¿Choque de civilizaciones?

14 enero 2015 | Categorías: Internacional, Opinió | 811 lecturas |

Augusto KlappenbachPúblico.es

Pasados los momentos críticos de los atentados yihadistas en Francia, quizás convenga arriesgarse a expresar algo más que una condena ante este tipo de crímenes. Condena indispensable, por supuesto: ninguna motivación puede justificar ni constituir un atenuante de esos asesinatos cometidos en nombre de un Dios fabricado a la imagen de sus sicarios. Pero ese rechazo no puede quedarse ahí. Los sucesos de París no constituyen crímenes aislados de delincuencia común. Forman parte de un plan de algunos sectores que si bien no se identifican con el islam en su conjunto y mucho menos con los inmigrantes a quienes se trata de culpabilizar, consideran la civilización occidental como enemiga a destruir para imponer en su lugar una cultura que utiliza la religión como vehículo para la implantación de un poder totalitario, en el sentido más literal de la palabra. Esto hay que tomarlo en serio. Pero hay que recordar también que en el origen y desarrollo de ese siniestro plan han tenido –y siguen teniendo- un papel muy importante nuestras naciones occidentales.

En 1993 Samuel Huntington publicó su famoso artículo, luego convertido en libro, sobre El choque de civilizaciones. Su tesis consiste en afirmar que las confrontaciones entre ideologías o entre naciones serán sustituidas en el siglo XXI por conflictos entre civilizaciones, es decir, entre modelos culturales más o menos cerrados que incluyen generalmente a varios países. Huntington menciona ocho civilizaciones, algunas de ellas con divisiones internas, entre ellas la civilización occidental y el mundo musulmán, cuyos enfrentamientos en los últimos años parecen confirmar su vaticinio. Se podría pensar que el autor ha sido un visionario que descubrió las leyes subyacentes que dirigen la historia, algo similar a lo que pretendió hacer Francis Fukuyama cuando habló del fin de la historia, basada en una delirante interpretación de la filosofía de Hegel.

Creo que no se trata de inexorables leyes históricas sino de las consecuencias de una vieja política imperialista de los guardianes de occidente, cuyas intervenciones nada tienen que ver con la declarada defensa de la democracia y los derechos humanos y que agravan los problemas en lugar de solucionarlos. Casi sin excepción, las acciones militares de Estados Unidos y sus aliados en Oriente Medio se han dirigido a combatir la influencia soviética en esa parte del mundo al precio de auspiciar, armar y financiar a los sectores más retrógrados del fundamentalismo islámico, provocando de paso cientos de miles de muertos civiles. Para luego quejarse de sufrir ataques por parte de aquellos mismos a los que han nutrido y utilizado para combatir al enemigo soviético (ahora ruso). Países que pese a gobiernos corruptos, como Afganistán e Irak, tenían una sociedad civil controlada y relativamente laica, están ahora en manos de “señores de la guerra” que imponen su cultura talibán a la población, prohibiendo la escolarización de las niñas y reemplazando la justicia por su sharia, entre otras cosas. Y alimentando un Estado Islámico que pretende superar el terrorismo artesano de Al Qaeda por una invasión en toda regla de las naciones infieles. Porque hay que recordar que el mundo del islam no está libre de contradicciones y luchas internas, como tampoco lo está el nuestro.

El apoyo de los Estados Unidos a la política del gobierno de Israel con los palestinos ha sido quizás uno de los casos más significativos de ese intencional “choque de civilizaciones” y constituye uno de los ejemplos más claros de la complicidad de una nación “democrática” en acciones terroristas. La invasión a Gaza ha tenido una enorme repercusión simbólica, además de las víctimas y la destrucción que causó. El ataque israelí provocó más de dos mil muertos, la mayoría civiles y muchos de ellos niños además de un importante número de heridos, sin contar la devastación de zonas enteras que dejaron a la intemperie a sus habitantes. La justificación del ataque como respuesta a algunos cohetes lanzados por Hamás hubiera equivalido en nuestro país a responder a los atentados de ETA bombardeando Bilbao, por ejemplo.

Y volviendo ahora a París ¿existe alguna diferencia cualitativa entre el asesinato de veinte personas en la capital francesa y los miles de asesinatos en Gaza, por citar un ejemplo entre muchos? ¿Resulta más grave una agresión perpetrada por tres delincuentes que sofisticados bombardeos organizados por un ejército y  dirigidos en su mayoría contra ciudadanos inocentes? ¿Eran más culpables los habitantes de Gaza o de Irak que los periodistas de Charlie Hebdo? ¿Son más terribles las imágenes de muyahidines degollando periodistas o ejecutando a un policía herido que la de los niños de Gaza agonizando en la calle después de un bombardeo? ¿O la única diferencia es que en este caso los muertos son “de los nuestros”? Y lo mismo podría decirse de los miles de inocentes sacrificados por las intervenciones militares occidentales en países periféricos en el siglo pasado, cuyo único objetivo era el control político y económico de su zona de influencia.

La reacción de repulsa ante los crímenes de París fue masiva y unánime. Lo cual está muy bien. Pero no recuerdo que la misma indignación se hubiera expresado, sobre todo en sectores políticos, ante cualquiera de los atentados occidentales que provocaron al menos el mismo dolor en víctimas inocentes. Cada uno de esos crímenes ha creado más muyahidines que los discursos de imanes fanáticos y ha cumplido los deseos de los partidos racistas que pululan en Europa. ¿Y habrá que repetir que la denuncia de esta hipocresía que se rasga las vestiduras por crímenes “en casa” pero que considera naturales los que nuestros gobiernos cometen por el mundo no implica ninguna justificación o atenuante de los asesinatos de París ni ningún menosprecio del peligro que representa el terrorismo islámico?

Escritor y filósofo

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