Defectos del Euro y el BCE

1 marzo 2015 | Categorías: Crisi sistémica, Entitats financeres, Opinió, Unió Europea | 751 lecturas |

Manel García Bielnuevatribuna

Lo primero que hay que decir es que, al contrario de lo que es normal, el euro no es la moneda de un país y el BCE no es el banco central de un país.

La creación del euro y consecuentemente del BCE fue una opción política para crear unos instrumentos comunes como elemento de cohesión y avance de la unidad europea. Se trataba de crear un imaginario político común, en este caso con un elemento simbólico evidente para la ciudadanía cómo es la moneda. Una moneda común era el símbolo de una unión europea común e irreversible, y los ciudadanos lo podían ver y comprobar en su vida cotidiana.

El objetivo político podía ser claro, pero las formas de estructurarlo, los costes y las concesiones para conseguirlo crearon una imagen de gigante que a pesar de todo tiene los pies de barro, como la crisis se ha encargado de demostrar.

Con la creación del euro un conjunto de economías nacionales acordaron crear una unificación de su política monetaria y una moneda común, con la renuncia a sus instrumentos de política económica, a la vez que mantenían sus competencias estatales en materias de políticas presupuestarias, fiscales y estructurales. Con la contradicción que todo ello comporta en unas economías estatales con muy diferentes niveles de desarrollo tanto económico como social, y sin la posibilidad de una política monetaria propia con la que hacer frente, mediante medidas como la devaluación monetaria, a situaciones de crisis económica. Para controlar la política monetaria común se creó el BCE.

Para conseguir la creación del euro se tuvo que aceptar las condiciones de la economía más fuerte, la alemana, y el predominio de sus concepciones en política monetaria y de las instituciones correspondientes. El euro nace con la paridad con el marco alemán y con la paridad rígida del resto de monedas que confluyen en el euro. A la vez el BCE, de acuerdo con el Tratado de Maastricht, es una réplica a escala europea del Bundesbank, tanto en los aspectos relacionados con su total independencia, tanto respecto al resto de instituciones europeas como nacionales, como en su objetivo único: el control de la inflación y la estabilidad de precios.

Este objetivo único diferencia el papel del BCE del de otros bancos centrales como puede ser la Reserva Federal de los Estados Unidos (FED), que junto con el control de la inflación tiene como objetivo el estímulo de la economía y la promoción del empleo. Esta diferencia de objetivos se ha demostrado claramente con la diferente política adoptada ante la crisis por los dos bancos centrales donde, al contrario del BCE, la FED ha tenido un importante papel estimulando la economía.

La independencia y el papel del BCE están garantizados por el Tratado de Lisboa, para modificarlo haría falta una ratificación por parte de los estados miembros y por lo tanto es muy difícil cambiar la situación actual.
La instauración del euro, la definición de la función única del BCE, la carencia de un sistema fiscal único y de políticas presupuestarias conjuntas, han llevado a una situación que ha comportado que los grandes beneficiarios hayan sido los denominados “mercados” es decir los grandes especuladores financieros y los grandes  perdedores los ciudadanos especialmente de los países más débiles y periféricos.

El euro ha sido un gran instrumento para la movilidad de los capitales. Así hemos visto que en momentos de un cierto estancamiento de la economía alemana u otros países económicamente potentes, sus capitales financieros se fueron  en gran medida a países de la periferia como Irlanda, en este caso ayudado todavía más por su política de “dumping fiscal”, España o Grecia, donde se daban fenómenos de expansión económica especulativa especialmente en sectores como el inmobiliario, lo cual les comportó importantes rendimientos económicos difíciles de conseguir en sus países de origen.

La llegada de la crisis económica y la explosión de las “burbujas especulativas” en los países periféricos se ha solucionado aplicando políticas de ajuste claramente neoliberales con la imposición de rescates y políticas de austeridad. El objetivo de estas políticas ha sido resarcir los capitales que las entidades financieras europeas tenían invertidos en los países periféricos cuando estalló la crisis, y que ahora se convertían, gracias a los rescates, en deudas públicas de los estados periféricos con las instituciones europeas o la “Troika”.

En definitiva se han salvado los capitales de las grandes entidades financieras alemanas o francesas que tenían capitales invertidos en los países periféricos al precio del endeudamiento público de los mismos y por lo tanto del empobrecimiento de sus sociedades. Todo esto mediante políticas injustas llevadas a cabo por la UE con el pleno apoyo del BCE.

A pesar de que hoy se empiece a cuestionar si, en un contexto como este de crisis y recesión de las economías europeas, con crecimientos inaceptables en el desempleo en algunos países, y los ataques y la especulación que se ha dado contra la deuda soberana de determinados estados,  el papel del BCE tiene que ser únicamente vigilar la estabilidad de los precios.  Debemos remarcar cómo ya se ha citado las dificultades para la modificación de sus objetivos. Especialmente cuando existe una fuerte oposición de algunos estados entre ellos Alemania, que son en gran parte responsables de la propia configuración de la moneda europea y de su institución de control.

No hay duda que debe exigirse una gestión eficiente de los Estados, que no se puede aceptar como política general un déficit presupuestario permanente por encima del establecido, en el que por cierto en algunos momentos cayeron Francia y Alemania, pero hay que modular las políticas de estabilidad con otras de reanimación y crecimiento de las economías. Esto es el que se ha hecho por parte de la Administración Obama y lo que no ha sido capaz de hacer la UE, que ha dejado actuar con total libertad e incluso impunidad los “mercados”, es decir a los especuladores financieros, que han sido los grandes beneficiarios de la crisis a expensas de los ciudadanos de los países más deprimidos.
La carencia de una política fiscal única en la Zona Euro es cómo hemos señalado una de las graves carencias del euro y lo que impide en gran medida la mutualización de la deuda pública de los países, esto y la necesidad de cambiar los objetivos del propio BCE.

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