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Rutinaria apología del terrorismo

25 Juliol, 2014 - Internacional, Opinió

Santiago Alba Rico – Consejo Científico de ATTAC España Palestina genera siempre una doble y contradictoria unanimidad: unanimidad de la solidaridad internacional, que rechaza los crímenes de Israel, y unanimidad de los medios de comunicación, que los justifica o hasta los aplaude. Grandes medios y grandes agencias que pueden discrepar en otros asuntos (Le Monde, […]

Santiago Alba Rico – Consejo Científico de ATTAC España
Palestina genera siempre una doble y contradictoria unanimidad: unanimidad de la solidaridad internacional, que rechaza los crímenes de Israel, y unanimidad de los medios de comunicación, que los justifica o hasta los aplaude. Grandes medios y grandes agencias que pueden discrepar en otros asuntos (Le Monde, El País, The New York Times, AFP, Reuters) e incluso organizaciones de derechos humanos muy severas en otros casos (HWR o AI) aceptan y difunden como evidencias los dos mitos fundamentales de la propaganda israelí.
Israel nunca “mata” directamente, sino que aparece ligada de manera misteriosa a la aparición de cadáveres palestinos.
El primero es el de que los bombardeos sobre Gaza son una “respuesta” a una agresión palestina. Aquí la manipulación sintáctica juega un papel fundamental: “Israel bombardea Gaza tras el lanzamiento de cohetes sobre Tel Aviv y Hai­fa” o “Hamás lanza tres cohetes sobre Israel y la aviación israelí golpea Gaza”. Este retorcimiento sintáctico se aplica asimismo para atenuar la responsabilidad de Israel en la muerte de víctimas civiles. Israel nunca “mata” directamente, sino que aparece ligada de manera misteriosa a la aparición de cadáveres palestinos, los cuales, como sujetos gramaticales de las frases, parecen de algún modo culpables de su propia muerte: “Diez niños muertos a continuación de un bombardeo israelí”. ¡A continuación! ¡Como si los niños hubieran elegido pérfidamente ese momento para morir de pulmonía o de un accidente de juego!
En una reyerta de bar es difícil saber quién empezó. Pero en una relación colonial no: es siempre la fuerza ocupante, la que controla directa o indirectamente la vida de los nativos, la que ha empezado. El imperativo ético y profesional de unos medios de comunicación responsables e interesados en ayudar a resolver un “conflicto” tan largo y doloroso debería ser el de recordar una y otra vez la agresión original de la ocupación. Pero al mismo tiempo deberían reproducir con fidelidad los cronogramas –los primeros cohetes desde Gaza se lanzan en respuesta a una brutal operación del Ejército concebida para infligir un castigo colectivo a los palestinos tras el asesinato sin aclarar de tres jóvenes colonos israelíes– y ayudar a denunciar la política de Israel, que bombardea cuando quiere y porque quiere, en un rutinario acto de autoafirmación existencial, con independencia de la resistencia de sus víctimas. En lugar de eso, los grandes medios difunden con Israel la versión de la “reyerta de bar”, en la que se pierden las pistas históricas y se invierten los cronogramas de la violencia. La idea de que Israel “se defiende” implica dos falsas evidencias: la de que Israel es “defendible” como proyecto y la de que está sometida al implacable asedio de un enemigo irracional.
En una reyerta de bar es difícil saber quién empezó. Pero en una relación colonial no
En esta “reyerta de bar” es muy importante alimentar una segunda ilusión: la de la proporción o igualdad de fuerzas. Hay una “escalada”, un “intercambio”, una “guerra” entre dos “ejércitos” equivalentes. Para eso hace falta, entre otras cosas, convertir los cohetes Qassam en misiles o, en cualquier caso, exagerar su fuerza de destrucción o insistir en el número de lanzamientos (¡600!) como si hubiera alguna posible proporción entre 600 mosquitos y 600 botes de insecticida (como insectos tratan a los palestinos) aplicados masivamente sobre un panal. Es escandaloso, por ejemplo, que Le Monde publique un artículo titulado “Cuáles son las capacidades militares de Hamás”, convirtiendo así a Hamás en el enemigo y además en un enemigo peligroso, mientras que no dice nada de las armas del cuarto Ejército más potente del mundo. Esta “proporción” obliga además a restar importancia, si no silenciar, a las casi 200 víctimas palestinas, muchas de ellas niños y mujeres, y a llamar la atención, en cambio, sobre las víctimas israelíes: nueve heridos y 52 crisis nerviosas. La búsqueda de “proporción” obliga a aceptar que un israelí herido vale tanto como 20 palestinos muertos. Si son insectos, parece incluso una concesión excesiva.
Lo malo es cuando, además de ser el más fuerte, se quiere ser también el más bueno
Uno de los pensamientos del filósofo Blaise Pascal es una pregunta retórica: ¿por qué me matas si eres el más fuerte? Se podría pensar que Pascal considera innecesario el asesinato allí donde se tiene suficiente poder. Pero se puede interpretar también que Pascal sugiere una respuesta tautológica: ¿por qué me matas si eres el más fuerte? E Israel responde: “Precisamente por eso, porque soy el más fuerte. Porque puedo matarte, porque tengo los medios para hacerlo, porque matarte confirma mi existencia”.
Lo malo es cuando, además de ser el más fuerte, se quiere ser también el más bueno. Si se tienen los medios para matar, se mata. Si se tienen los medios para matar y se quiere ser el más bueno, se hace propaganda. Una larga historia de culpabilidades occidentales y de presiones israelíes ha configurado un gigantesco aparato de propaganda dedicado rutinariamente a convertir al asesino en cordero y al cordero en asesino. Nuestros grandes medios siguen entrando al trapo. La gente no. Casi nadie cree ya en la bondad corderil de un Estado que se salta a la torera las leyes internacionales, ocupa desde hace 60 años territorios que no le pertenecen, convierte Gaza en un gueto sin salida y bombardea desde el aire sus hospitales y mezquitas. Será el más fuerte, pero no, desde luego, el más bueno. La propaganda ya no funciona. Israel, como Bashar Al-Assad (Netanyahu de su propio pueblo), sólo se apoya en la fuerza desnuda y, a medida que pierda definitivamente el respeto de los que ya no se dejan engañar, más la usará y de manera más destructiva. Los medios de comunicación no deberían seguirle por ese camino, en cuyas cunetas se han quedado ya los cadáveres de la justicia, el derecho, la democracia y el de su propia credibilidad.
Artículo publicado en Diagonal

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