El curso acaba con un sabor agrio

31 julio 2013 | Categorías: Crisi sistémica, Opinió | 850 lecturas |

Carlos Bersoza – Consejo Científico de ATTAC España

El panorama que ofrece la escena mundial no resulta muy alentador, a mediados del año actual. La crisis sigue pesando sobre las economías desarrolladas, mientras que en el otro polo -el del subdesarrollo- el hambre y la pobreza siguen perviviendo. Se dan, no cabe duda, excepciones, como es el caso de países emergentes que han tenido un gran dinamismo en los últimos años. No obstante, parece que algunos de estos países pierden gas, y ello tendrá unas consecuencias muy negativas para el conjunto de la economía mundial.

Por otro lado, conviene siempre matizar sobre los aparentes éxitos de algunos países, pues el tipo de crecimiento que se está dando en las naciones emergentes está siendo muy desigual y ello genera muchas distorsiones y grandes frustraciones. Ese crecimiento está a su vez asentado en una sobreexplotación de la fuerza de trabajo, incluido el trabajo infantil. Por tanto, aunque se haya conseguido la disminución de la pobreza y la ampliación de la clase media, bastantes gentes son excluidas de este elevado crecimiento. Muchos otros, se mantienen en la pobreza, aunque trabajen.

El malestar, como consecuencia de lo dicho, aumenta, lo que tiene su reflejo en las fuertes oleadas de protesta en países que se están poniendo de ejemplo a seguir por determinados economistas, como es el caso de Brasil, Turquía, y más recientemente Perú. Desde luego, bastantes de estas sociedades se encuentran lejos de conseguir, a pesar del crecimiento, el desarrollo tal como lo concibe Amartya Sen, esto es, el desarrollo debe ser comprendido como un proceso de expansión de las libertades reales de las que disfrutan los individuos. Las protestas que se extienden a lo largo del mundo, aunque diferentes en sus manifestaciones y causas, han sido objeto de atención por un semanario tan prestigioso como “The Economist”.

Las protestas también se globalizan, aunque suceden en tiempos diferentes, y son una expresión del descontento que genera la globalización económica, y fundamentalmente financiera. Una forma de crecer que deja a muchos damnificados por el camino. Eso sin considerar los daños que se causan a la naturaleza, al medio ambiente, y al agotamientos de los recursos sobre todo no renovables, pero que afecta a su vez a los renovables. No es posible crecer de un modo indefinido en un mundo finito, que lo es a pesar de los avances de la tecnología.

El modelo económico que rige la economía mundial se asienta encima de un polvorín, que estalla de vez en cuando en determinados países, pero que lo que está demostrando es su incapacidad para combinar crecimiento con la satisfacción de las necesidades sociales, el avance de los derechos humanos y la expansión de las libertades reales. Al tiempo que se asiste a un retroceso en estos principios. El modelo de economía mixta, que predominó en varios países desde el fin de la segunda guerra mundial hasta la década de los setenta, ha dejado paso a un predominio de la economía de mercado, quedando el intervencionismo estatal subordinado a los intereses del lucro y a la obtención de ganancias por encima de todo.

Los dirigentes mundiales o no son conscientes del modelo de crecimiento tan aberrante que se está produciendo, o son demasiado dóciles frente a los grande poderes fácticos. Pero con sus actuaciones, lo que están socavando es la propia convivencia pacífica y democrática, al tiempo que están contribuyendo a crear un mundo más inseguro, lo que supone un caldo de cultivo para los conflictos. De forma que el ideal de la Paz al que hay que aspirar se aleja de los que deben ser los deseos de gran parte de la población mundial.

Los dirigentes y economistas oficiales deberían saber que en un ciclo recesivo tienen lugar ciclos más cortos, que suponen leves mejorías y recaídas posteriores. Eso sucedió en la Gran Depresión de los treinta del siglo XX, en la que hubo leves mejorías dentro de una situación negativa, pero la verdadera recuperación no tuvo lugar hasta el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial. Con esto no quiero decir que tiene que darse una guerra como aquella para que se produzca la salida, sino constatar los hechos que entonces se dieron. La existencia de ciclos de corta duración dentro de un ciclo de larga duración y cuál fue la trágica salida. Ahora afortunadamente el contexto no es el mismo, aunque hay conflictos bélicos en muchas partes del mundo y guerras de baja intensidad, que sirven para mantener el complejo militar-industrial, tal como Galbraith denominó con gran acierto. En la Gran Recesión actual también hay ciclos menores dentro del ciclo mayor

Si se aterriza en la Unión Europea, el panorama también resulta desolador. La aspiración de tantos para construir una verdadera Europa de los ciudadanos, se está convirtiendo en un espacio de integración económica, regida por los principios del fundamentalismo de mercado y de salvamento a los Bancos, mientras que los platos rotos se pasan a cobrar a los ciudadanos. Las políticas económicas puestas en marcha están suponiendo un verdadero fracaso, a la vez que llevan consigo elevados costes sociales. Por eso resulta útil la lectura del libro de Chesnais “Las deudas ilegítimas. Cuando los bancos meten mano en las políticas públicas”, (Clave intelectual, 2012).

Por lo que concierne a nuestro país, aunque las cosas siempre son factibles de empeorar, no pueden ir peor. La recuperación no se produce y se confunden leves mejorías con el fin de la recesión. No hay razones poderosas desde el punto de vista económico para suponer que la recuperación va a ser sostenida y sólida. En todo caso, lo que sí conviene repetir es que la crisis actual está siendo más duradera de lo que tenía que haber sido por las erróneas políticas económicas tomadas. Los daños causados a tantas gentes son consecuencia de unas políticas económicas que, además de ser equivocadas, tienen una orientación determinada, a favor de los ricos y Bancos, y en contra de las clases medias y de las que tienen un menor nivel económico.

A tantos males hay que añadir el deterioro institucional que se está sufriendo, la elevada corrupción, y el destrozo que se esta causando a la educación, la sanidad pública y la investigación. El retroceso que se está sufriendo en los derechos y la vuelta a una ideología del pasado. Después de todo esto, el país aparecerá como un páramo y se habrá echado por la borda lo que tantos años ha costado construir.

Artículo publicado en Fundación Sistema

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