La economía de la deuda

5 diciembre 2014 | Categorías: Opinió | 615 lecturas |

Ernesto Ruiz Uretanuevatribuna.es

“El mundo desarrollado construyó un modelo económico cimentado en la deuda: los consumidores se endeudaban para financiar su estilo de vida, las empresas se endeudaban para optimizar sus ganancias, las entidades financieras se endeudaban para disponer de más dinero con el que especular en los mercados y los países se endeudaban para que sus economías superaran las necesidades[1]”. No cabe duda de que en el sistema económico en el que vivimos difícilmente se puede funcionar sin deuda. Las empresas, los países e incluso los ciudadanos requieren endeudarse con objeto de poder invertir en bienes costosos que pueden proporcionar expectativas de un futuro mejor. “Una economía moderna en que todas las transacciones que ligan a familias, empresas y administraciones públicas tuvieran que hacerse obligadamente al contado por no existir mecanismos de crédito es inimaginable. Sin créditos, o sea, sin deudas, el motor económico funcionará al ralentí, en una suerte de permanente depresión económica. Detrás del fenomenal incremento de la riqueza económica de los últimos siglos está sin duda toda una sucesión de innovaciones financieras que, desde la sociedad anónima hasta la generalización de la financiación al consumo y las compras a plazos, han facilitado las relaciones entre quienes tienen recursos por encima de sus necesidades y quiénes no. Pero, al igual que sucede con el resto de innovaciones técnicas, también las financieras tienen siempre su lado oscuro que, cuando se pone de manifiesto, pone en riesgo la economía de las sociedades que las adoptan[2]”. Así, también, la institución de la deuda, en su degeneración, se ha convertido en un instrumento, en muchos casos fatal, de sometimiento a la propia ciudadanía.

Marx ya apuntó en su día que “la acumulación originaria está estrechamente ligada al vínculo entre “crédito y “deuda pública”. Es decir, la acumulación no surge de un mero acto de la apropiación. Para que haya acumulación es necesaria la estrecha relación que se produce entre crédito y deuda pública. El aumento de uno no existe sin la presencia del otro. La deuda pública es una carencia que no es preciso colmar, sino que hay que reproducir, porque sin su existencia tampoco existiría el capital. En el fondo de este mecanismo hay una circulación entre acumulación y endeudamiento, que es un fin en sí misma[3]”. “El crédito público –dice Marx en el primero tomo de El Capital—se convierte en el credo del capital.” La circulación fin en sí misma que produce beneficios y acumulación es un movimiento al que hay que dar crédito, en el que es preciso creer[4]”.

El juego económico que deriva de estos mecanismos de deuda propicia diferentes intereses en muchos casos contrapuestos. “La relación entre deudores y acreedores es, sin embargo, conflictiva puesto que sus intereses no son enteramente congruentes. Así, a los primeros les interesa que haya inflación pues pagarán sus deudas en una moneda devaluada; a los segundos, por el contrario, les viene bien en principio una deflación, pues sus créditos les serán devueltos en una moneda de mayor valor. Hay que destacar aquí una importante consecuencia del hecho de que los deudores se caractericen por tener una propensión a gastar el dinero más elevada que los acreedores, que consiste en que, en caso de recesión económica, la deflación la agudiza aún más ya que al aumentar el valor real de sus deudas obliga a los deudores, para poder pagarlas, a disminuir su demanda de bienes y servicios en mayor medida de lo que la aumentan los acreedores al recibir esos pagos, fenómeno que se conoce como deflación de deuda que invalida las políticas deflacionistas o de austeridad en caso de recesión[5]”.

Estas relaciones han ido evolucionando a lo largo de la historia. “La relación que liga a un deudor con su acreedor ha sido durante casi toda la historia una relación personal, no transferible. Era el mundo en que todas las deudas, incluso las deudas de los estados, eran privadas, pues eran los monarcas quienes al encarnar personalmente a los estados se endeudaban para sufragar los gastos “públicos”. La desaparición de los estados absolutistas llevó consigo la conversión de esas deudas pseudopúblicas en títulos de auténtica deuda pública. El “natural” paso posterior ha sido la progresiva conversión de las deudas privadas, ya fueran de personas físicas o jurídicas, también en títulos. La titulización ha sido una innovación financiera que, trasmutando las deudas privadas en obligaciones o bonos negociables en los denominados mercados secundarios, expande las posibilidades de financiación de los agentes económicos pues, gracias a ella, quienes necesiten endeudarse encontrarán más fácilmente prestamistas dispuestos a ello ya que, al poder vender las deudas a terceros, los prestamistas se verán libres de la restricción de tener que esperar al vencimiento de las deudas para recuperar su dinero, caso de que lo necesiten[6].” Estos títulos son en expresión de Polanyi “mercancías ficticias”, las mercancías ficticias “carecen…de un valor de cambio intrínseco que pueda servir como referencia a la hora de que los mercados en que se intercambian fijen sus precios. Ello conlleva el riesgo de que esos mercados no funcionen adecuadamente afectando el funcionamiento de los mercados de las mercancías auténticas y la eficiencia general de una economía[7]”. Por ello, algunos teóricos como “Los economistas estadounidenses Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, que no son nada sospechosos de mostrar simpatía por la política Keynesiana, han señalado que, en el 80% de las ocasiones, las crisis bancarias se ven seguidas de una crisis de la deuda soberana. Y ni siquiera con una correlación de esta magnitud se permiten Rinhardt y Rogoff emplear la palabra “causa”. Sin embargo, como han conseguido demostrar sus colegas Moritz Shularick y Alain Taylor, las crisis de deuda soberana son casi siempre consecuencia del “desplome de una desaforada expansión de la actividad crediticia”. Se trata de situaciones que se desarrollan en el sector privado y que no obstante terminan recayendo sobre el sector público. La causalidad es clara. Las burbujas bancarias y su posterior estallido son el elemento causante de las crisis de deuda soberana.[8]”

Este análisis teórico nos muestra claramente la situación actual de las sociedades llamadas desarrolladas y evidencian, basadas en una economía de la deuda, una clara tendencia del capital al incremento y la acumulación o como diría John Lanchester “El capital se asemeja a un virus cuya finalidad es reproducirse, el capital quiere crecer[9]” y crece a costa del resto de los factores productivos a los que explota procurando la mayor eficiencia de costes, multiplicando los resultados obtenidos mediante instrumentos financieros muchas veces especulativos.

“La deuda puede perdurar eternamente; no así la riqueza, porque su dimensión física está sujeta a la fuerza destructora de la entropía.”[10]


[1] Coggan, Philip (2013:22-23)

[2] Esteve, Fernando (2014:50). La crisis de la deuda. La maleta de Portbou, nº3, Enero-Febrero 2014.

[3] Stimilli, Elettra (2014:47). Culpa y sacrificios. La maleta de Portbou, nº3, Enero-Febrero 2014.

[4] Ibídem.

[5] Esteve, Fernando (2014:51). La crisis de la deuda. La maleta de Portbou, nº3, Enero-Febrero 2014.

[6] Ibídem.

[7] Ibídem.

[8] Blyth, Mark (2014:156)

[9] Lanchester, Jonh (2010:122)

[10] Max-Neef y Philipe B. Smith (2011:95): La economía desenmascarada. Icaria.

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