La economía como asignatura social

31 enero 2015 | Categorías: Opinió | 604 lecturas |

Javier Alemán – ATTAC Navarra

Uno de los aspectos menos considerados, cuando se estudia Economía Aplicada, es su carácter eminentemente social. Desde hace algún tiempo, las mentes más preclaras del conocimiento académico denuncian una tendencia economicista que padecemos en todos los ámbitos de nuestra vida. Esta tendencia resulta reduccionista y simplista, por cuanto instaura de forma global la figura del homo oeconomicus donde el ser humano, ahora considerado un agente económico individual, interpreta la realidad exclusivamente bajo la perspectiva del coste-beneficio. No considera otro horizonte que no sea la escasez de los recursos, y tiende a satisfacer sus preferencias intentando maximizar el beneficio. El resultado de este economicismo ha configurado una realidad social desigual e injusta en la distribución de los recursos y el acceso a los bienes más básicos para millones de personas en todo el mundo.

Hay que reconocer que esta ideología económica, repetida como un mantra, ha ejercido una influencia muy poderosa en las sociedades contemporáneas transformando el modo de pensar y de actuar de las personas. Por todas partes se impone el individualismo metodológico, a saber, la consideración únicamente del individuo como agente económico, al mismo tiempo que se niega el poder transformador de las colectividades, sean estas cooperativas de trabajadores, asociaciones de consumidores o cualquier otra organización socioeconómica alternativa. Paralelamente, en los manuales de Economía más utilizados se insiste en que la ética y la justicia no son objetivos, ni forman parte de los estudios de los economistas, dando por hecho que son cuestiones propias de otras disciplinas.

Incluso las propias universidades, con sus nuevos planes de estudios, han propiciado que las Ciencias Económicas abandonen su tradicional ubicación dentro de las Ciencias Sociales y protagonicen un nuevo universo intelectual más técnico. Así, donde antes se estudiaba Economía Política, ahora se estudia Estadística, Matemáticas, Contabilidad, Econometría, Investigación de Mercados, etc. Se han mezclado las ciencias puras con la contabilidad empresarial y la estadística de probabilidades como la forma más depurada de medir la racionalidad económica. Pero se han dejado fuera la Política, el poder de decisión de los ciudadanos y de los Estados. Y es que, a pesar de las pretensiones de muchos, la Economía no es una ciencia, al menos en el sentido de las ciencias duras. Dada su situación actual, más cabría calificarla como Pseudo-ciencia.

Ahora, son todo tecnicismos ingenieriles, aplicables a modelos prefabricados de singularidades económicas elevadas a la séptima potencia que no han servido, ni servirán, para predecir crisis financiera alguna (a las pruebas me remito). Se empeñan en convencernos de que son los mecanismos del mercado quienes manejan la economía. Sin embargo, nada de ello existe. La economía nada tiene de mecánico, ni de fatalista. Nada funciona porque sí en la economía, ni tampoco es algo que resulte inevitable. Todo atiende a una decisión política concreta o, lo que es lo mismo, a una ideología concreta. No hemos aprendido, porque no han querido enseñarnos, que los problemas económicos son básicamente problemas políticos. Somos nosotros, y no el mercado, como individuos, como colectividades y como Estados, quienes decidimos (o deberíamos decidir) qué cosas son importantes y cuáles no, dónde queremos invertir nuestros esfuerzos, y por qué. Creer que nada se puede hacer frente a la adversidad económica es caer en un determinismo económico que, en sus últimas consecuencias, conlleva la eliminación de la democracia. Es el fatalismo del mercado frente a la libertad de la política.

Para que esto no suceda, necesitamos personas lúcidas, preparadas, con conocimientos técnicos pero también con conocimientos sociales, concienciadas y comprometidas con la vida, que sepan valoran las cosas que de verdad importan y apuesten por las causas más justas. Si olvidamos nuestros compromisos sociales, si abandonamos económicamente a quienes más lo necesitan, no tendremos ninguna legitimación moral para perseguir otro tipo de fines racionales como el enriquecimiento personal, o el crecimiento económico de las empresas, o de los países. Por eso, propongo reconsiderar el estudio de la Economía como asignatura social y moral, aportando a los conocimientos técnicos una ética mínima que valore más a las personas que a los beneficios empresariales. Ética que, por cierto, también ha desaparecido de los nuevos planes de estudio, tanto en Economía como en Bachillerato.

Artículo publicado en eldiario.es

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