La gravedad del momento: De vuelta al franquismo

30 enero 2015 | Categorías: Estatal, Opinió | 696 lecturas |

Pedro Luis AngostoNueva Tribuna

El precio de desentenderse de la política, es ser gobernados por los peores
Platón

2015012313220367083El 23 de septiembre de 1923, Miguel Primo de Rivera, Capitán General de Barcelona, se alzaba en armas contra el sistema político ideado por Cánovas del Castillo e imponía una dictadura militar con el único objeto de salvar la monarquía de Alfonso XIII. El régimen borbónico en el que dos grandes partidos -el liberal y el conservador- se turnaban en el poder estaba en crisis desde la huelga general de 1917. El auge del movimiento obrero organizado en las ciudades industrializadas del país y, sobre todo, el expediente que el general Picasso había elaborado sobre las responsabilidades por el Desastre de Annual, que implicaban al rey, tenían contra las cuerdas a un sistema violento, viciado y corrupto que sentaba sus bases sobre el caciquismo, el nepotismo y una estructura clientelar que llegaba hasta el rincón más escondido del país. Aquel lejano pronunciamiento militar, aquella solución de fuerza, fue el último recurso de una monarquía inculta y despiadada que anteponía los hipotéticos derechos dinásticos y de casta al interés general.

Hoy no tenemos ningún expediente Picasso porque -en principio- no estamos en guerra con ningún país ni tenemos protectorado en el exterior, aunque sí en el interior. Sin embargo, hay paralelismos que indudablemente nos retrotraen a aquel triste momento de nuestra historia que sería víspera de la noche más negra de nuestro existir: El franquismo. El rey no está implicado en la guerra de Marruecos porque no hay guerra con Marruecos, empero, varios miembros de la Casa Real están imputados por delitos gravísimos que en un país menos anestesiado y castigado que este habrían hecho saltar todas las alarmas ciudadanas. Al mismo tiempo, el partido en el gobierno, heredero directo de la criminal dictadura franquista gracias a los sacrosantos pactos de la transición y defensor a ultranza de las más brutales políticas económicas neoconservadoras, está cercado por la corrupción aunque sus máximos dirigentes hablen de ella como si fuese un hecho puntual que además ocurre en montañas lejanas situadas en las antípodas de la calle Génova. Si los tres tesoreros del Partido Popular han sido imputados por diversos delitos fiscales, si han volado millones y millones de euros, si cientos de consejeros, diputados, concejales y alcaldes han sido acusados de todas las formas posibles de corrupción, les basta con decir que ya no están en el partido o que obraban por su cuenta cuando todos sabemos quién los nombró y quién los protegió hasta el último momento, cuando todos somos conscientes de que su modo de actuar era una forma de vida compartida.

Es cierto que no existe una efervescencia ciudadana que haga temblar las estructuras del Poder, pero quizá por eso, y por la posibilidad de que se forme en los próximos meses ante los feroces ataques a lo que queda del Estado de Derecho y del Bienestar o de que se produzca un cambio político de envergadura en las elecciones generales, el partido en el gobierno ha decidido pisar el acelerador reaccionario y acabar con los derechos fundamentales protegidos por la Constitución de 1978, esa que tanto dicen defender y que pisotean con verdadero placer en cuanto atañe a derechos y libertades. Tanto la Ley de Seguridad Ciudadana como la contrarreforma del Código Penal, ambas extraídas de las más negras cloacas franquistas, vienen a restaurar el estado policial de la dictadura, dando facultades a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado que antes sólo competían a jueces y magistrados, restaurando la cadena perpetua sin otra finalidad que la venganza punitiva aunque con ella se conculque flagrantemente el artículo 25 de la Constitución que obliga a que las penas privativas de libertad tengan como finalidad la reeducación y reinserción social del penado, restringiendo gravísimamente los derechos de reunión, asociación, libre expresión y manifestación, pilares fundamentales, junto a la igualdad, de la verdadera Democracia. Como dicen los más de sesenta catedráticos de Derecho Penal en el manifiesto que hicieron público ayer contra la Ley Mordaza y la contrarreforma del Código Penal, el gobierno ha elaborado “una ley claramente regresiva, con la que se pretende convertir en papel mojado buena parte de la declaración de derechos contenida en la Constitución”. En adelante manifestarse, reunirse, asociarse o escribir contra el gobierno será una actividad de altísimo riesgo cuya sanción dependerá de la arbitrariedad del uniformado de turno, el orden público no tendrá nada que ver con el bienestar púbico sino con los pensamientos retorcidos y ultramontanos de Mariano Rajoy y Jorge Fernández Díaz, la libertad será la de elegir la iglesia a la que se quiere ir en día de precepto y la igualdad algo que sólo se podrá obtener de forma individualizada mediante la participación en los diversos sistemas de apuestas y juego que el Estado ha puesto a nuestra disposición siempre que contemos con el beneplácito de la Fortuna.

Estamos ante uno de los momentos más graves de nuestra reciente historia. A la difícilísima situación por la que pasan más de cinco millones de personas sumidas en el paro y la exclusión por las políticas neoliberales, al robo sistemático, al desmantelamiento y reparto privado de lo público, hay que sumar la ofensiva anticonstitucional de un gobierno cuyos miembros jamás han condenado la criminal dictadura franquista y que, antes al contrario, con sus actos políticos demuestran su admiración por aquel régimen espurio y su animadversión por los derechos y libertades básicas inherentes a todo ser humano por el hecho de serlo. No se trata de algo coyuntural, sino de algo que sale de lo más profundo del pensamiento de quienes nos gobiernan, de su ideología más verdadera, de su sinceridad, se trata de restaurar todo el aparato legislativo del franquismo para evitar que los cambios electorales o la hipotética indignación ciudadana ante tanto abuso puedan afectar al núcleo principal del Poder, ese donde viven apartados de todo ruido los privilegiados, los amorales, los patriotas de medio pelo, los que nunca dudaron en armar una guerra con tal de que todo siguiese como antes, como Dios manda. Alerta a los pueblos.

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