“Todos los políticos son iguales”: El desencanto individualista y sus efectos

31 agosto 2013 | Categorías: Estatal, Opinió | 985 lecturas |

Concepción Fernández Villanueva – Público.es

Actualmente se repite como un mantra la desconfianza del pueblo ante los políticos No sólo lo repite la gente de la calle; las encuestas y todos los documentos científicos serios revelan una enorme desconfianza en los partidos. Se ha convertido en políticamente correcto culpar y castigar a los políticos. Incluso los niños y niñas españoles de 4 a 16 años ya manifiestan que han interiorizado este mito: 17,3% de ellos castigan a la clase política al considerarla responsable de la crisis y la profesión de político se sitúa en el ranking de las menos deseadas por los pequeños, elegida sólo por el 4,4% (estudio de la Fundación Adecco “¿Qué quieres ser de mayor?” 2013). En este clima de desconfianza, tan extendido, resulta difícil de sostener que no todos los políticos ni todos los partidos son iguales, sin ser acusado de ingenuo o de corrupto. Según los resultados del estudio mencionado nos lo dirían hasta nuestros hijos.

No obstante, los efectos de esta creencia, falsa pero interesada, van más allá de los apoyos explícitos a los partidos y más allá de la abstención en las elecciones.

Un primer efecto no despreciable de este mito es que ha servido como un mecanismo de desvío de otras culpabilidades. Por ejemplo, ¿en qué medida esta irracional proyección de culpa generalizada sobre los políticos les ha servido a los bancos y las instituciones financieras para esquivar una responsabilidad mucho más dolosa que la de los políticos en el desencadenamiento de la actual crisis y en el modo como va no-evolucionando? ¿Por qué no aparece la culpabilización de los bancos o de las grandes empresas en el citado estudio sobre las actitudes de los niños? ¿No resulta un poco llamativo, después de haberse presentado en televisión tanta información sobre desahucios de pisos propiedad de bancos y sobre los sueldazos que tienen los directivos de ambas instituciones? Con un poco de objetividad adulta podemos añadir lo que falta en el discurso de los niños: algunos políticos actúan deshonestamente para conseguir beneficios, es cierto, pero la consecución de beneficios de los sistemas bancarios y de sus dirigentes son escandalosamente inmorales, siendo a la vez legales. Cuando evaluamos la crueldad e implacabilidad de las decisiones de unos y otros, permítanme decir que gana, con mucho, la crueldad y desconsideración de los bancos y de algunas grandes empresas. Afirmo esto aún a sabiendas de que tenemos en este momento el Gobierno más cruel y despiadado de toda la democracia.

Un segundo efecto es que este mantra mueve los pilares de la seguridad y de la relación social de los ciudadanos. Se nos plantea en qué personas o instituciones podemos confiar. Si confiamos sólo en nosotros mismos y en nuestros entornos grupales más próximos, nos quedamos inermes y desprotegidos frente a los verdaderos poderes que deciden sobre nuestras vidas. Si confiamos en líderes individuales honestos pero populistas, podemos tener la consecuencia de la desarticulación social, el ilusionismo ineficaz e incluso, el fraude.

Lo más dañino para los ciudadanos y, paralelamente, lo más beneficioso para quien ostenta los poderes (públicos, empresariales y bancarios) es que los individuos confiemos sólo en nosotros mismos.

Parece un simple refugio psicológico, una consecuencia de las actuales circunstancias, fácil de entender. Pero es más mucho más que eso. Es una nueva y perniciosa forma de individualismo social, que está tan extendida y capilarizada como oculta bajo presupuestos psicológicos o de salud y bienestar social. Vemos circular engañosos y demagógicos discursos que proliferan desde los foros políticos a la seudopsicología, pasando por los comunicadores sociales, que pregonan que hay que buscarse la vida por uno mismo, que hay que ser positivos, que la solución reside dentro de cada uno. Discursos que, junto a los ejemplos a menudo engañosos del éxito conseguido por algunos cracks, lo que están diciendo en realidad es “búscate la vida por tu cuenta”, “sé más listo que los demás y si no lo eres, tuya es la culpa”. Algunos de estos predicadores de la positividad confunden la vida laboral con un concurso tipo reality, un concurso tipo “tú sí que vales”. La confusión entre lo que ocurre en un espectáculo televisivo y la realidad es tan fácil que hasta presentadores de realities promocionan y venden libros que ofrecen las claves del éxito de un buscador de empleo.

Ese discurso individualista en realidad está invitando a la gente a ser muy astuta, muy insolidaria y siempre, más lista que los demás. En algunos momentos, promociona la pillería, el pequeño truco que se ofrece al otro porque el que lo ofrece es más listo y consigue influir a los demás sin que el destinatario tenga conciencia de ello. Una influencia interpersonal que raya en lo ilegítimo. Pero que es totalmente ineficaz para la mayor parte de los trabajos. ¿Os imagináis cuál sería la aplicación de esta técnica para buscar trabajo como educador o como enfermera o como policía, funcionario, médico, montador de piezas de coche o como cajero en un supermercado?

Más allá de la ineficacia, este individualismo astuto e insolidario, vendido con el señuelo del éxito y la posibilidad de glamour de cualquier persona, lo que en realidad está consiguiendo es culpabilizar. Culpabilizar a muchísimos individuos de cuestiones de las que nunca deben sentirse culpables. Este discurso se complementa lógicamente muy bien con el que justifica los privilegios de las clases poderosas y dominantes y se mantiene impasible ante la situación deplorable de las clases más desprotegidas: “si todos tenemos lo que nos merecemos, los que tienen mucho más es porque lo han merecido”. Hemos oído a víctimas de la crisis hacer suya la afirmación de que “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, personas que simplemente desearon o intentaron comprar un bien, una casa o un producto de consumo, como nos inducían los diversos reclamos y posibilidades sociales percibidas. ¡Consiguen hacernos sentir culpables! Pero lo más frecuente es que nos culpen. Algunos políticos o comunicadores se permiten impunemente afirmar que “los casos puntuales” de desnutrición en nuestro país son “una responsabilidad que corresponde a los padres” (Rafael Hernando) o comentar con rabia “que se jodan” los parados o los que se encuentran contra su voluntad implicados en un conflicto violento, como el de Egipto (Andrea Fabra y Marhuenda, respectivamente).

Ese discurso individualista y culpabilizador, además, desvía el esfuerzo dedicado a cambiar las condiciones sociales y lo sustituye por la atención a las “astucias” individuales. Manejar muy bien las estrategias de empleabilidad, (formarse para lo que exige el mercado, presentarse como exige el empleador, adecuarse a las exigencias laborales antes que a los derechos y, además, llamar la atención, ser original y simpático). Y como efecto derivado, no dedicar parte de su tiempo y de su esfuerzo a cambiar las condiciones sociales que explican y hacen posible la situación actual de los trabajadores. Y tampoco exigir nada de quienes son responsables de crear empleo ni modificar las condiciones y derechos en el mismo. Esa es la verdadera dimensión y el principal efecto de la ideología del individualismo ayudada por un cómplice psicológico que es la seudopsicología de la positividad: “Todos debemos estar bien, ser positivos y mantener la autoestima sean cuales sean las condiciones que nos afecten”.

No estoy criticando el trabajo psicológico que se pueda hacer con las personas con problemas para intentar que en una situación cualquiera, por muy terrible que sea, tome el aspecto más positivo y eficaz para ella en el futuro. Critico los efectos políticos perniciosos de esta actitud irreflexiva y compulsiva de positividad, de exigencia de control de la situación por el individuo en cualquier circunstancia. Es la coartada perfecta para que los poderes públicos justifiquen no hacer nada para reducir el malestar, que no es individual, sino social. En vez de exigir la positividad hay que atender a los muy demostrados efectos del desempleo en el bienestar psicológico de las personas. La situación social difícil enferma, crea enfermedad y síntomas. No lo olvidemos nunca.

Así que no nos engañemos. La ideología del individualismo y su cómplice psicológica, la “positividad a toda costa”, son mecanismos útiles para mantener en su sitio a quienes están en peores condiciones. O en todo caso para que la mejoría se haga a base de un esfuerzo añadido por las personas que lo sufren y nunca a base de apelar a los que tienen más recursos, poder y capacidad para cambiar la situación.

Y, volviendo al principio, por muy popularizado que esté el mito de que “todos los políticos (y todos los partidos) son iguales”, es obvio que no lo son. Lo que han hecho unos lo desmontan otros y, en menos de dos años, el partido que gobierna actualmente nos conduce décadas atrás en derechos y bienestar social. Pero si no confiamos en políticos, grupos, movimientos sociales, sindicatos, y trabajamos con ellos, lo único que nos queda es adecuarnos a las estrategias de quienes deciden las reglas del juego social y tienen el poder de imponérselas a los demás. Y además, los que nos aconsejan individualizar nuestra situación no lo creen ni lo aplican en sus propios comportamientos. Establecen lobbies bien fuertes para blindar su poder, aunque pregonen la bondad y la capacidad de los individuos aislados.

Concepción Fernández Villanueva es directora del departamento de Psicología Social de la Universidad Complutense

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