La cuestión de fondo es que Israel nunca consentiría un Estado palestino soberano

30 julio 2014 | Categorías: Internacional, Opinió | 733 lecturas |

Miguel Ángel BastenierEl País Internacional

El primer ministro Benjamín Netanyahu asegura que el propósito de la invasión de Gaza es destruir los túneles que comunican la Franja con Israel, por los que se cuelan los terroristas de Hamás. ¿Por qué, entonces, los 10 días de bombardeos previos a la invasión terrestre? ¿Por qué Hamás rechazó un alto el fuego que habría limitado la carnicería? ¿Y, si eso tiene sentido, quiénes salen ganando, o perdiendo con la masacre?

El gran perdedor solo puede ser el pueblo palestino, que ha sufrido una orgía de daños colaterales, por otro nombre, mujeres y niños entre los varios centenares de muertos, miles de heridos y detenidos, innumerables viviendas destruidas, y la demolición total o parcial de sus ya exiguos servicios públicos.

La opinión israelí y su primer ministro sí que parecen, en cambio, seguros de haber ganado, cuando menos en el corto plazo. Netanyahu sabe que en una campaña así se produce un cierre de filas en respaldo del Ejército, por lo que con su Operación Margen Protector combate tanto la amenaza de los cohetes e infiltraciones de Hamás, como trata de mantener a raya a su extrema derecha, que pide la reocupación de la Franja y un castigo aún más ejemplar, como si la matanza no fuera suficiente. Y en una extraña simetría, Hamás puede pensar que gana también porque, en comparación con la Autoridad Palestina de Mahmud Abbas, puede ufanarse de ser la única que hace frente a los invasores.

Hay límites, sin embargo, para tanta ganancia. Al establishment israelí no le interesa la destrucción completa del enemigo, si ello fuera posible, porque el vacío así creado se llenaría con una docena de grupúsculos, la mayoría escisiones de Hamás, de un yihadismo aún más extremo, mientras que la organización que gobierna la Franja cumple a la perfección un útil cometido político: permite a Israel afirmar que no hay negociación de paz posible con terroristas, abocados a la destrucción del Estado sionista. Como subraya el periodista libanés Rami G. Khouri, tanto como la destrucción de túneles, lo que le importa a Netanyahu es “segar la hierba” bajo los pies de la guerrilla, dañar la infraestructura de Hamás, operación que, por lo visto, conviene repetir cada varios años —la última vez fue en 2008-2009, con un balance de 1.400 palestinos y 13 israelíes muertos— para impedir que la organización reconstruya su establecimiento militar, al tiempo que la mantiene permanentemente a la defensiva. Eso explicaría los 10 días de bombardeos, antes de ponerse a buscar túneles.

Lejos del teatro de la acción aparece, sin embargo, otro gran perdedor: Barack Obama, o la viva imagen de la impotencia. Se dispara la matanza y el presidente norteamericano expresa su “preocupación” por teléfono a Netanyahu, y cuando este dé por concluida la operación, hasta deberá agradecérselo. La cuestión de fondo, en cualquier caso, la expresó el primer ministro israelí en una conferencia de prensa, ya mediada la invasión, al decir que Jerusalén nunca consentiría que existiera un Estado palestino plenamente soberano. Y su justificación se llama Hamás.

 

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