De cómo nos come el coco la derecha

12 julio 2013 | Categorías: Opinió | 952 lecturas |

Pedro Vaquero – ATTAC Granada.

La derecha ejerce el poder de forma omnímoda allí donde puede, sin miramientos y sin complejo de ninguna clase. La izquierda es distinto. Primero, porque la izquierda democrática cuando accede al gobierno, no es el poder lo que ejerce, sino solo el gobierno, que es solo una parte del poder, y no precisamente la más importante. Porque donde realmente reside el poder es en la punta del fusil (como decía Mao) y sobre todo en la punta del ratón de los brockers financieros, en los sillones de los grandes ejecutivos y en los propietarios de ls cuentas de Suiza y otros paraísos fiscales.

El poder es parte del patrimonio de la derecha. Y lo ejerce como tal, incluso cuando está en la oposición. Porque la derecha es la representación política del poder económico, que lo detentan unos pocos. De ahí viene su conservadurismo. La derecha es conservadora del statu quo incluso cuando se presenta revestida con la piel del cordero reformista. Rajoy, por ejemplo, está haciendo muchas “reformas estructurales”. Pero, como decía Marcelino Camacho, no son “reformas” sino “contrarreformas”, pues lo que pretenden es revertir el modelo de sociedad y reparto de la riqueza creada en la época en que la hegemonía la ostentaba la izquierda en nombre del pueblo, de los de abajo.

Por eso la derecha es por esencia autoritaria porque ejerce el poder en nombre y para provecho de una minoría privilegiada, y solo admite el modelo de sociedad democrática cuando le conviene, o cuando no le queda más remedio. Y la izquierda es democrática pues ejerce los valores de la igualdad y la justicia social, incluso cuando, para preservarlos tiene que mantener la hegemonía de los intereses populares a través de formas más o menos autoritarias. De ahí que, pese haber ganado siempre las elecciones democráticas en Venezuela, la derecha siempre le ha tachado de dictador. De ahí que aunque la China comunista haya realizado el milagro de realizar las revoluciones industrial y tecnológica que costó en Occidente dos siglos y medio, en cuarenta años, y con elo hayan conseguido dar de comer a mil trescientos millones de personas, se tilde el régimen chino como dictatorial, pues formalmente lo es.

Es la contradicción entre las formas y el fondo. Por ejemplo, el FMI es una institución formalmente democrática, pero en el fondo defiende e instaura allá donde puede la dictadura del dinero, exigiendo el cumplimiento del dogma neoliberal, para garantizar la consecución de la ley de oro del capitalismo, que es la acumulación del capital, el incremento incesante de la tasa de beneficios. Y los dirigentes de los países que quieren salirse del redil neoliberal deben apoyarse en el pueblo, y a veces cambiar el texto de sus “democráticas” constituciones de derechas para prolongar lo más posible el poder del pueblo frente a las insidias demagógicas e incluso frente a la violencia de la derecha parafascista. Buena prueba de esto se viene produciendo en los estados bolivarianos. Emergentes en lo económico y populistas en lo político.

Porque la derecha ejerce su hegemonía mediante los tres tipos de poder que existen: el poder político, el poder económico y el poder cultural. El poder económico lo ejercen siempre, de forma subliminal, haciendo concesiones cuando no tiene más remedio, o de forma coercitiva mediante la violencia fascista o el chantaje neoliberal. El poder político lo ejerce directamente cuando lo obtiene, bien de forma democrática mediante su victoria en las urnas, bien de forma violenta, imponiendo a sangre y fuego la dictadura del dinero y de la espada a la vez, mediante los golpes militares (la dictadura de Franco es un ejemplo no tan lejano en el tiempo medido históricamente), la corrupción de la compra de los votos parlamentarios necesarios (la dictadura chulapona de Esperanza Aguirre obtenida con el “tamayazo”), o la concentración del poder mediático (la supervivencia del berlusconismo es el ejemplo más claro y próximo)

¿Y el poder cultural? Para obtener la hegemonía social, la derecha busca los mecanismos de ejercer el poder cultural o ideológico. Porque las ideologías existen. Fue el filósofo marxista francés Louis Althusser el que elaboró de forma más acertada el concepto de ideología en su artículo “Ideología y aparatos ideológicos del Estado” (1970). Para este autor, formalmente la ideología es la relación imaginaria entre los hombres y sus condiciones de existencia, mientras que el contenido de la ideología lo constituyen las prácticas individuales conscientes, reguladas por rituales inscriptos en los aparatos ideológicos, de los cuales derivan. En este sentido, ideología-práctica-sujeto se constituyen mutuamente. Es decir, los sujetos son a la vez destinatarios-constituidos y soportes materiales-constituyentes de la ideología. Por eso toda ideología se ejerce mediante dos funciones: a) elreconocimiento ideológico-efecto propio de la ideología que impone las evidencias que los sujetos no pueden dejar de reconocer, precisamente porque no aparecen como imposiciones y son por tanto desconocidas por los mismos; y b) lainterpelación de los individuos concretos como sujetos concretos. Con esta función de interpelación se produce el mecanismo de reclutamiento de la ideología, por el cual los sujetos se someten libremente y reconocen a un Sujeto Único y Absoluto en el que se ven reflejados y reconocidos como sujetos, y por reconocerse como tal a sí mismos, se reconoce a los demás y a la relación entre sí existente.

¿Qué mecanismos proporcionan a la ideología esta aquiescencia primigenia, esta aserción de su veracidad desprovista de toda sospecha? Escribían  Gonzalo Abril, José Sánchez Leyva y Rafael R.Tranche (El País, 1/9/2012) un artículo titulado “La ocupación del lenguaje” que no tiene desperdicio. Se resumía analizando los siguientes hitos:

a) Retorsión de los conceptos: Por ejemplo, la internalización de la equivalencia entre los conceptos “libertad” y ”seguridad”. Así, el “Plan de Garantía de los Servicios Sociales” de Castilla La Mancha es simplemente el programa de recortes de Cospedal. ¿Cinismo? Desprovista la crítica de su contenido moralista, diríamos que se trata de pura ideología. Pues lo peor de todo es que la mayoría social acaba creyéndoselo, lo mismo que sus propios autores, que acaban creyéndose sus propias mentiras. Otro ejemplo: el “Proceso de regularización de activos ocultos” es la amnistía fiscal de Montoro; y la “Ley de  la Economía Sostenible” de Zapatero no era sino el anuncio del viraje que le había impuesto la UE hacia la estrategia de los recortes en nombre del dogma neoliberal de reducción a toda costa del déficit público. En nombre de la sostenibilidad se afirma que“hemos despilfarrado” en el pasado (inversión de las culpas desde los promotores a sus víctimas), o que “la sanidad gratuita es insostenible” (ocultando el verdadero interés de privatizarla, para promover el negocio de los amiguetes del Carajillo Party), o que “los padres tienen derecho a que los colegios enseñen religión a sus hijos” (cuando se trata de seguir privilegiando el status de la Iglesia Católica en el sistema educativo español), o el mensaje archirrepetido por Gallardón del “derecho a la vida” o de “proteger los derechos de la madre” o “de los no nacidos” (como si con el reconocimiento del derecho al aborto alguien quisiera abortar por capricho o imponer el aborto a quien desee mantener el embarazo hasta sus últimas consecuencias, incluso con riesgo de la propia vida de la madre), o el slogan de “hacer una nueva reforma laboral para crear empleo” (cuando la experiencia nos ha demostrado en múltiples ocasiones que estas reformas laborales que “flexibilizan” el mercado de trabajo sólo sirven para favorecer el despido masivo de trabajadores y abaratar los salarios, precarizando las relaciones laborales y recortando derechos hasta límites otrora insospechables en la España que creíamos “democrática”). Y así sucesivamente.

b) Usurpación de la terminología de la izquierda. La derecha se apropia del lenguaje de la socialdemocracia o de las consignas socializadoras. Así, Rajoy y Arenas han utilizado en 2011 la imagen del “cambio” que llevó a Felipe González a La Moncloa en 1982. Los neoliberales de hoy se presentan como “reformistas”, mientras achacan a las políticas de los sindicatos que son “anticuadas, reaccionarias y antisociales”; y presentan las reformas actuales “conquistas históricas” o “revolucionarias”, cuando en realidad son recortes de salarios y derechos, y una vuelta a las políticas del siglo XIX o más atrás. Lo que Tathcher y Reagan hicieron fue la “revolución conservadora”, según los neoliberales, cuando en realidad se trataba de reinstaurar el darwinismo social, la meritocracia elitista del Antiguo Régimen heredada por las burguesías triunfantes surgidas al calor de la revolución industrial, para favorecer la acumulación de capital requerida por la adecuación de sus privilegios en plena revolución tecnológica.

c) La estigmatización de los servidores públicos y de la actividad colectiva o cooperativa: los médicos, enseñantes, funcionarios, estudiantes y trabajadores fijos son parásitos ineficientes, y los parados son holgazanes a los que hay que meter en cintura para que no dilapiden en subsidios el dinero público, dándoles una segunda oportunidad con más cursillos formativos, más títulos (para exhibirlos infructuosamente en su búsqueda de empleo), o sobreexplotándolos en contratos de “colaboración social”, o exhibiéndolos como beneficiarios de la reforma laboral. Grifols, un empresario farmacéutico de ideología neoliberal al uso, ha propuesto que los parados donen sangre, equiparando a los parados con una especie de desechos corporales mercantilizables, como si de el cerdos se tratase, de los que se aprovecha todo, hasta los andares. Lo mismo pasa como los usuarios de la sanidad pública, cuya enfermedad se convierte en fuente de mayor déficit público, por lo que deben copagar la asistencia y los medicamentos, pues su debilidad individual empobrece a la nación, al colectivo. Excuso decir la atención a los inmigrantes, que son una especie de turistas gorrones, a los que se debe impedir que se lucren de la riqueza colectiva, expulsándolos de los mecanismos de seguridad, protección y salud públicos.

d) Argumentación simple y de comprensión inmediata. Rajoy no hace más que repetir que él aplica políicas “de sentido común”, pues, como todo el mundo sabe, “ya no hay ideas de izquierdas o de derechas” (así se presentan algunas fuerzas políticas y algunos políticos, como Alicia Sánchez Camacho, Rosa Díez, y en general UPyD, Equo o Ciutadans). Detrás de la negación de las diferencias ideológicas no sólo se esconde una mentira flagrante, sino que se pretende impedir al oponente discrepar, razonar dese otra lógica, establecer su propio código de valores, expresar su forma de ver las cosas. Este dogmatismo pretende reducir la tarea del oponente a la de mero colaborador con el sistema, en función de valores superiores que hay que preservar (la patria, la imagen en el exterior, las garantías que hay que dar a los mercados…) ¿No les suena esta cantinela en los discursos de Rajoy y Rubalcaba en defensa de su Pacto? Eufemismos, atenuación y exageración (“haré cualquier cosa que sea necesaria, aunque no me guste y aunque haya dicho que no lo iba a hacer”). Ideas simples y de rápida asimilación que se extienden a justificar la no renovación de los contratos de los interinos o de los contratados temporales, que no son despidos, sino “no renovaciones”. Y el premio al cinismo simplista se lo lleva Beteta, cuando conmina a “los funcionarios a olvidarse de tomar el cafelito, de leer el periódico, o de entrar y salir con la bolsa de la compra”, como si esas prácticas fuera las causas profundas de la crisis, y su erradicación el mejor método para salir del túnel.

e) La construcción de marcos de sentido: La derecha argumenta sus actuales fracasos en política económica y social como herencias del pasado, pues su lógica se inscribe en un nuevo marco que da sentido y explicación a todo lo que ocurrió antes y lo que ocurre actualmente: la acción del gobierno Zapatero era improvisada, mendaz e insensata, o incluso en determinados ámbitos, inexistente. En este nuevo marco de sentido, se entiende la prolongada etapa de degeneración de la vida pública en que nos sumió la izquierda cuando gobernaba, y desde el que se interpreta desde ahora la única realidad existente, desde la que incluso ya se atisban luces al final del túnel, pese a los 6 millones de parados, la descapitalización de los bancos y el cierre del grifo crediticio a la empresas, etc.

f) Una táctica göebelsiana del repite que algo queda. Una mentira mil veces repetida acaba convirtiéndose en una verdad definitiva. Así se repte hasta la saciedad que “los interinos han entrado a dedo”“los sindicatos viven de las subvenciones”“los profesores trabajan poco”“las pensiones actuales son insostenibles”“los que tienen un trabajo fijo son unos privilegiados”, etc. El personaje Bellman de Lewis Carroll afirma que “lo que digo tres veces es verdad”.

g) La amplificación por los medios de comunicación. La libertad de expresión, la liberalización de la profesional periodística, sirven para tapar la realidad de unos medios cada vez más concentrados en muy pocas manos, con unos empresarios que actúan en régimen de oligopolio, que discriminan a los profesionales en estrellas y precarios, y que juegan a ser los amplificadores de las mentiras del sistema, pues ellos mismos forman parte del núcleo de la oligarquía político-financiera que detenta en definitiva el verdadero poder, el del dinero.

h) La unívoca moral del discurso público. La política actual se reviste de un lenguaje moralista, y en general gira en torno al único registro moral posible (Rancière) frente al amoralismo de Maquiavelo. La derecha, heredera “natural” del patrimonio moral, reparte los calificativos de bueno o malo, normal o aberrante (Zizek), apropiándose de la universalidad de la noción en disputa, desconociendo las razones del otro. Su moral es la medida de todas las cosas “por la gracia de Dios”, Rajoy reparte la etiqueta de “personas normales, sensatas…, españoles de bien” a quienes le siguen en su argumentación, mientras Gallardón arremete contra la “violencia estructural” que padecen las mujeres y que les “obliga” a abortar, y Wert predica la pedagogía “política educativa del esfuerzo” como base de su denostada reforma.

Teniendo a Dios de su parte, ¿qué leches pintamos los demás? Si ya no hay ideologías, si no existe ni la izquierda ni la derecha, todo le está permitido… al mercado. Ni hablar podemos ante la inapelable certidumbre de los asertos que vienen directamente desde el cielo. Es como lo que Dostoyevski decía (“si Dios no existe, todo está permitido”), pero al revés.

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