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16 Setembre, 2014 - Estatal, Opinió

  …de mostrar que se PUEDE hacer política de otra manera y cambiar la vida de las personas. ”  “Las nuevas formas de hacer política reclaman cambios que no reproduzcan el “statu quo” presente.” Patricia Olascoaga – ATTAC-País Valencià Más allá del burdo juego de muñeca de un asesor del PP de registrar Guanyem como […]

 
…de mostrar que se PUEDE hacer política de otra manera y cambiar la vida de las personas. ” 
“Las nuevas formas de hacer política reclaman cambios que no reproduzcan el “statu quo” presente.”
Patricia Olascoaga – ATTAC-País Valencià
Más allá del burdo juego de muñeca de un asesor del PP de registrar Guanyem como marca, dándole un impacto mediático que hay que agradecer, por cierto, y que sería irrisorio si no fuera patético; estas reacciones de la derecha dicen mucho más de lo que aparentan.
Mientras que el espectro político partidista se mantuvo sin fisuras, es decir, el bipartidismo garantizando la alternacia y una serie de fuerzas satélites con pocas opciones de ser más que cuñas, que en ciertos momentos o contextos nivelaran el tablero de juego, con alianzas y pactos de gobierno, los discursos políticos se mantenían en unos decibelios aceptables.
Escaso interés se mostraba en tener en cuenta las movilizaciones y la cada vez más importante presencia activa de los movimientos sociales, especialmente a partir del 15M, de la tremenda demostración de ejercicio político de democracia de las Marchas de la Dignidad, del tren de la Libertad, de la acción de la PAH y otros, fuertemente imbricados en la realidad ciudadana y en la ciudadanía.
Sin un pan bajo el brazo, la ciudadanía fuertemente empobrecida en sus derechos y los recursos mínimos de subsistencia, se ha ido organizando en un proceso de maduración política que parece ha sorprendido a propios y extraños. Digo propios porque hasta en las mismas filas de estos movimientos, que tienen en su ADN el gen de la crítica y la insatisfacción, no pocas voces eran escépticas a su capacidad de unión, convergencia y capacidad para mantener en el tiempo y en un contexto de circunstancias adversas y cambiantes, el compromiso estable y firme de cambiar las cosas.
Digo extraños, porque en las filas de los partidos más próximos ideológicamente a estos movimientos se apreciaba una especie de tolerancia de hermano mayor, expectante, a ver si “el hermano pequeño” era capaz de ganarse la confianza para ir juntos de fiesta.
Para los extraños que conforman los partidos de derechas, especialmente el gobierno, miraban estos movimientos con preocupación y desplegaron leyes represivas para desarticularlos, dando una vuelta de rosca más en sus políticas conservadoras.
Pero no fue hasta después de las elecciones europeas que todos tomaron conciencia del verdadero calado de estos movimientos, que ya organizados según “las reglas del juego” que tanto embanderaron como requisito para “hacer política”, se hacían con un hueco en el parlamento europeo y en los medios de comunicación de masas.
A partir de este momento los decibelios y el tono del discurso político subió de manera notoria en un ataque frontal a estas nuevas fuerzas políticas. La irrupción de Podemos obligó a todos a moverse del sitio, a unos y a otros, se les interpela la forma de hacer política, cristalizando el espíritu del 15M de cambio profundo en las estructuras del sistema, de la participación ciudadana en la política, pero también en la ética política.
Las nuevas formas de hacer política reclaman cambios que no reproduzcan el “statu quo” presente.
El cambio sustancial y cualitativo que la participación activa de la ciudadanía en la política representa, no es un hecho despreciable ni mucho menos. La confluencia de las fuerzas políticas de izquierdas en iniciativas con listas abiertas confeccionadas en asambleas participativas es el primer paso, necesario, pero a nuestro entender no suficiente.
Significa, sin duda, el inicio de una nueva etapa en la que la delegación del poder se ve cuestionada en su definición actual y adquiere un matiz de cambio cultural y político que abre el camino hacia una nueva democracia, exigida desde la disconformidad respecto de la toma de decisiones por los representantes políticos, que atentan claramente contra los intereses de la mayoría. Una mayoría que no se siente representada por esta forma de representatividad, en la que los políticos elegidos se auto-otorgan plena capacidad de decisión una vez aceptan el cargo y se desvinculan de la ciudadanía que les llevó con sus votos a esos puestos de responsabilidad pública.
Estos dos elementos, a nuestro juicio indispensables de incluir en el debate de la nueva “representatividad” democrática que exige la ciudadanía, son los que podrán articular esta disconformidad en un cambio real en la forma de “hacer política” y en la construcción de una nueva democracia: la apropiación de los espacios de decisión por la ciudadanía y el cuestionamiento crítico y creativo del poder otorgado a los representantes elegidos en su función de responsabilidad pública.
En una sociedad compleja como la nuestra en la que la democracia directa no es posible a muchos niveles del ejercicio político, la delegación del poder debe estar sometida en todo momento a la voluntad de la ciudadanía, en la que reside y de la que emana todo poder.
La disconformidad a la que nos referimos incluye pues, varios aspectos que hay que atender para no reproducir el modelo que se pretende cambiar , tendencia a la que nos lleva la facilidad de reproducir lo conocido y lo difícil que resulta explorar nuevos modelos; y que no depende exclusivamente de las personas que lo ocupan.
El ejercicio político de la representatividad debe estar en todo momento sometido a la sumisión de la voluntad ciudadana, lo cual exige un juego dialéctico de ambas partes, de vínculo permanente de dar y pedir cuentas, de ajustes necesarios en el desarrollo de los procesos de toma de decisiones. En el que el representante debe adquirir la ética de un poder obedencial al mandato de la ciudadanía y ésta, adquirir la responsabilidad de ejercer su papel de activo permanente en la gestión de su propia voluntad.
El instrumento de este vínculo debe ser un programa que plasme la voluntad ciudadana en medidas concretas, por las que se pueda pedir cuentas en su cumplimiento, sobre el que debatir idoneidades y tiempos, establecer alianzas y acuerdos, todos ellos concreciones de la acción política. Y que sea este programa, el elemento que permita introducir la capacidad de revocación de cualquier cargo público en caso de incumplimiento, sometiendo las voluntades personales a la voluntad ciudadana y forzando una nueva ética imprescindible del cambio democrático: el bien común como valor primordial en la política y la participación ciudadana como base y garante de éste en el ejercicio del poder político.

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