El lenguaje que temen

15 agosto 2013 | Categorías: Estatal, Opinió | 754 lecturas |

Si la izquierda y los sindicatos no organizan un reparto justo de los recursos, ¿para que les necesitamos?

Antonio Aramayona – ATTAC España

Antes se andaban con cuidado, aunque su ambición era la misma: buscaban el máximo beneficio posible, pero no tenían más remedio que respetar a la clase trabajadora y negociar convenios, subir salarios e incluir a todo el personal laboral dentro de la Seguridad Social, de tal forma que se podía pensar con cierta tranquilidad en el futuro a medio o largo plazo. Ahora, sin embargo, están desatados: el FMI, el Comisario Europeo de Asuntos Económicos y Monetarios, Olli Rhen, Bruselas, el Gobierno español y la CEOE pretenden despedazar como escualos los restos que aún quedan tras la reforma laboral del PP, rebajando un 10% el sueldo de la ciudadanía, cambiando el contrato a tiempo completo a otro a tiempo parcial, recortando derechos laborales y precarizando aún más el empleo en España.

A los sindicatos les parecen tales propuestas “una indecencia” y los partidos de la ¿izquierda? también las rechazan vehementemente, pero el dinero actúa como las termitas: degrada todo lentamente hasta reducirlo a serrín. Ya no bastan las declaraciones encendidas, llevadas pronto por el viento del siguiente telediario. Al patrón, al banquero, al gobernante se les tiene que helar la sonrisa en la boca del susto. Ya no vale reunirse alrededor de una mesa de negociación, hacerse una foto, brindar a la prensa las consabidas declaraciones, sino enseñar los dientes al son de la última alarma que alerta que el barco se está hundiendo irremediablemente.

Las grandes entidades financieras y la grandes empresas nos están tomando el pelo y solo entienden un único lenguaje desde mediados del siglo XIX. Si, por ejemplo, más del 70% de la deuda española es ilegítima (corresponde a la deuda de bancos y empresas), móntese una campaña continua de objeción fiscal contra la deuda pública ilegítima. De igual forma, resulta un escarnio que el Gobierno no tenga dinero para mejorar la educación, la sanidad y el bienestar de la ciudadanía, pero haya inyectado 52.000 millones para salvar al sistema bancario de su propio detrito acumulado tras estallar la burbuja inmobiliaria. Un ciudadano puede hacer poco por su cuenta, pero si los partidos de izquierda y los sindicatos no organizan e impulsan una objeción fiscal y un frente de resistencia radical y noviolento, ¿para que necesitamos entonces partidos y sindicatos?

LAS ENTIDADES financieras siguen enrocadas en cuestión de crédito y negociación hipotecaria, mientras hay más de tres millones y medio de casas no habitadas en España. ¿Por qué no organizar entonces oleadas continuas y masivas de ocupación de viviendas? Si los partidos de izquierda y los sindicatos son incapaces de hacer realidad el derecho universal a una vivienda digna, ¿para que necesitamos entonces partidos y sindicatos?

Resulta obsceno presenciar en numerosas tertulias cómo y cuánto se habla de hambre y malnutrición infantil y adulta. Mas lo niega en Cataluña y el portavoz adjunto del PP en el Congreso, Rafael Hernando, echa la culpa a los padres. Empleemos, pues, el lenguaje que más les duele. Juan Manuel Sánchez Gordillo ocupó fincas y confiscó alimentos en dos grandes superficies andaluzas para la gente hambrienta y más necesitada, por lo que resultó demonizado de inmediato por la mayor parte de los medios de comunicación. Sindicatos y partidos de izquierda deben decidir, por ejemplo, si les parecen correctas o incorrectas las vías reivindicativas del líder de Marinaleda. Lo cierto es que un ciudadano puede hacer poco solo, pero si los partidos de izquierda y los sindicatos no organizan una reparto real y justo de los recursos del país, ¿para que necesitamos entonces partidos y sindicatos?

Quizá sea un masoquista, pero confieso haber leído detenidamente los programas electorales de los partidos más significativos, incluido el PP. Son programas impecables, perfectos, redondos. Sin embargo, me he prometido a mí mismo no volver a leer ningún programa electoral más, pues mi capacidad de tenerlos por creíbles está agotada. Creeré solo lo que hacen cada día durante los últimos cuatro años. En la calle, en la verdadera y única calle, codo con codo con la ciudadanía, en la acción concreta y tangible, fuera de las fotografías, los discursos y las pancartas cabeceras de una manifestación.

Me fiaré de los sindicatos mayoritarios si previamente renuncian a las subvenciones directas e indirectas que les llegan desde el poder, si arriesgan su vida y su hacienda por los derechos y las libertades elementales de los trabajadores. Creeré a los partidos políticos si van tejiendo, siempre desde la noviolencia, una red de resistencia y de sublevación noviolentas de la ciudadanía frente a la injusticia masiva que padece el pueblo, un frente de desobediencia civil y de boicoteo sistemático de cuanto represente una fuente de explotación y recorte de derechos y libertades de la ciudadanía. Lo demás ya sirve de poco, han quedado obsoletas por inútiles las concentraciones y las manifestaciones, las fotos y las palabras. Y si no lo hacen así, ¿para qué necesitamos entonces partidos y sindicatos? ¿Seguirán creciendo entonces el voto en blanco o nulo, y la abstención?

Profesor de Filosofía

Artículo publicado en el Periódico de Aragón
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