¿Acaso alguna vez tuvimos soberanía monetaria?

19 julio 2014 | Categorías: Crisi sistémica, Opinió | 742 lecturas |

Carlos Sánchez Mato – ATTAC Madrid

Cuando, ante la exacerbación de la pobreza, la desigualdad y el recorte masivo de derechos en Europa provocadas por las políticas neoliberales, hay posturas que defienden el abandono de la unión monetaria como solución para los desequilibrios entre los países centrales y los de la periferia europea, tengo la horrorosa sensación de que se simplifica el problema hasta peligrosos límites.

No se puede negar el papel del euro en la generación de los desequilibrios entre países europeos en la última década, pero otorgarle la responsabilidad única y última de los mismos, supone darle un protagonismo que evita que señalemos al verdadero culpable. Porque, si bien es cierto que la unión monetaria ha sido una herramienta más de dominación del capital europeo para imponer un modelo económico que nos ha situado ante el abismo, no se puede considerar que la moneda única haya creado ninguna dinámica novedosa en el proceso de expolio que no existiera en fases históricas anteriores. De igual forma, aún siendo incuestionable que las vías de agua no resueltas en 1999 provocaron la multiplicación del fenómeno de la deuda entre el centro y la periferia, no debemos olvidar que eso únicamente ha supuesto el retraso en el estallido del problema: la incapacidad del crecimiento económico “sano” del sistema capitalista. Si no se hubiera producido el proceso de integración europea que hemos conocido, seguramente los países de la periferia continental se habrían encontrado antes con una realidad similar a la que ahora tienen pero en ningún caso la habrían podido evitar. ¿O acaso pensamos que, sin entradas masivas de capital destinadas mayoritariamente a cebar una burbuja inmobiliaria, los mercados financieros habrían dirigido el capital a otros sectores productivos de la economía real que generasen empleo para la población que lo demandaba?

Por eso, desde un análisis de esta compleja realidad, no podemos plantear como primer y acaso único paso para afrontar el paro, el sobre-endeudamiento privado y público y el déficit exterior, la de abandonar el corsé que supone la vinculación con el euro. Sería tanto como aceptar, tal y como la mayoría de los gobiernos europeos piensan, que las políticas monetarias tienen la capacidad de resolver el problema. Su premisa, claramente errónea, es que, inundando de dinero el sistema, se reactivará el ciclo económico. Esa ha sido la práctica utilizada, en mayor o menor medida, pero como los bancos no han saneado sus balances ni han reconocido sus pérdidas, es imposible que puedan actuar como la ortodoxia económica plantea. De hecho, las sucesivas rebajas del precio oficial del dinero, ni las inyecciones de préstamos previstas en el marco de las medidas no convencionales que han realizado los bancos centrales, no se han trasladado ni se trasladarán a la economía real. El mecanismo de actuación de la política monetaria está roto y nos sitúa ante la necesidad de identificar los profundos problemas del sistema capitalista que no se resuelven solamente con expansiones fiscales o mecanismos de compensación entre los países que tienen superávit comerciales y los que quieren tenerlos.

De igual forma, salir de la unión monetaria y que los países utilizasen las herramientas de política monetaria a su alcance, no resolvería ninguno de los problemas que ya tenemos. En el caso concreto de España, la deuda, que ya es insostenible, lo sería aún más si la convertimos en euros con una peseta enormemente devaluada. La búsqueda de superávit comercial utilizando
el tipo de cambio como arma, dada la dependencia energética exterior imprescindible no solo para consumo sino para insumos para bienes de exportación, no mejoraría sensiblemente la inserción del país en la economía mundial. Se exportaría más pero también las importaciones serían más caras, sin olvidar que este tipo de medidas supondrían competir contra trabajadores de otros países sin discutir de verdad quien genera el excedente y quien se lo apropia. En definitiva, pensar que los ajustes y recortes sociales no se hubieran producido si los países periféricos europeos hubieran tenido ”soberanía monetaria” es tanto como ignorar el verdadero alcance y las carencias del sistema capitalista.

Y eso es así porque la brecha, más que entre países, es entre las élites y los trabajadores europeos. ¿Acaso hemos olvidado que tenemos mucho más en común con trabajadores de cualquiera de los países que detentan el poder en Europa que con las clases dirigentes o con las élites financieras e industriales del nuestro?

Estamos ante una crisis de sobreproducción, con elevadísimo nivel de endeudamiento y con un sistema bancario mundial insolvente y en este contexto, las políticas monetarias no estimularán el ciclo de inversión-empleo-consumo y no conseguirán los objetivos perseguidos. Sin una enorme quita de la deuda acumulada y una recapitalización masiva de las entidades bancarias, es absolutamente imposible que sean eficientes las políticas monetarias en el sistema capitalista. Pero es que aunque esto ocurriera, no se solucionaría sin más el antagónico interés entre los beneficiados por el actual statu quo y los explotados por el mismo. Sin cambio estructural, el mecanismo de dominación llevará inevitablemente a reproducir la situación. Por eso no debemos aceptar el
“sálvese quien pueda” y por el mismo motivo combatir la situación no puede ir ligado a actuaciones nacionales a pequeña escala. Sólo puede ser efectiva una salida a escala internacional, evitando enfrentarnos al problema compitiendo con otros trabajadores por las migajas. Eso solamente nos llevaría a un círculo vicioso en el que el egoísmo individual apuntalaría el fracaso colectivo.

Por eso, la salida de la unión monetaria para adoptar una estrategia de competir en los mercados internacionales en esta espiral destructiva, no puede ser un anhelo para quien considere compañeros a los trabajadores alemanes, franceses, brasileños o marroquíes. Además, no podemos olvidar las consecuencias que el proceso supondría para la clase trabajadora y que se traduciría en fuerte inflación que no podría ser compensada con incrementos salariales en la misma medida, si se pretende conseguir la ventaja exportadora. Por lo tanto, a corto plazo, la salida del euro dentro del sistema capitalista global, no mejoraría los problemas de redistribución de renta y podría suponer una profunda decepción que impidiera una transición profunda hacia otro modelo de sociedad.

Esta crisis, una más, es el resultado de una determinada forma de sociedad, la capitalista, no de un determinado modelo productivo de desarrollo capitalista, sino del modo de producción, de las relaciones de producción. Una minoría es ilegítimamente propietaria de la mayoría de los recursos y determina la producción, el consumo y la distribución. Eso no cambiará por estar o no estar dentro de la unión monetaria europea.

En definitiva, hablemos más de relaciones de propiedad y menos de recuperar una soberanía monetaria que jamás tuvimos.

http://matoeconomia.blogspot.com.es

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