Las patologías de la economía: el paro, la desigualdad y la pobreza

20 mayo 2014 | Categorías: Crisi sistémica, Opinió, Portada | 984 lecturas |

Carlos Berzosa – Consejo Científico de ATTAC España

En los años anteriores a la crisis se vivía un periodo de euforia económica de la que participaban políticos, empresarios, banqueros y académicos. Esta gran satisfacción se sustentaba en el crecimiento económico que estaba teniendo lugar a escala mundial, adquiriendo una gran fortaleza en ciertos países emergentes. La expansión económica, aunque no se llegase a lograr en todos los países los buenos registros en cuanto tasas de crecimiento de los más dinámicos, era de todos modos bastante general en los países menos desarrollados, incluidos los africanos. La globalización estaba triunfando, se decía, y ya la economía estaba inmunizada frente a posibles crisis económicas.

Las importantes tasas de crecimiento que se estaban dando en las naciones menos desarrolladas supuso el acortamiento de distancias con los países avanzados, de modo que por primera vez en bastantes décadas se logró que el foso que separa a las economías ricas de las pobres se estrechara. Este hecho creó un cierto optimismo hasta el punto de que se llegó a afirmar que la globalización iba a ser las respuestas a los problemas de desarrollo que tantos países sufrían. La globalización acompañada de la puesta en marcha de políticas económicas correctas que se basaban en el Consenso de Washington acabaría con lacras como la pobreza y el hambre.

En todo caso, si bien la distancia entre el mundo rico, intermedio, y pobre se acortaba, los países más exitosos estaban generando un aumento de la desigualdad interna. Al mismo tiempo esa desigualdad estaba creciendo en los países avanzados, aunque con resultados dispares. Si bien hubo disminuciones de la pobreza y el hambre se seguían padeciendo muchas privaciones. La desigualdad entre países seguía siendo muy elevada a pesar de todo, como consecuencia de décadas de incremento. La atenuación de las desigualdades entre el desarrollo y el subdesarrollo venía dado en gran parte por China con su gran población. No obstante, si se mide la desigualdad a escala internacional considerando las que se producen en cada país, ésta seguía siendo no solamente excesivamente alta a escala mundial, sino con tendencia a su aumento.

El crecimiento estaba siendo muy desigual y no había correspondencia entre las tasas conseguidas con mejoras sociales que beneficiaran a gran parte de la población. De manera que el desempleo y la falta de oportunidades en los países atrasados seguía dándose en gran escala lo que motivaba a muchas gentes a emigrar hacia los países más desarrollados. Estos a su vez mientras podían acoger a parte de esa mano de obra no lograban el pleno empleo al tiempo que se iban perdiendo derechos sociales. De modo que este modelo de desarrollo que se estaba generando no era capaz de satisfacer necesidades sociales de una parte muy significativa de la población mundial.

El auge económico, como se ha podido apreciar después, estaba asentado en unos pilares poco sólidos hasta el punto de que la naturaleza de ese crecimiento estaba sembrando las semillas de su destrucción. La desigualdad, las burbujas financieras e inmobiliarias, que fueron precedidas a principios de este siglo por las de las tecnologías de la información y comunicación, el elevado endeudamiento de empresas, Bancos y familias, condujeron a un estallido cuyas consecuencias se están pagando aún sin saber a ciencia cierta cuándo se va a despejar la incertidumbre que perdura y que es muy alta. Los daños causados tardarán si es que se consigue en restablecerse.

La economía a escala global sigue padeciendo graves patologías siendo la más grave la del hambre como expone Ziegler en su libro, que resulta muy esclarecedor pero a su vez un tanto aterrador, Destrucción masiva. Geopolítica del hambre (Península, 2013). Un mal que si bien viene de muy atrás se sigue padeciendo aunque se han dado progresos en renta, riqueza, investigación científica y tecnológica. Esta disfuncionalidad entre progreso y las carencias padecidas no se debe, por tanto, a la falta de conocimientos, insuficiencia de renta, escasez de producción de alimentos, y explosión demográfica, sino a la existencia de estructuras injustas y desiguales tanto en la economía global como en el interior de los países, comportamientos de las multinacionales de la agro-industria, y gobiernos dictatoriales y corruptos.

Esta grave patología no es ajena a las otras dos, la desigualdad y el desempleo, que afecta a los países más pobres y que motiva que se produzca esa gran tragedia cotidiana de muertes y heridos que quieren venir al mundo desarrollado huyendo del infierno en que se han convertido muchos países que, además de los dicho, sufren guerras y violencia contra las mujeres. Los países ricos, por su parte, han demostrado su vulnerabilidad ante la crisis económica. El hambre o la insuficiencia alimentaria han aparecido en algunos países y en los sectores más vulnerables de la población. Estos países padecen una desigualdad creciente y elevadas tasas de desempleo.

La crisis ha agravado problemas que ya estaban antes de su surgimiento, aunque un tanto tapados por el deslumbramiento que producía el crecimiento económico. Un modelo de desarrollo basado en el libre mercado no solamente no es una garantía para acabar con el desempleo, la desigualdad y el hambre, sino que en bastantes situaciones las intensifica. Hay que aceptar que la economía no funciona bien si estas patologías no se curan. Además, este modelo supone una agresión permanente contra la naturaleza y el medio ambiente, cuyos efectos negativos ya se manifiestan pero que tendrán unas consecuencias graves en el futuro si no se pone remedio.

La reflexión económica en lugar de asentarse en el conformismo debe profundizar en los temas candentes de la economía mundial y hacer proposiciones para su resolución. El manifiesto lanzado por estudiantes de economía de varios países, y que han firmado como apoyo varios profesores, entre ellos Vicenç Navarro y yo, debe ser un inicio a este debate que resulta urgente para renovar los estudios de la ciencia económica.

Artículo publicado en Sistema Digital
Imagen cortesía de Sistema Digital

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