Mañana es hoy

9 abril 2014 | Categorías: Opinió | 628 lecturas |

Luis Alsó – ATTAC Canarias

En Septiembre del año 2.006 publiqué en el portal “Rebelión” un artículo titulado “Mañana será tarde”, en el que alertaba del peligro del avance del cambio climático y la apremiante necesidad de detenerlo antes de que deviniera irreversible. Yo militaba -y milito- en los movimientos sociales altermundistas, y razonaba que, pese a los objetivos específicos por los que cada uno luchaba, la lucha contra el cambio climático era transversal a todos ellos, pues para nada servirían sus nobles objetivos de un mundo mejor si la Tierra se convertía en un planeta inhabitable. El plazo para que este fatídico desenlace ocurriera lo situaba, aproximadamente, en una década, basándome en los estudios de los científicos más solventes en aquellas fechas. Es decir, hacia el año 2016, se calculaba que, de seguir la suicida pasividad gubernamental de la mayoría de los países la atmósfera habría superado la cantidad de 400 partes por millón de CO2 y el calentamiento de dos grados, cotas que marcaban el comienzo de la irreversibilidad del fenómeno (aunque esos límites son considerados hoy demasiado laxos por algunos ilustres climatólogos, como J. Hansen). A la galería de horrores que describía (agotamiento de las pesquerías, subida del nivel del mar, fusión del hielo polar y glaciar, etc..) se sumaba las dificultades económicas (informe Stern) para afrontar el incremento exponencial de gastos que una posible adaptación al mismo conllevaría.

Partía de una foto fija del panorama ecológico mundial en aquel año, extrapolándola a una década después sin contar con fenómenos nuevos que la agravasen sustancialmente. Pero esos fenómenos ya se han producido: una crisis económica mundial sin salida visible, la reactivación de la guerra fría y de la carrera armamentista; la irrupción del fracking con el consiguiente aumento de la liberación de metano, y el aumento de la frecuencia e intensidad de fenómenos atmosféricos extremos como las sequías, las inundaciones y los vientos huracanados. Ellos han hecho que el cálculo de una década haya que reajustarlo a la baja. Acaba de confirmarlo el “Panel Intergubernamental de Naciones Unidas para el Clima” (IPCC) en Japón, donde se han reunido recientemente los 500 científicos internacionales que lo integran (la red científica más grande del mundo) y que nos han advertido que “la cuenta atrás ya ha comenzado”.

La crisis económica

Desde el año 2.008 vivimos inmerso en una crisis económica mundial similar a la de la Gran Depresión de 1929, y originada por los mismos motivos: una desregulación financiera generadora de “burbujas” que siempre acaban explotando y llevándose por delante la falsa riqueza creada por la especulación. Originada en EU, adquiere su máxima virulencia con la caída de Lehman Brothers y afecta al mundo entero, muy especialmente a la UE. En este contexto se da prioridad, por parte de los gobiernos neoliberales, al “crecimiento” en detrimento de los problemas medioambientales, que son irresponsablemente aparcados. Todas las “cumbres del clima” habidas en este periodo han constituido un rotundo fracaso, extendiéndose la convicción, dentro del movimiento altermundista, de que afrontar el cambio climático con la urgencia que demanda es imposible dentro del sistema capitalista. En lugar de crecer sin límite, tenemos que ir a un “crecimiento cero”, para pasar después a un “decrecimiento” que ajuste nuestra huella ecológica a la capacidad del planeta (asimismo tendríamos que ir hacia un crecimiento demográfico cero para que no se vuelva a desajustar).

La carrera armamentista

La desaparición del mundo socialista no supuso, contra lo que algunos creían, la irrupción de una paz planetaria bajo la égida de un capitalismo triunfante. Por el contrario, durante veinte y tres años no ha habido un año sin guerra (Yugoslavia, Afganistán, Irak, Libia, Siria, etc..) destrucción que ha sido teorizada por como Guerra Global Permanente (GGP) en la Patriot Act a partir del 11-S, evidenciándose que la guerra es consustancial al capitalismo (que, en buena medida, ha devenido, como avisa Naomi Klein, “capitalismo del desastre”); y que EU no ha renunciado al sueño de dominación global, sino que, junto a la OTAN, ha renovado la “guerra fría” con Rusia y China, principales obstáculos para su expansión imperialista, induciendo con ello una carrera armamentista mundial que va detrayendo recursos para enfrentarse al cambio climático (al que añade, ademas, el peligro de una confrontación nuclear).

El fracking

El descubrimiento de arenas y esquistos bituminosos a muchos metros de profundidad, y de técnicas para su explotación, ha generado la falsa ilusión de que la crisis energética (el “pico del petróleo”) puede ser aplazada sine die, y, por tanto, el desarrollo de fuentes de energía renovables.

Los Estados Unidos se ha embarcado en una explotación intensiva de los mismos que, supuestamente, puede convertirles en una de las mayores potencias del mundo en la producción de gas, acabando con la dependencia de los productores tradicionales de hidrocarburos (Arabia Saudita, Rusia,etc..) y convirtiéndola en exportadora de los mismos. Y, lo malo es que su ejemplo ha devenido una tentación para países vecinos y algunos europeos. Ello quiere decir que la expulsión de CO2 a la atmósfera, no solo no se detendrá, sino que aumentará, pues la técnica del fracking libera grandes cantidades de metano almacenado en forma sólida en las profundidades que, convertido en gas al aflorar, incrementa considerablemente el calentamiento de la atmósfera (otros efectos secundarios, nada despreciables, son: aumento de la sismicidad por la perforación de la roca profunda y contaminación de los mantos freáticos).

Lo que el viento se llevó

El clima mundial se ha vuelto errático y caótico, proliferando, aquí y allá, los fenómenos meteorológicos extremos que provocan daños cada vez más gravosos. Hace poco vi en la televisión un impactante documental de National Geographic que versaba precisamente sobre las mencionadas perturbaciones atmosféricas y llegaba a la conclusión de que, de seguir aquella proliferación de fenómenos catastróficos, -ante los que la economía y la ciencia acabarían por declararse impotentes- podría desembocar, decía el documental, en una “tormenta perfecta”, que se retroalimenta y deviene permanente -como la del gigantesco anillo central de Júpiter, que, lleva miles de años rugiendo sin parar- convirtiendo a la Tierra en un planeta inhabitable.

Conmocionado, no pude menos que evocar la serie de desastres de ese tipo que se suceden últimamente: el Katrina, el pavoroso ciclón “Yolanda” que devastó Filipinas, y dos “ciclogénesis explosivas”, casi seguidas, que asolaron la costa este de Estados Unidos. También las inundaciones y vientos cada vez más fuertes (ya es habitual que sobrepasen los 100 kilómetros por hora) que azotan a España, especialmente la costa cantábrica y gallega (aunque en Huelva el viento llegó a arrancar balcones)… Cuando escribo esto, la mitad sur de Inglaterra lleva dos meses inundada y azotada por fortísimos vientos, ante la desesperación de los campesinos, a los que la continuidad de estos fenómenos no da tregua. La revista especializada “Nature climate change” avisa de que el riesgo de inundación en Europa podría duplicarse para el año 2.050. En otras regiones del planeta, como Latinoamérica, Australia o China, las inundaciones, huracanes y sequías son también de tal magnitud y frecuencia que parecen plagas bíblicas. Proliferan las calificaciones de “zona catastrófica” y empieza a escasear el dinero propio, y las ayudas ajenas, para recuperarlas.

No se puede ignorar la fuerza del viento huracanado: por encima de 300 kilómetros por hora puede levantar y transportar automóviles por el aire; en Marte (¿fue alguna vez un planeta habitado?) se han observado huracanes de 900 kilómetros por hora que no dejarían nada en pié. Me pregunté angustiado si el apocalipsis climático no habría empezado ya y acabaría convirtiendo todo nuestro planeta en una “zona catastrófica”, y nuestra civilización terminaría desapareciendo a no muy largo plazo, haciéndose acreedora al epitafio de “lo que el viento se llevó”.

Emergencia global

La Humanidad se halla, pues, en una situación de emergencia global, afectada por la confluencia de varias crisis simultáneas -económica, social, bélica y ecológica- que configuran una crisis de civilización. Estos cuatro jinetes del Apocalipsis cabalgan e interactúan para poner a la especie humana -y a la biosfera toda- al borde de la extinción. La posible solución está bloqueada por un sistema político y socioeconómico globalizado, el capitalismo neoliberal, que, siendo ya obsoleto e insostenible, intenta perpetuarse a cualquier precio. Ello abocaría a la inmensa mayoría del género humano a su desaparición; o a una subyugación esclavizante por una minoría (el 10% de la población mundial) que se beneficia en exclusiva de la acumulación de riqueza y poder del actual sistema. Sueñan, como en el film “Elysius”, que pueden sobrevivir a costa de los demás, pero la historia de las civilizaciones nos enseña que no hay élites que sobrevivan a su extinción: la misma filosofía darwiniana que manejan para eliminar a otros acabará eliminándoles también a ellos.

Es imprescindible, pues, una acelerada toma de conciencia por la mayoría (el 90%) de la humanidad de esta situación de emergencia global para detener el rumbo genocida y ecocida impuesto por el más siniestro Imperio de la Historia, dirigido por un puñado de banqueros estrechamente asociados a la industria militar y a las multinacionales, que han venido secuestrando la riqueza y la libertad del género humano. No podemos seguir jugando en su campo y con sus reglas de democracia trucada, que son sólo la antesala de un inminente salto a la dictadura orwelliana (ya ha comenzado con el espionaje masivo de sus agencias).

Recientemente tuvo lugar en Barcelona una nutrida manifestación bajo el lema “Desobediencia 2.014” aludiendo a la importancia de la desobediencia civil como forma de lucha; pero alguno de los participantes escribió en la fachada de un banco: “nuestros recortes serán con guillotina”. Esta aparente contradicción entre lo que sería una revolución al estilo de Ghandi y otra “a la francesa” (con guillotina) no es tan inexplicable; porque la violencia es difícilmente evitable cuando los que detentan el poder opresor olvidan la historia, condenándose a repetirla. Pero la desobediencia civil, paralizando la maquinaria del sistema, tendría la virtud de evidenciar la fuerza de la mayoría, ahorrando sufrimiento y destrucción.

Tenemos que pasar más rápidamente de resignados a indignados, para que los cuatro jinetes del Apocalipsis no nos dejen atrás con su galope. Tenemos que formar más “mareas” hasta que confluyan en un tsunami -un “fenómeno sociológico extremo”- que lo cambie todo, como lo cambian las revoluciones. Estamos ante una lucha de clases a escala planetaria; tenemos que ir, pues, a una rebelión planetaria, principalmente de los jóvenes, que pueden encontrarse ante un planeta hostil y vivir la pesadilla de Mad Max: matarse por un barril de petróleo o de agua potable. Tenemos que ir a un pacto social y medioambiental planetario y -pensando globalmente pero actuando localmente- empezar a practicar en nuestro entorno la desobediencia civil y el ecosocialismo, la nueva doctrina salvadora basada en la interdependencia de todos los seres vivos. No podemos dejarlo para mañana, porque mañana es hoy.

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