Guerras solares

15 junio 2013 | Categorías: Internacional, Opinió | 791 lecturas |

Martin Khor El Mercurio Digital  

Las fuentes de energía no contaminante y renovable podrían contribuir a dar energía al mundo sin emitir gases de efecto invernadero. El inconveniente radica en que la energía solar ha sido tradicionalmente más cara que el carbón o el petróleo, que emiten dióxido de carbono de manera intensiva.

Sin embargo, la energía solar se ha abaratado considerablemente y los expertos predicen que en los próximos años su costo podría igualarse al de los combustibles convencionales en algunos sectores.

Los precios de las células solares han disminuido gradualmente, de setenta y seis dólares por kilovatio en 1977, a unos diez dólares en 1987 y a solo 0.74 en 2013. En China, el precio del kilovatio cayó ochenta por ciento entre 2006 y 2011, de 4.5 a 0.9 dólares.

Los factores que influyeron en el abaratamiento de las células solares incluyen la caída del precio del polisilicio (su principal materia prima) por exceso de oferta, el aumento de su eficiencia, avances en la tecnología de fabricación, economías de escala y una competencia intensa.

En la medida que los costos han bajado, el uso de la energía solar se ha disparado. En 2012, la capacidad mundial aumentó 28.4 gigavatios (un gigavatio equivale a cien mil megavatios), llegando a 89.5 gigavatios, y para este año se calcula que se alcanzarán los cien.

Todo esto constituye una buena noticia para la lucha contra el cambio climático. Pero ahora viene la mala. La creciente demanda mundial ha disparado la fabricación de paneles solares, con una feroz competencia que pone en riesgo la viabilidad de varias empresas, como Suntech, la mayor empresa de energía solar de China.

Pero China tiene problemas aún mayores. El gobierno de Estados Unidos aplicó elevados aranceles antidumping a las importaciones chinas, en respuesta a los reclamos de sus fabricantes de paneles solares. Y ahora también la Comisión Europea prevé aplicar aranceles que alcanzan un promedio de cuarenta y siete por ciento a los productos solares chinos, alegando que su precio de venta estaría por debajo del costo.

China se está tomando en serio estas amenazas. El primer ministro Li Keqiang abordó el asunto con los gobernantes europeos la semana pasada, durante su gira europea, y altos funcionarios de comercio anunciaron que el país asiático tomará represalias.

Todo parecía indicar un inminente desencadenamiento de una guerra comercial a gran escala. Pero en un giro inesperado de los acontecimientos, Alemania y otros dieciséis países europeos comunicaron a la Comisión Europea su desacuerdo con las medidas arancelarias. Aunque el Comisario de Comercio, Karel De Gucht, seguiría adelante con su idea y aplicaría los aranceles con carácter provisorio.

Así que es muy probable que continúen las “guerras solares” entre China, Europa y Estados Unidos. Esto sería verdaderamente lamentable, ya que los intereses comerciales de los países obstaculizan un rápido avance en la energía solar y en la lucha contra el cambio climático.

La expansión de la industria de paneles solares en China ha jugado un papel crucial en la reducción de los precios, haciendo a la energía solar cada vez más competitiva y promoviendo su crecimiento explosivo. Es cierto que Beijing subvenciona y promueve la industria solar, pero también Estados Unidos y la Unión Europea ofrecen enormes subvenciones y apoyos.

Estados Unidos ha apoyado a sus empresas de energía solar con garantía para sus préstamos, becas de investigación y deducción de impuestos, incluso a través de créditos fiscales a la inversión y amortizaciones aceleradas. Los países europeos han ofrecido subsidios a los consumidores que utilizan energía solar e incentivos a los productores, incluso mediante primas a los proveedores, que cobran más que lo que pagan los usuarios de electricidad.

Sin los subsidios, esta industria no habría crecido. La adopción de medidas proteccionistas de un país contra otro, o de todos contra todos, sería una receta segura para el desastre. Del comercio, la industria solar y el medio ambiente.

Jeremy Leggett, un conocido defensor de la energía solar, presidente de Solarcentury, utiliza la siguiente analogía para ilustrar la guerra comercial: “Un planeta se enfrenta al impacto de un asteroide. Sus habitantes deciden fabricar cohetes para evitar la amenaza. Pero a medida que la roca se acerca, la discusión se centra en quién financiará qué cosa de la fabricación de los cohetes”.

Nadie gana en esta guerra comercial, debido a la cadena mundial de suministro de energía solar, explica Leggett. Los lingotes solares de silicio se fabrican principalmente en Europa y Estados Unidos, las células y módulos, en su mayoría en China. Si se golpea a este país en los productos que exporta, podría tomar represalias aplicando aranceles a los productos que importa.

Por ejemplo, en Europa, los aranceles contra China acabarían con miles de puestos de trabajo porque la mayoría no están en la industria manufacturera, sino en las empresas que instalan los módulos, independientemente de dónde se producen.

La solución, sostiene Leggett, consiste en que los gobernantes de los pocos países donde se fabrican paneles solares lleguen a un acuerdo que coordine los subsidios requeridos en las distintas partes de la cadena de producción de energía solar, durante los pocos años que algunos países necesitan para equiparar el precio de ésta con el de la energía convencional.

A partir de la idea de que el mundo deberá elegir “la seguridad común”, Leggett llega a una conclusión sensata: “Embarcarse en una competencia internacional aferrados a la ilusión de que los mercados siempre funcionan no resolverá nuestros problemas comunes de inseguridad energética, mala calidad del aire y agotamiento de los recursos. Continuaremos socavando a las industrias que pueden salvarnos”.

Martin Khor es fundador de la Red del Tercer Mundo y director ejecutivo de South Centre, una organización de países en desarrollo con sede en Ginebra.

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