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Codicia bancaria

8 Agost, 2015 - Entitats financeres, Estatal, Opinió

José María Mena – la lamentable Las entidades llamadas personas jurídicas tienen una ventaja sobre las personas físicas, o sea, las personas. Estas tienen conciencia, y pueden usarla o no. Pero las personas jurídicas no tienen conciencia. Son entes con un fin determinado. Si son bancos, su finalidad es el ánimo ilimitado de lucro. Se […]

José María Mena – la lamentable
Las entidades llamadas personas jurídicas tienen una ventaja sobre las personas físicas, o sea, las personas. Estas tienen conciencia, y pueden usarla o no. Pero las personas jurídicas no tienen conciencia. Son entes con un fin determinado. Si son bancos, su finalidad es el ánimo ilimitado de lucro. Se dice que no tienen entrañas, pero no es cierto. Tienen un excelente aparato digestivo de omnívoro depredador. Digieren por igual pequeños ahorros familiares, países milenarios endeudados o viviendas de desahuciados.
En plena transición, en 1978, una modesta familia de Huesca no pudo pagar sus deudas con el banco, que pleiteó y consiguió el desahucio. La movilización ciudadana consiguió la paralización del lanzamiento judicial. El banco –con el inestimable y deplorable soporte de la fiscalía– acusó de sedición a los promotores de aquel premonitorio escrache. Y la Audiencia de Huesca les condenó, como si hubieran pretendido subvertir las estructuras del Estado.
El Tribunal Supremo, en 1980, anuló la condena. El gravísimo delito de sedición no está para eso, venía a decir. Desde entonces el ánimo ilimitado de lucro ya no puede ejercitarse con la ferocidad de quien se enfrenta a la subversión social. Nuevas técnicas, sofisticadas y fraudulentas, han sustituido con eficiencia acreditada aquella voracidad preconstitucional. Desdichadamente los ejemplos de esta eficiente voracidad son incontables.
Recientemente, en Alicante, un anciano enfermo falleció, dejando como herencia conocida a sus tres hijos un patrimonio de 13.422 €. Estos realizaron las usuales gestiones complementarias en el Banco de Santander, y considerándose debidamente informados, aceptaron la modesta herencia. El Banco, cuando realizaron aquellas gestiones, no les informó que su padre tenía con él una deuda de 1.000.000 € derivada de un préstamo suscrito por poderes otorgados a otra persona, durante su enfermedad. Y así, cuando los hijos aceptaron la herencia resultó que, sin saberlo, habían aceptado la deuda que desconocían, convirtiéndose en deudores del Banco. La ruina de tres familias estaba asegurada. Habrían acabado desahuciados de sus propias viviendas. Voracidad eficiente, una vez más. Y otra vez, lo tribunales evitaron que la codicia bancaria sin límites mostrara su despiadada eficacia.
El banco argumentaba que los hijos herederos, ajenos al mundo del derecho y el de las finanzas, deberían haberse informado como los expertos, haber consultado al CIRBE, entidad oficial cuya existencia, obviamente, desconocían (Central de Información de Riesgos del Banco de España, que es un servicio nacional de información de impagados). El Banco no les informó, o sea, les ocultó un dato tan decisivo y relevante como el de que existía la deuda de un millón de euros. Esta ocultación necesariamente intencionada, y en su propio beneficio, tiene carácter casi de fraudulenta, de falsaria. Si el banco tuviera conciencia, sería éticamente odiosa. Pero así, es solamente unas páginas de un pleito.
Son dos ejemplos de codicia bancaria, uno muy antiguo y otro muy reciente, y en medio hay otros miles y miles. Alguna vez los tribunales “desfacen el entuerto”, pero muchísimas veces no pueden, no saben o no quieren.
Así progresa nuestra convivencia. Los escraches han pasado de pretendidos delitos de sedición a pretendidos delitos de desórdenes públicos, y de estos a infracciones administrativas castigables con la ley mordaza. La combatividad democrática ha menguado la severidad penal, aunque la eficacia represiva, cambiando de mano, permanece. Sin embargo la criminalidad que con frecuencia acompaña a la voracidad omnívora de los acreedores bancarios, arropada por sofisticados argumentos jurídicos, hoy por hoy, no encuentra en las leyes el reproche que, sin duda, tiene en la calle. Contra esa gravísima antisocialidad los tribunales carecen de instrumentos. Porque no hay que olvidar el viejo dicho “Vinieron los sarracenos y nos molieron a palos / que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos”. Los bancos no son más en número, pero son más, con la ayuda de Dios. Amén.
Jurista. Ex Fiscal jefe de Catalunya

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