacha.

Por su parte, la socialdemocracia que a principios de la década de los ochenta consiguió mayorías ilusionantes en España (Felipe González), Francia (Mitterrand), o Portugal (Mario Soares), tampoco tardaron en abandonar sus propuestas reformistas (Mitterrand prometió transformar la sociedad y cambiar la vida, no tardó tampoco mucho en montarse al carro vencedor). Mantuvo parte la credibilidad de su discurso gracias al “colchón” de lo que había sido el “Estado del Bienestar”, una traducción de lo que antaño se llamaban las conquistas o mejoras parciales.

Desde 1989, el sueño de lo que Ernest Mandel llamó el “triunfal-capitalismo”, fue imponer una contrarrevolución de terciopelo en los países dominantes. Lo consiguió invirtiendo el orden de los factores ideológicos, y en poco tiempo consiguió que la principal manifestación del “mal social” fuese el “totalitarismo” (o sea el socialismo burocrático), y que los malos fuesen…los comunistas y la izquierda militante. Los métodos no fueron los de la contrarrevolución clásica –los que había utilizado preventivamente en el sudoeste asiático, en América Latina y en las antiguas colonias portuguesas, sino el guante de terciopelo.

Se trataba de enterrar la revolución de Octubre, el frente antifascista, el mayo del 68, y la socialdemocracia tipo Allende y Olaf Palme, y para entonces había aprendido la importancia que tenían los creadores de opinión, o sea los intelectuales. A los que “querían salir en la foto”, se les ofreció un pesebre en un latifundio mediático del que se condenaba al ostracismo toda disidencia aunque –inteligentemente- se permitió ciertos márgenes, los suficientes como para poder seguir hablando de libertad. De una historia de “El País” podría extraerse una radiografía. El modelo a seguir era el norteamericano: bipartidismo leal con el sistema, marginalización del pensamiento crítico, asimilación de los aparatos sindicales convertidos en “negociadores” que se justificaban por mantener en lo posible a la antigua clase obrera, adopción de lo político como espectáculo y negocio, despolitización. Un tal Rajoy celebró la victoria electoral de Aznar proclamando, “ahora ya nadie es de nada”, nadie menos ellos, claro está.

Todo esto se había cocinado desde la Internacional de las grandes multinacionales que había tomando conciencia de la importancia de una elaboración teórica adecuada, y de la necesidad de un cuadro de propagandistas orgánicas que pudieran defender Wall Street hasta en la última radio local. Esta restauración conservadora fue un paseo militar al menos hasta 1999, cuando surge el movimiento altermundialista que, empero, no representa un paso en la recuperación de unas tradiciones de izquierda ya muertas sino el comienzo de una recomposición en la que se dan la mano los restos de la vieja izquierda insumisa (tachada de “testimonial”), con una nueva base militante emergente. Con ocasión del 11-S-01, Bill Clinton declarará que el hecho acababa con el altermundialismo, pero este no hacía más que comenzar.

El atentado da armas al cartel republicano made in USA que trata de aprovechar la ocasión para reforzar el papel USA como gendarme del mundo. Se traza un nuevo plan de dominio del mundo para el que la ocupación del pueblo de Irak es un pretexto para imponer un programa que cuenta con una parte oculta. Ya no se trata solamente de la restauración conservadora, se trata también de la primacía de una potencia que trata de sacar el máximo provecho de su liderazgo contrarrevolucionario. Es en este cuadro donde se gesta un programa en el que se atribuye un papel protagonista en un grupo de influyente intelectuales que en diversos momentos habían militado o fueron seguidores de trotkskismo. Según la tesis de W. R. Polk, antiguo asesor de Kennedy, existe una especie de “trotskismo al revés”: una teoría de la “contrarrevolución permanente”, lo cual no es tan descabellado. También se ha hablado de un “marxismo al revés”, y no han faltado seudosocialistas que han visto en las prácticas conservadoras la huella del leninismo. También se cita el concepto “anarcocapitalismo”.

No hay que olvidar que el neolenguaje del que hablaba Orwell (un análisis que ya venía de lejos), y que se dice democracia pero no lo es, se llaman medios de comunicación pero desinforman, se proclama la paz para hacer la guerra mientras que los ejércitos ocupan países para realizar…misiones humanitarias. En el caso del trotskismo, pues se trata de renegados que le han dado la vuelta al guante para emplear los aportes teóricos en sentido opuesto. En opinión de Polk, este grupo que tacha de trotkistas de derechas -entre los que cita a Wolfowitz, Perle, Kagan, Douglas Feith, Bill Kristol o Eliot Abrams- pretende imponer su dominación mediante la contrarrevolución que denomina también “revolución conservadora”. Se consideran la vanguardia de una causa: la de dar marcha atrás a lo que queda de los valores democráticos y socialistas. Dentro de la izquierda tradicional, dichos valores se habían vaciado de contenido, no había más que ver a Felipe González citando a Pablo Iglesias, levantando el puñado o incluso cantando a grito pelado “La Internacional”. Dichos valores se habían convertido en gesto para una clientela que ya no buscaba cambiar o tan siquiera mejorar el mundo, sino ascender socialmente.

Esta evolución se llevó por delante a buena parte de la vieja izquierda, incluyendo a las últimas generaciones combativas, las de los mayos del 68 que llegan hasta la revolución sandinista, mientras que en los Estados Unidos o en Francia, los renegados tenían varias capas de crisis y derrotas, mientras que aquí, son todos sombras de lo que pudo haber sido y no fue la Transición.

La contrarrevolución pues comportó un cambio de valores, de entrada se pasó del nosotros –de los movimientos, las entidades- al yo supremo en forma de escala social, de reconocimiento, los Judas se podían mofar de los “irredentos” aislados, agradas a una piedra, a las cuatro cosas que se movían todavía. El discurso democrático y social fue sustituido por el consenso y la seguridad, un tema que, en plena burbuja inmobiliaria, pesó cien veces más que cualquier otro. Estados Unidos e Israel, tenían derecho a la seguridad, a defenderse, y la industria del miedo, de las armas, del miedo a los “fundamentalistas” árabes, a los emigrantes, a la pequeña delincuencia se apoderó del escenario. Aquí con el añadido de ETA y el entorno etarra, extensible al referente “totalitario” que a su vez conecta con el repudio del antisistema. Este discurso había calado en la casi totalidad de la izquierda institucional. Son las consecuencias de la “contrarrevolución permanente” al igual que, como dijo Clara Zetkin, el fascismo no fue otra cosa que el precio pagado por las revoluciones derrotadas (o traicionadas) que marcaron la primera parte del siglo XX. Estamos pues en una situación insólita en la que los movimientos no solamente salen a la calle como hicieron contra la guerra, también comienzan a visualizarse y conseguir logros parciales. No es pues de extrañar que la derecha saque a relucir los métodos que le sirvieron para ganar elecciones por mayoría absolutas. Pero ya no pueden hacer estas cosas como antes…

Bill Clinton se equivocaba, a pesar de los atropellos que seguirían con el pretexto del 11-S-01, el panorama mundial comenzaba a cambiar de signo. Después de las devastadoras consecuencia del neoliberalismo, América Latina empezó otra historia. Al poco tiempo llegaría la “primavera árabe”, luego las grandes movilizaciones con el 15M como buque insignia. Antes se nos decía que “no había donde ir” (Cioran), bueno, está claro que no se trata de buscar ningún paraíso, se trata como decía nuestro “Bensa”, de evitar el infierno. Desde este punto de vista, el malestar no hace más que crecer, es el capitalismo el que no tienen donde ir.

Comenzó pues un nievo ciclo, no porque la vieja izquierda vaya a levantar cabeza, que no lo ha hecho. Antes al contrario como se puede ver en países como Italia o Sudáfrica, donde el partido comunista que tanto luchó contra el “apartheid” ha sido el principal gestor del nuevo régimen. La falla viene del rechazo a las consecuencias del triunfal-capitalismo, de sus desastres tras desastres. Sin oposición, el sistema con su libertad sin freno en los negocios, está colocando a la naturaleza al borde del abismo que se está manifestando con una sucesión de desastres “naturales” sin parangón. Por otro lado, sin oposición social militante, sin miedo a la revolución, la consignan de privatización ha ido socavando los logros sociales parciales de cerca de dos siglos de lucha social, y eso está provocando la desesperación del precariado, de una nueva clase trabajadora cada vez más desafecta.

Pd. Ver a Ada Colau y al otro compañero de la PAH, rebatir en el debate de la Sexta el sábado por la noche a los tibios, y hacer retroceder a los perros de guardia del PP, fue un espectáculo gratificante, harto simbólico. Contemplar el ínfimo detalle de un tipo de la catadura de Sánchez Dragó, vestido de “liberal” moderado, y como se tuvo que envainar la lengua, resultó ser uno de esos momentos estelares de la historia que estamos escribiendo y recuperando.

 

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