Hollande-Valls y el harakiri de la socialdemocracia europea

5 septiembre 2014 | Categorías: Opinió, Unió Europea | 724 lecturas |

Tomás Martínez - Izquierda Anticapitalista-Andalucía

Había una vez un señor llamado François Hollande que decía prometer con seguridad a Europa que con el Partido Socialista a la cabeza de Francia a la señora Merkel no le quedaba otra que tener que replantearse su “diktat” austericida. En Mayo de 2012 se convertía en el primer partido socialdemócrata europeo en llegar al poder en medio de la crisis de la deuda en la eurozona y con las primas de riesgo echando humo.

Después de conquistar a la mayor parte del electorado progre con aquella declaración de intenciones rebosante de contenido – “El cambio es ahora” –, tras el confeti y los himnos de celebración, anunció un ajuste duro de 30.000 millones de euros y aplicó una reforma laboral que contó con una inexplicable paz social y el apoyo empresarial. En dos años, sus políticas no han logrado frenar el déficit, la deuda ni el desempleo y han puesto de rodillas a muchos franceses ante Marine Le Pen.

El presidente de la “otra austeridad posible” ha seguido adelante con más ambiciosas reformas encaminadas a facilitar los despidos, aumentar la carga tributaria y la edad de jubilación. Francia asiste a una tragedia política, a la implementación de una agenda sin contenido social, que desmoraliza a la izquierda y contamina a la clase trabajadora.

Así vemos repetirse el ensayo-error de la vieja socialdemocracia europea: destaparse en el gobierno, detrás del envoltorio de bienhechoras promesas electorales, como el escudero más fiel del neoliberalismo cuando al capital le hace falta, concediendo unos contados derechos civiles y unas gotitas social-liberales en época de bonanza. Que lo sepan: para los socialistas de nuestro continente Keynes lleva muchos años muerto, y si alguien pretendía resucitarlo se ha equivocado de partido.

Esta semana quedaba configurado el que es el tercer gabinete de Hollande en el Elíseo, el segundo dirigido por Manuel Valls. A este controvertido liberal, que hizo gala de su mano dura continuando con las masivas expulsiones de gitanos que ya iniciara Sarkozy,  se le confía llevar a cabo la cuadratura del círculo: proseguir con el firme cumplimiento del Pacto de Estabilidad sin abandonar las señas de identidad de los socialistas.

El tremendo varapalo que supuso el descalabro histórico del PS en las elecciones municipales de Marzo debido a sus recetas neoliberales, se llevó por delante al primer ministro Ayrault. La entrada de Manuel Valls, conocido como la “bestia negra de las izquierdas francesas”, supuso la salida de los ecologistas y reforzó el ala derecha de un gobierno a la deriva cuyo objetivo inmediato era un pacto por el empleo a la patronal y un recorte extra de 50.000 millones en tres años. Con el anuncio de una próxima congelación de las pensiones y los salarios de los funcionarios, además del recorte de algunos servicios sociales, un nutrido grupo de diputados en la Asamblea Nacional se rebeló en Abril pidiendo moderar los recortes. Fue el triunfo del Frente Nacional en las elecciones europeas el que encendió las luces de alarma en el socialismo galo.

A esta crítica pública y creciente se ha sumado estas semanas la voz de Monteboug, encargado de la cartera económica y el “electrón libre” del gobierno, junto a las de Hamon (Educación) y Fillipetti (Cultura), que habían censurado las reformas fiscales y la senda de tantos esfuerzos emprendida. Incluso se alertaba de cómo alimentaban a la ultraderecha las políticas impuestas por Berlín. Y llegó el sacrificio ministerial.

Este recambio de estilista ha pasado por integrar en el gabinete al multimillonario exbanquero de Rothschild, Emmanuel Macron, recibido de forma entusiasta por la corte empresarial. Sus primeras palabras aseguraban que “no pelearía contra quienes forman parte del mismo campo”, suponemos que siendo consciente de la siega producida en éste cuando acabe su mandato. Sin embargo promete dar confianza a los inversores desde el timón.

Hollande y Valls han reclamado un cierre de filas a sus nuevos ministros, no fuera a ser que se colase uno de corte “populista”, como llamó El País a los díscolos ministros que habían dicho que hacer tragar tanto al pueblo francés era insostenible. Se conforma de esta manera un nuevo equipo de social-tecnócratas, dispuesto a pisar el acelerador de la ortodoxia neoliberal, más lejos y más rápido en su ruptura con la izquierda.

Un ejemplo. El primer ministro hizo las siguientes declaraciones en la inauguración de la Universidad de Medef, la patronal francesa: “Lo asumo ante ustedes, yo amo la empresa. Este gobierno actúa para las empresas, pero la nación concede un esfuerzo importante. Es por eso que esperamos que los jefes de las empresas sean responsables y cooperen”. Después de estas palabras no sorprende que Macron cuestione ahora la semana de 35 horas, una bandera del socialismo de Mitterrand.

La apuesta convencida por una huida hacia adelante, repitiendo hace unos meses lo del “cueste lo que cueste” de Zapatero, ha llevado a confirmar una vez más los límites, cada vez más estrechos, de la vieja socialdemocracia. Aún más a la derecha si cabe para cumplir con el déficit, el Partido Socialista francés sacrifica a sus voces del ala izquierda, empecinado en no revertir la impopularidad histórica en la que nada.

El gobierno de Valls presentó la dimisión en bloque para sucederse a sí mismo, aunque menos edulcorado, mucho más fiel a la tarea encomendada. La receta de los partidos socialistas no admite reducir la sal de la austeridad. El ajuste es ajuste y no concuerdan con él adjetivos especificativos ni gradación. Para la socialdemocracia en tiempos de crisis, la imposible “refundación del capitalismo”, aquella propuesta macabra de 2008, es la crónica del suicidio anunciado no asumido.

Un virus recorre Europa: la pasokización aguda

Habría que remontarse quizás a 1997 con la victoria de Tony Blair en Inglaterra para señalar una posible vía de no retorno de la socialdemocracia. Reagan había abierto de par en par las puertas de la revolución conservadora, acelerada con la caída del muro de Berlín, y la Tercera Vía traicionaba las ilusiones de las y los golpeados por la “Dama de Hierro” con un programa de liberalismo progresista pero pragmático. Ya el PSOE se había colocado en la vanguardia de la disolución liberal en los 80.

Esta corriente ideológica optaba por desmarcarse de su línea comprometida con el estado del bienestar y reconciliar objetivos antagónicos tales como la justicia social y la efectividad económica en un mundo capitalista cada vez más complejo que ya no era bipolar. Se produjo de este modo un ágil movimiento hacia políticas de desregulación, descentralización y reducción de impuestos, participando en la hábil reingeniería de un sistema mucho más agresivo. Fue paradigmático en Europa el Neue mitte (nuevo centro) de Gerhard Schröeder y el programa de reformas socioeconómicos bajo el título de Agenda 2010, medidas que pusieron la alfombra a Merkel. Con Alemania como locomotora sirviendo leal a las exigencias del mercado europeo y abrazando efusivamente las políticas neoliberales se iniciaba el descrédito del margen izquierdo con responsabilidades de gobierno de los parlamentos del continente.

Podemos decir en definitiva que el “giro accidental” a la derecha, a causa de la crisis, de los socialdemócratas europeos, lo que habría sido una imposición férrea por parte de la troika, se demuestra a todas luces falso: el capitalismo de rostro humano llevaba traicionando dos décadas a las clases populares, aún encandiladas por una retórica sentimental que en parte dejaba engañarse. Partícipe desde el origen de la arquitectura de la UE y entusiasta comprometida con Maastricht, y desde aquél con todos y cada uno de los tratados, a la socialdemocracia, transmutada en social-liberalismo, le estalló hace 6 años una crisis económica que no podía domesticar, vinculada a una moneda única que le impedía cualquier margen de maniobra. Estaba “pringada” hasta el cuello con comisarios europeos y jefes de estado dentro del armazón y no encontró pared en la que apoyarse.

Fue así como al ya sepultado Giorgos Papandreu le tocó la vil tarea de convertirse en el mejor cirujano que ha tenido el capitalismo en muchas décadas, cuando en 2010 se puso la bata blanca y dedicó todo su esfuerzo en empezar a destripar un país y a dejar al que fuera un poderoso PASOK totalmente entubado y con el encefalograma plano. Se lanzaba en paracaídas por el precipicio pero olvidaba abrirlo. La contestación social no fue impedimento para usar el bisturí.

Paralelamente, la terrible crisis de deuda contagió a otro gobierno socialista como era el de José Sócrates, que infectado de la “urgencia reformista” se empleó a fondo en adelgazar salarios y prestaciones sociales a la vez que en abaratar el despido. Igual que su homólogo griego, tuvo que recurrir al flotador de la troika en 2011 pero no le quedó más remedio que dimitir al no contar con la mayoría parlamentaria.

Gordon Brown, ministro de economía del impulsor de la Tercera Vía, antes de entregar el testigo a Cameron, también se había embarcado como primer ministro británico en el navío de la “responsabilidad” en los primeros años de crisis económica, planteando en su programa electoral para la reelección de 2010 recortes “para asegurar el estado social”. Comprobó de primera mano que cuando se juega a ser copia todo el mundo prefiere la marca original. Hipnotizados por su talante, muy pocos de los votantes de Zapatero se imaginaban su caída en desgracia cuando, tras una llamada de Ángela Merkel, se arremangó y sin que le temblara el pulso propuso los recortes sociales más agresivos de la historia hasta la llegada de Rajoy. Nos impuso un “esfuerzo nacional” a sabiendas de sacrificar todo su capital político, cruzó su Rubicón y llevó a las arenas movedizas al PSOE con la reforma del artículo 135 de la Constitución.

La familia socialdemócrata se ha atiborrado del forraje neoliberal convencida de que eso era lo que tenía que hacer y la “pasokización” ha saltado viralmente de frontera en frontera, dejándose contagiar empujada por el caballo indomesticable de la troika que necesita desfogar libre en la llanura del capitalismo más desenfrenado. Todos estos gobiernos se han encontrado con el rechazo de sus votantes, un variable rechazo sindical y sus líderes han finalizado su mandato transformados en espetos.

Además de Hollande y Elio di Rupo en Bélgica, otro contemporáneo en el cargo e igualmente un fiel ajustador del déficit, la última adquisición social-liberal es Matteo Renzi, que salvó los muebles tras las últimas elecciones europeas y ahora tiene las manos libres para dedicarse a unas “reformas estructurales” sin complejos. Bien basta como ejemplo su elogio de la reforma laboral de Rajoy. Adhiriéndose a las consignas dominantes, en estos años de crisis económica han caído los máximos peones del socialismo europeo, si no tambaleándose, quemados en su propia salsa y disueltos en el magma neoliberal que ha abrasado los derechos sociales y laborales de millones de trabajadores. Hace ya demasiado tiempo que no se pone freno al capitalismo más salvaje por quien históricamente estaba para regularlo.

El tablero seguramente volverá a presentar a flamantes líderes en gattopardismo, pero su pasado de gestión debería convertirse en su eterna condena. Y por supuesto al lustroso Pedro Sánchez, liberal y confeso admirador de Felipe González y de Renzi, no hace falta dedicar ninguna línea más. Con el actual ascenso electoral de la izquierda reformista observaremos recomposiciones interesadas para pillar restos del Titanic como El Olivo en Grecia. Nadie tendría que ser parte de la orquesta que les aliente. Moribunda de tanta mácula imposible de expiar, de la socialdemocracia sólo queda un holograma, es un fantasma errante que se alimenta del pasado y de las siglas que un día tuvo, pero también de las migajas y aperitivos que tradicionalmente la izquierda le ha regalado. Ya pasó el tiempo de sumar “fuerzas de progreso” con ella y quien se permita caer en el engaño se verá arrastrado. A estos reciclados viejos socialistas del mundo hay que decirles que se acabó la farsa: que se disuelvan y entreguen sus armas y caretas. Sus manos enfundadas en guantes de seda han masacrado demasiado al conjunto de nuestro bando, que no ha salido indemne de sus infames ataques. Démosle las últimas patadas, arrojemos a Hollande, Renzi y Sánchez y cuantos queden coleando al rincón de la historia.

A la izquierda antineoliberal más vale escarmentar por los históricos apoyos: no cabe darle más aliento. A quienes nos atacaron no se les reanima, se les tumba junto a sus políticas de traición sistemática. Este social-liberalismo es una montaña rusa de fichas de dominó en caída libre y quien ocupa su espacio o se pone detrás no sobrevive.

Artículo publicado en anticapitalistas.org

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