Escuela pública y jornada continua

10 mayo 2013 | Categorías: Educació, Opinió, Serveis Públics | 933 lecturas |

Antonio Aramayona – ATTAC CHEG Aragón

En la educación el principal protagonista, a años-luz de cualquier otro componente, debe ser el alumnado

Grande es el argumentario de quienes propugnan la jornada continua en Infantil y Primaria, si bien es más que discutible que el alumnado rinda y mantenga más la atención con la jornada continua o que con la jornada continua el profesorado tendrá más tiempo para atender por las tardes a las familias o que estas podrán ahorrarse dos viajes de ida y vuelta, gracias a la jornada continua.

Siento cierta inquietud cuando, al oír hablar de los pros y los contras de la jornada continua en Infantil y Primaria, se hable realmente tan poco de educación y de escuela pública. Si una persona, libre y responsablemente, decide dedicarse profesionalmente a la educación (y no solo a la estricta docencia) en cualquiera de sus etapas, debería tener siempre presente que su objetivo fundamental, establecido ya en la Carta Universal de los Derechos Humanos, es “el pleno desarrollo de la personalidad y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales”. En otras palabras, en el mundo de la educación el principal protagonista, a años-luz de cualquier otro componente de la comunidad educativa, debe ser el alumnado. Educar es dotar de herramientas para que cada alumno y cada alumna, con sus necesidades y características, vaya descubriendo personal y críticamente aquellos conocimientos y valores que contribuyen a que los seres humanos se sientan bien consigo mismos y con los demás, y hagan lo posible por mejorar el estado de cosas en un mundo justo, libre y sostenible. Eso y no otra cosa es educación. Para eso es la escuela pública. Este debe ser el único hilo conductor para dirimir la conveniencia o no de una jornada continua en un centro educativo.

Nunca debemos olvidar que la escuela pública ha sido capaz en los últimos treinta años de mejorar sustantivamente la formación cultural de las últimas generaciones. De hecho, en 1978 el 17% de la población era analfabeta, mientras en 2013 solo lo es un 2,2%. En 1978, había solo medio millón de universitarios, pero en 2013, gracias sobre todo al maravilloso logro del ingreso de la mujer en las facultades, su número asciende a 1.500.000 universitarios. Hoy, con el total de la población infantil y juvenil escolarizado, podemos afirmar con orgullo que todo ello ha sido realizado por la escuela pública y por muchos profesores y profesoras de Infantil, Primaria, Secundaria y Universidad, que han ido construyendo un hermoso y valioso monumento al saber y al vivir de las generaciones jóvenes. La escuela pública, actualmente agredida y recortada hasta el punto de estar en riesgo de sufrir una merma sustancial de calidad y de recursos, ha asumido desde hace muchos años la tarea de educar a todo tipo de alumnado, incluido el más difícil y desmotivado, tanto en las grandes ciudades como en pueblecitos perdidos, a diferencia de la enseñanza privada, que solo resulta ser un negocio lucrativo en núcleos importantes de población y con un alumnado separado del alumnado difícil y poco deseable para su clientela.

No es preciso ser un lince para saber que hoy la supresión de la jornada continua en los centros públicos de enseñanza en Infantil y Primaria significaría asestar un duro golpe a la escuela pública, hacerla retroceder a unos años en que la escuela pública era a la privada lo que las antiguas casas de socorro eran a las clínicas privadas de pago. Supone también poner en bandeja de plata a la enseñanza privada la posibilidad de escoger sin competencia alumnado, horarios y servicios.

Muchas familias se verían hoy constreñidas a solicitar plaza para sus hijos solo en los centros privados, si únicamente estos ofrecen servicio de comedor y horario lectivo más actividades extraescolares vespertinas. En tal caso, la escuela pública se hundiría, de hecho, pues escudarse en que la Administración puede hacerse cargo del servicio de comedor y extraescolares en la pública con jornada continua, es poco más que un mal chiste, teniendo en cuenta los recortes sufridos hasta la fecha en becas de comedor, libros escolares y personal de apoyo.

Cada ciudadano y cada ciudadana, con independencia de su edad y sus simpatías políticas, debería saber que no hay democracia sin una verdadera educación y no hay educación sin una auténtica democracia, pues la educación no es otra cosa, empleando una expresión de Emilio Lledó, que “el fomento y el ejercicio de la libertad para poder pensar”, superados ya los mitos, las supersticiones y los dogmas. Hoy se insiste mucho en la libertad de expresión, pero una persona solo puede ejercer tal libertad si tiene contenidos madurados y críticos de pensamiento. Porque no se trata solo, sigue diciendo Lledó, “de poder decir, de poder expresarse, sino de poder pensar, de aprender a saber, pensar para, efectivamente, tener algo que decir”. Un Estado democrático no debe permitir ningún tipo de manipulación y corrupción intelectuales. Por eso ha de ser laico. Por eso la escuela ha de ser pública y laica.

Artículo publicado en El Periódico de Aragón

http://lautopiaesposible.blogspot.com.es/


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