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Rajoy y el poder económico no entienden el cambio

15 Juny, 2015 - Estatal, Opinió

Pablo SebastiánRepública.com
Hace ya más de dos años que la nave de España navega sin timonel, con rumbo incierto y en riesgo de naufragio. Y asombra que nadie desde las altas instancias del poder institucional y económico haya adivinado la tormenta perfecta que tenían ante los ojos- ¿acaso les pareció poco la abdicación del Rey Juan Carlos I?-, tras perder la brújula de la realidad y los puntos de referencia social. Convencidos todos ellos que el poder, en España, es mucho poder y las aguas turbulentas volverían a sus cauces para que todo siga mas o menos como estaba. Pero se han equivocado y corren el riesgo de mantenerse en el error.
Que nadie minusvalore, pues, o desprecie el cambio municipal que se acaba de consolidar en toda España, con un ascenso importante de la izquierda –que se reafirmará en las Comunidades Autónomas- y con presencia en las primeras capitales de España de alcaldes surgidos de los movimientos sociales que se iniciaron el 15 de mayo de 2011 en la Puerta del Sol de Madrid, y que han contado con el apoyo de Podemos, partido también nacido de esas mismas movilizaciones. Nos referimos a las alcaldías de Madrid (Carmena), Barcelona (Colau), Valencia (Ribó), Zaragoza (Santiesteve), La Coruña (Ferreiro) y Cádiz (González), que se van a convertir en centros de referencia de la nueva política y en pura maquinaria electoral.
Estamos pues ante un cambio importante que algunos analistas han querido devaluar al convertir los comicios del 24-M en una mera cita para el castigo al bipartidismo, en la creencia de que estamos ante un episodio pasajero de aquí a los comicios generales de fin de año. Lo que es un pronóstico temerario, porque desde estas plataformas, y otras en las que se acordaron pactos de coalición entre los partidos de la izquierda (y el nacionalismo), se desprende una tendencia y el convencimiento de cambio total y generalizado en las primeras instituciones del país, incluido el Gobierno de la nación, con consecuencias que al día de hoy nadie puede calibrar ni pronosticar.
Y si sorprendente resulta que el presidente Rajoy y su partido no hayan visto venir la debacle general del PP –por la pérdida de votos y la incapacidad de lograr acuerdos con el PSOE-, mayor alarma produce el ver que Rajoy, su Gobierno y su Partido no tuvieran preparada una respuesta política al fracaso electoral con cambios inmediatos e iniciativas de renovación generacional, la regeneración democrática y nuevas políticas y modales, lo que debió hacerse y anunciarse el día 25 de mayo.
Y quien dice esto de Rajoy y su entorno lo mismo puede decir de los poderes fácticos económicos y mediáticos (estos últimos en crisis y desbordados por Internet) que les han acompañado en estos tres años y medio de legislatura. Creyendo todos ellos que iban por buen camino y ahora asombrados, cuando no asustados, por lo que se les viene encima a quienes no supieron analizar ni valorar la situación. Y los graves errores del Gobierno y el mal e inmovil liderazgo de Rajoy. Errores que el presidente oculta tras la excusa de sus políticas para la necesaria mejora de la economía –que ni es tanta ni llega a los ciudadanos-, como si no pudiera hacer al mismo tiempo otras cosas, y mientras abandonaba el campo de la política que ya ha sido ocupado por otros.
Un territorio donde están instalando sus campamentos las tropas de los nuevos partidos y los movimientos sociales de cara a la batalla final de las elecciones generales. La que no será tan fácil para el aún poder establecido como imaginan algunos ilusos del Gobierno nacional. Entre otras cosas porque estos movimientos sociales, instalados en las primeras capitales de España y con presencia en varias autonomías, van a desempeñar un rol fundamental en pos de liderar la victoria final de la izquierda, o se van a convertir en el anclaje de un PSOE controlado por ellos.
Un Partido Socialista al que el PP no le ha dejado –en estos pactos municipales y autonómicos- mas salida que los acuerdos con Podemos y los movimientos sociales, mientras el Gobierno de Rajoy jugaba a pelearse con Podemos con el discurso del miedo y a despreciar al PSOE con el permanente recurso de la herencia de Zapatero. En la creencia el presidente del Gobierno de que sus mayorías absolutas eran eternas o fáciles de renovar.
Una ilusión fallida como cuando, ahora, Rajoy se presenta en España como el único líder que garantiza ‘la estabilidad’ al tiempo que justifica su fracaso electoral con el infaltil relato de su mala política de comunicación -lo que además es verdad, pero no esencial-, y mientras culpa de lo ocurrido a todos los demás. Al PSOE de Pedro Sánchez los llama ‘sectarios’ y a los movimientos sociales los califica de ‘extrema izquierda radical’. Y aunque ahora guarda silencio sobre Ciudadanos -su mas próximo adversario-, por los apoyos que dio al PP -en las Comunidades de Madrid, Castilla León, Murcia y La Rioja y varios ayuntamientos- Rajoy pronto los volverá a descalificar como lo hizo con Albert Rivera durante la pasada campaña electoral.
El cambio que está en marcha se ha producido, entre otras cosas, por el fracaso del propio Rajoy. A quien no le funcionan los discursos del miedo ni de la recuperación económica, como tampoco le ha servido de mucho su permanente mirada hacía el tiempo pasado y fallido de Zapatero. De tanto mirar hacia atrás el marmóreo Rajoy se convirtió, como en el relato bíblico, en estatua de sal. La que ahora empiezan a disolver los pactos y las mareas sociales que dominan el ámbito municipal. Una situación sin duda preocupante para un ‘establishment’, obsesionado por las encuestas y el optimismo oficial, que los aleja permanentemente de la realidad.

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